Este año Torquemada se ha convertido en uno de mis personajes favoritos del XIX. Decía Jameson que si Zola era el Wagner del realismo decimonónico, y Georg Eliot su Brahms, Galdós era su Shakespeare. Poca cosa. Con eso Jameson buscaba enmendar la tradicional ausencia de Galdós en el canon de los grandes realistas de la literatura mundial, ausencia que no era solo un crimen, sino un error fundamental para entender el núcleo no solo de su evolución como estilo y forma, sino como reflejo de unas jerarquías civilizatorias en desarrollo que estaban en proceso de desintegrar las líneas de fuga de la sociedad española, tardíamente modernizada.
Esa modernización, en Galdós, está protagonizada por una economía política de la clase y los tipos sociales que es muy elocuente de sus maneras como novelista. En medio de uno de los textos que componen el ciclo de Torquemada, Galdós anuncia un paralelismo entre la igualación de las nuevas sociedades modernas, expresada políticamente en las revoluciones burguesas y económicamente en la bajada de los aranceles y los progresos de la industria, y la progresiva disolución de los tipos novelescos, que solían estar marcados en el cuerpo y la gestualidad de los individuos y ahora deben ser estudiados de manera mucho más sutil, concreta o particular, por usar la terminología decisiva de la estética tardía de Lukács. Dice Galdós:
«Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación física y moral se han desgastado los tipos genéricos y que van desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes de los últimos veinte años recuerdan perfectamente que antes existían, por ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido en las guerras civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se vistiese. Otros muchos tipos había, clavados, como vulgarmente se dice, consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano y de los modales y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía rasgos y fisonomía como de casta, y no se le confundía con ninguna otra especie de hombres [...] caracterización igual se observaba en los encargados de chupar sangre humana, prestamistas, vampiros, etcétera. Todo eso pasó, y apenas quedan ya tipos de clase, como no sean los toreros. En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no deja de ser un bien para el arte, y ahora nadie sabe quién es nadie, como no lo estudie bien, familia por familia y persona por persona».
Esta conexión ya de por sí evidencia una conciencia más o menos intuitiva de la fluidificación y aceleración del tiempo y los tipos sociales encuadrada en el seísmo que hizo temblar la división de clases tradicional y produjo la reordenación de sus procesos de estructuración. Pero a renglón seguido la conexión de ese diagnóstico con su base económica se hace más explícita, incorporando además un juicio normativo que puede resultar sorprendente:
«Esta tendencia a la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con lo
mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la industria y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de tipos».
Es difícil exagerar la importancia de esta conciencia de las relaciones entre los distintos ámbitos del «escenario del mundo» al que se refiere Galdós y su oficio de novelar, o la tarea del novelista respecto a la sociedad a la que mira. Algo que, en su caso, va acompañado de una conciencia progresista -rara avis para un realismo acostumbrado al maridaje del conservadurismo con la conciencia de la contradicción en el progreso, lo que ya detectase Lukács, pero también Tocqueville- . No por nada Torquemada es uno de los espejos en los que se mira Chirbes para diseñar a sus personajes más "orgánicos", dice Nelly, o "realistas" en un sentido restringido: aquellos que encarnan el escenario y la lukacsiana 'amenaza de futuro' que para el crítico húngaro cargaban, quisieran o no, todos los grandes realistas (sea esa amenaza el progreso galdosiano por el que la humanidad se está despabilando o el futuro descarnado y abismal del universo chirbesco). Es el tipo social que apunta al futuro, poseído por el espíritu hegeliano, si queremos (gran muestra de brillantez es que al atar su éxito a una declinación del futuro como amenaza, Lukács ensaya una acepción confrontativa del progreso, que siempre amenaza a alguien). Aunque la primera palabra que nos venga a la cabeza para describir la actitud política de estos tipos sea "conservador", nada más lejos de la realidad: ni Torquemada ni Rubén Bertomeu son conservadores, más bien lo contrario. Son los personajes que disuelven los órdenes, en varios sentidos, premodernos o plenamente desajustados con la marcha del mundo, y los que encarnan una nueva síntesis ideológica, ética y económica que integra irónicamente visiones enfrentadas que acaban por componer un orden que nadie tenía en la cabeza y nadie quería. Marxismo folk.
En el caso de Torquemada, asistimos al nacimiento de una clase o, mejor, al nacimiento de una clase para sí: una clase con ethos propio, con manierismos; una clase moral, con una actitud frente a la política, la vida pública, la estética, el cuerpo y el lenguaje: una clase, al fin, que se pone sobre los hombros su función social económica, securitaria, estética y política, elementos que se suman al ya fáctico dominio sobre la nuda vida económica. Elevándose como clase, aparece en tanto tal en primera plana de la Historia. El móvil de este salto es, sin embargo, aprendido desde fuera, y su sustrato fundamental, negro sobre blanco, es la defensa del orden, ahora burgués, frente a la amenaza del «proletariado envidioso» (sic). Lucha de clases, vaya, para la que la nueva clase rectora debe aprender a diferenciarse, a colocarse conscientemente en el orden representativo: aparece su propia forma narrativa, la novela como restitución del epos clásico en términos burgueses y en la que -Torquemada es un ejemplo particularmente metanarrativo de ello- la burguesía se narra a sí misma, la distinción bourdieana en la ropa, la educación, la seguridad en sí misma, el lenguaje, las nuevas actitudes respecto a lo político.... Una clase con clase o con política, como dice el propio Torquemada cuando quiere referirse a su propia falta de educación. Educación que adquiere, de nuevo, desde afuera. Irónica pero no poco interesante lectura leniniana que cabría hacer de la galdosiana modernización española (y que hace más increíble si cabe el silencio de Lukács respecto a su obra, tan cara no solo al realismo decimonónico sino a la célebre afirmación del Qué hacer de Lenin sobre una conciencia de clase adoptada necesariamente desde fuera de la vida económica, por sí misma capaz de desarrollar una conciencia sindical o corporativa, pero no total -para escépticos, Linhart nos recuerda que, bien leído, eso no quiere decir que los obreros no puedan ser revolucionarios, sino que si lo son ya no es en tanto obreros, lo que viene a remarcar algo en lo que vale la pena insistir, y es que la noción de clase de Lenin es insoslayablemente antisociológica-).
El educador debe ser educado, decía aquel. Torquemada es educado, y en ese proceso educativo que evidencia la ingenuidad y pusilanimidad casi infantil con la que entra al tablero de la historia pública la burguesía española se asoman las poco y mal escondidas maneras, gustos y preferencias de la aristocrática manera de habitar la dirección de la sociedad en su conjunto. Prueba de ello es la no solo miserable sino improductiva recurrencia al rentismo, fruto de esa alianza funesta cuya hipoteca, nunca mejor dicho, seguimos pagando hoy.
En realidad, si solo importase la nuda vida económica, Torquemada no tendría que haberse casado con ninguna de las hermanas: la familia aristocrática estaba muerta, arruinada, en las últimas. Pero sabía gobernar, en sentido amplio: sabía de maneras, de diferenciación. Lukács se lamentaba en un poco citado fragmento de Historia y conciencia de clase de que el proletariado no podría enfrentarse a la burguesía en igualdad de condiciones hasta que fuese capaz de adquirir la misma ingenuidad que ésta tenía respecto a la legalidad única del orden por él constituido. Una especie de inconsciente positivo que implica una seguridad respecto a la ilegitimidad del orden que se le enfrenta y una naturalización del propio. Naturalidad que, apostillaba Lukács, solo podía lograrse en el ejercicio del poder: el proletariado, muy literalmente, no tenía tiempo. El realismo nos enseña mucho sobre esa dolorosísima encrucijada en la que la historia nos ha pasado por encima: Balzac y Chirbes muestran en acción a los avaros que activan ciertas aristas de los procesos de acumulación originaria, y que se desesperan porque las generaciones posteriores -sus hijos- no son capaces de heredar la conciencia de los presupuestos de su posición social y juzgan con malicia la personalidad rota de sus padres, expresada de igual forma en un cuerpo roto: el tartamudeo y la obsesión aritmómana y tacaña del tonelero Grandet tanto como el gusto desconchado y cutre de Bertomeu, que destroza el paisaje cargado y la arquitectura tradicional de la huerta valenciana, y decide pasar su vejez asintiendo en las conversaciones más insulsas con su nueva mujer, más joven, de extracción inferior y un arribismo no manchado por las huellas de la conciencia. Todos ellos elementos objetivados en el cuerpo de los vencedores, y a través de él en aquellos lugares y personas que su actividad lucrativa altera y destruye. La historicidad de su posición social queda así registrada, irónicamente museificada: las nuevas generaciones pueden ahora permitirse olvidar, sustituir la conciencia por una brillantez ingenua, pueril e imbécil, pero efectiva para su nueva función social. Algo de lo que se da cuenta también, como me dijo el otro día Óscar, el Gatopardo en su lecho de muerte: una aceptación de que el viejo orden muere, pero debe sobrevivir de modo insospechado en los hijos pródigos que, al no entender, entienden. El proletariado nunca tuvo ese tiempo, esas generaciones en las que se adquiere, o se compra, la clase para sí.
La burguesía galdosiana no solo tiene ese tiempo, sino que se forma en él en simbiosis interesada con una aristocracia que sin embargo les desprecia (no muy) secretamente. Diferencias que aparecen en el cuerpo y en las atmósferas (el realismo tardío de Galdós tiene también esa ventaja, que no está tan explícita aún en Balzac pero sí en un mundo habitado por Flaubert y Zola), y que evolucionan a la par con el aprendizaje de la clase: a las Cruz les huele mal Torquemada (a cebolla cruda, qué bajeza!), y a Torquemada le empieza a oler mal su viejo barrio y sus habitantes cuando empieza a aprender que no debe ser como ellos. Y sin embargo, se necesitan: la burguesía arribista para, hacia abajo, extraer plusvalor de la clase trabajadora y efectuar sus prácticas usurarias, y hacia arriba para aprender a gobernar y adquirir su ingenuidad; la aristocracia para, con su muerte ya fechada, sobrevivir *como clase* *EN* la burguesía. Una supervivencia que captura plenamente el espíritu del realismo: supervivencia, si se quiere, hegeliana. No es casual que Lukács, en su ensayo sobre el joven Hegel, subrayase del filósofo alemán su «instinto realista», obtenido en parte del estudio de la economía política inglesa y que le separaba de Hölderlin, posibilitando una vinculación directa de Hegel y el marxismo a través de su específica dialéctica.
El instinto realista que marcaba el paso del progreso histórico es, en el fondo, el instinto de Torquemada y Bertomeu. Hölderlin, a quien Lukács oponía ese sano y en cierto sentido progresista instinto hegeliano, siguió fascinado por la mística impolítica de las democracias antiguas, y la imposibilidad de su recuperación le indujo el aislamiento y la locura. Tanto el hermano Cruz, reaccionario, impedido, elocuentemente ciego, que niega la posibilidad de manchar su linaje con las bajezas burguesas, como el loco Brouard, viejo escritor comprometido y realista, amigo de la infancia de Bertomeu que terminó vencido, fracasado y grotesco, encajan en este perfil.
Lo auténticamente siniestro es que ese fracaso, ese progresivo debilitamiento de las fuerzas que se van apagando opera, de nuevo, como una ligazón inconfesable de victoria e inconsciencia, que aparece de manera distinta en una u otra clase. En los vencedores es el paso de la conciencia de la acumulación al cinismo de la economía y los nuevos fetiches, financieros y vulgarmente consumistas en Bertomeu (posiblemente sería adecuado decir que se charquificó o, más bien, se tiró de cabeza y por voluntad propia a la charca, y nos serviría para remarcar que esa gaiteana invención terminológica de Twitter es algo más que un juicio clasista) y religiosos en el nuevo comportamiento ético-religioso que intentan inocular a Torquemada, por más que este insista en que «no le entra el dogma» (¿entonces para qué hemos venido a este mundo, para preocuparnos tan solo del sucio dinero?, le responde, alterado e hipócrita, su educador Donoso). En los vencidos es la mortificadora y martilleante conciencia de la guerra perdida que oprime de modo insoportable el cerebro de los vivos (o de los conscientes), por bastardizar el 18 de Brumario. De nuevo con Marx, y con el Marx de Lukács en los Manuscritos del 44: ambas clases están atravesadas por los procesos de alienación, pero en ellos una se revuelca gozosa y la otra supura y se rompe.
El realismo galdosiano, como el de Chirbes, nos prescribe, por tanto, una enseñanza siniestra: malos tiempos aquellos en los que sales consciente de la larga resaca de las batallas decisivas y te das cuenta, como el ciego hermano Cruz que mata el tiempo contándose las batallitas de su pasado militar, o como Ana al final de La buena letra, de que envidias a los que se fueron en el fragor de la batalla y no tuvieron tiempo de ver el destino de los otros. «Porque yo he resistido, me he cansado en la lucha, y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada. Ahora, espero».