Maravilla levreriana del absurdo y el desborde desde el mismo título, que juega con la posibilidad de hacer partícipe del relato al lector y al escritor, medio al estilo unamunesco o macedoniano. Es una novelita que se lee de una sentada, con un ritmo vertiginoso imparable, con dosis iguales de humor, absurdo, inverosímil y provocación, que juguetea con los límites de la incorrección política y de los tabúes (incestos, asesinatos, violaciones, machismos, etc.) para tantear qué tan lejos está dispuesto el lector a seguirlo en esta avalancha de delirios demenciales. Es, también, una novelita policial, pero de esas baratas, que se compran por dos mangos en una colección pedorra que nadie conoce, con una historia inverosímil desde todo punto de vista y una explicación del misterio que no cierra ni a palos; novelitas que consumía constantemente Levrero, según lo registra en La novela luminosa. Es, también, finalmente, una pesadilla kafkiana, una fantasía onírica, una cadena de enredos y absurdos insólitos que no llevan a ningún lado más que al goce, al disfrute, al placer pleno que produce sobre el lector la buena imaginación cuando se la libera de sus límites.