Las siguientes notas fueron tomadas de esta colección de cuentos:
• Una de las características del adúltero es que siempre está con los pies en un sitio y la cabeza en otro. Podríamos decir que se trata de una persona con problemas de concentración, aunque paradójicamente debe ser muy cuidadoso para no dejar pruebas. Y no suele dejarlas.
• No hay estadísticas fiables sobre el número de adulterios que se cometen en el mundo cada hora, cada minuto, cada segundo, pero son tantos que casi estamos a punto de afirmar que la base del matrimonio es el adulterio.
• Le excitaba el instante en que ella se llevaba las manos a la espalda para liberar el sujetador: había en ese gesto un exceso retórico para el que el cuerpo no estaba debidamente articulado.
• Él se decidió a poner en marcha la mecánica, ya que la química parecía fuera de servicio, y logró para salir del paso una erección que no satisfizo a ninguno de los dos.
• Nunca he estado de acuerdo en que los hijos lleven los nombres de sus padres: me parece que es un modo excesivo de determinarles, cuando no de dificultarles la adquisición de una identidad separada de la nuestra.
• Aunque llevaba años practicando el adulterio con una entrega religiosa, no había dado hasta el momento con ninguna respuesta fundamental para su vida.
• Hace años estaba convencido de que la observación atenta de las nalgas de mis amantes acabaría por revelarme el secreto de los movimientos de la bóveda celeste y de este modo sería capaz de concebir el universo.
• Me he acostado con muchas mujeres, no por maldad, sino por ese afán de búsqueda, pero el universo, al cabo de los años, continúa resultando inconcebible para mi inteligencia.
• Creo que ya no tengo vocación de adúltero. Una vez leí la historia de un sacerdote que dejó de creer en Dios y continuó ejerciendo, como si no fuera necesaria una cosa para la otra. Pero cuando se pierde la fe en el adulterio es imposible continuar practicándolo.
• Pensó que el movimiento de terror que le habían producido se debía al hecho de ver a su marido convertido en otro, porque hasta entonces, para ella, había sido un hombre bueno, enamorado, trabajador y delicado. La imagen de las fotografías, sin embargo, mostraban a un tipo libertino, de mirada húmeda y sonrisa desencajada. ¿Sería posible que ambas personalidades convivieran bajo la misma piel?
• Le gustaba que las mujeres a las que contrataba fingieran que le amaban como aman las esposas normales, un poco deterioradas ya por los años y las horas pasadas frente al televisor.
• —Mira, Luz, esta patata tiene bichos. —Pero ¿por qué me llamas Luz? —Porque eres la luz de mi vida, ¿no? Ella sabía perfectamente que no era la luz de su vida, ni de su muerte, que no era ninguna luz, en fin, pero prefirió callarse para no perturbar la paz conyugal.
• Esto es lo que suele decirse cuando alguien muere, que quién lo iba a imaginar, como si fuera el primer difunto de la historia. Pero se mueren todos, nos morimos todos, aunque cada muerto parezca el primero.
• En las primeras ceremonias fúnebres a las que uno asiste se sitúa en el último banco, y sale incluso a fumar un cigarrillo si la cosa se alarga demasiado. Pero a medida que los años transcurren vamos avanzando banco a banco en dirección al muerto hasta ocupar su sitio.
• El mundo era unas veces sofocante, por estrecho, y otras veces confuso, por ancho.
• El adúltero, después de calcular lo que se gastaba al mes en hoteles, decidió alquilar un apartamento amueblado dos calles más arriba de la vivienda familiar para tenerlo todo cerca.
• Querida Julia, Es verdad, soy un adúltero, qué le vamos a hacer, pero lo soy a la manera en que otros son cojos o miopes, es decir, como algo que escapa de mi control. Lo siento. Quizá no lo creas, pero si hubiera una medicina o un tratamiento que curara esa cosa, me sometería a él con gusto. El adulterio, aunque da muchas satisfacciones, a la larga resulta agotador porque te obliga a vivir en un estado de vigilancia permanente.
• Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé.
• Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día.
• Al fin y al cabo, me decía, estas cosas no se eligen; el enamoramiento se nos impone como algo en lo que nuestra capacidad de decisión queda anulada, como si nos enamoráramos para otro.
• en la serenidad y en la razón anida la locura con más frecuencia que en el desvarío.
• sea, que quien tenía un amante de verdad eras tú y, no sé cómo, aunque de un modo sutil, me transmitiste la necesidad de que te abandonara y yo busqué la excusa de querer a otra para dejar que fueras feliz sin remordimientos.
• Parece increíble pero sé que fue así, y por eso aquel remordimiento del que me hice cargo sin pertenecerme se ha transformado a lo largo de este tiempo en un odio ciego, sin salida, del que espero que te llegue algo a través de esta carta. O sea, que te mueras.
• Vicente Holgado coincidió al entrar en un prostíbulo de la calle de Diego de León con un cuñado suyo que salía en ese momento, e hizo como que iba al dentista. —Me está matando esta muela —dijo—. A ver si me la quitan de una vez. ¿Y a ti qué te pasa?
• Resultaba muy fácil llevar una vida secreta, sobre todo teniendo una hermana gemela; de hecho, él llevaba tres o cuatro vidas secretas, pese a ser hijo único.
• Usted tiene que oír aquí de todo, ¿no? —le pregunté al taxista. —De todo, sí, pero pedazos de todo nada más. Al principio, llevaba una libreta y apuntaba las frases con la idea de que en su día podrían tener algún valor, pero son restos, ya le digo. Lo mismo que encontraría usted en un cubo de basura. Las frases que se pronuncian en el taxi son como mondas de naranjas. No sirven para nada.
• Recuérdame dentro de un rato que llame a mi mujer desde Barcelona. Teóricamente tenía que coger el puente aéreo de las 8.30. ¿Y tu marido? —Se ha ido a Barcelona también. A lo mejor os encontráis en el avión, je, je.
• Había desayunado antes de abandonar su casa, pero volvió a hacerlo con la adúltera, pues a los dos les gustaba este rito matinal con el que forjaban la ilusión de haber dormido juntos.