(EPISODIOS NACIONALES, PRIMERA SERIE –NOVELA #9)
Ahora el espíritu de la guerra se volverá a encender, pero por otros derroteros: el de las guerrillas.
Después de abandonar Cádiz, con la condesa Amaranta e Inés, deja a éstas en la ciudad de Cifuentes, y, por órdenes militares superiores, se une a las guerrillas castellanas del centro, a la partida de don Vicente Sardina, uno de los lugartenientes de Juan Martín Díez, llamado “El Empecinado”, jefe connotado que destacaba entre las guerrillas del centro. Juan Martín, quien en mayo de 1808 se había echado al campo a luchar contra los franceses con un ejército de dos hombres, y que para septiembre de 1811 ya comandaba uno de tres mil guerrilleros –empezando por detener correos franceses, acabó por destruir ejércitos.
La trama novelada y el discurso histórico van a partes iguales en esta entrega de la primera serie, contrapesándose armónicamente, si bien la historia va en esta ocasión, más que al acontecer político del país invadido, a la construcción sociológica e historiográfica de esta modalidad de la guerra, la guerrilla, considerando el levantamiento de los pueblos en los campos como la verdadera guerra nacional. En palabras del propio Galdós:
“…de aquella organización militar hecha por milagroso instinto a espaldas del Estado, de aquella anarquía reglamentada, que reproducía los tiempos primitivos.”
Y así, amén de los numerosos y bien anudados episodios que aquí se relatan, son, sobre todo, los retratos de los guerrilleros –individuales o colectivos–, y las grandezas y miserias de la guerra de guerrillas, como arte del genio popular español, las mieles de este libro. En los retratos individuales, lo mismo el de su protagonista El Empecinado*, que el de sus jefes subalternos, resaltan los vívidos pinceles con que traza sus genios y figuras. Aquí tendremos entonces al hercúleo labriego patriota como jefe de los guerrilleros, lo mismo enaltecido por los méritos de su valor y su inteligencia natural en las acciones de guerra, que puesto en solfa cómica por su cuasi analfabetismo al dictar un despacho militar; o a mosén Antón Trijueque, el cura guerrillero, ángel negro de las batallas, a quien Dios confundió dándole los hábitos del clérigo en lugar del mando de ejércitos para cumplir su real vocación: la de exterminar enemigos y armar carnicerías humanas; o a el letal don Saturnino Albuín, terror de los franceses… O a otros menores, secundarios, conocidos por sus nombretes, en tanto chuscas alusiones a la historia de España y el chisme de pueblo, tales como Mosca Verde, Cid Campeador, Viriato… Personajes todos alejados de prototipos y llenos de fisonomías propias, y en donde se alternan con brusquedad, ora el patriotismo, ora la traición, de igual manera que en la guerrilla se borran los límites entre el labriego y el salteador de caminos, pero todos en función de una misma obra: el honor nacional.
Y una vez más nuestro protagonista primero, Gabriel Araceli, se verá envuelto en trepidantes acciones guerrilleras y caerá prisionero, poniendo en juego su vida y su honra, pero de las que saldrá bien librado gracias a su valentía, su sentido del honor y algo de suerte, pero teniendo que afrontar un revés importante en su vida personal: su enemigo de otrora, don Luis de Santorcaz, agente de los franceses y padre de Inés, logra por fin arrancarla de los brazos de su madre y llevársela consigo. Tocará pues al intrépido Gabriel, ir en pos del mañoso afrancesado para castigarlo y recuperar a su amada, para devolverla a la angustiada condesa Amaranta, en la que pondrá todo su empeño…, en la próxima novela.
*(así llamado no por su tesón guerrero, sino por ser el mote de los lugareños de Castrillo del Duero, su pueblo, “lugar dotado de un arroyo de aguas negruzcas, que llamaban pecina”)