• Llega el tiempo en que uno ya no espera respuestas, no discute con el destino, lo abraza. Hay que aceptar el destino. No existe otro modo de soportar la crueldad de la vida.
• Durante estas tres décadas y media nos han pasado muchas cosas, pero para mí la mayor satisfacción ha sido poder escribir sin autocensura durante toda una generación.
• Lo realmente arduo no es saber sobre qué escribir, sino saber, de una vez y para siempre, cómo escribir.
• La gente que piensa en planes quinquenales peca de optimista. Hay que trazar planes de cinco segundos.
• Me repugnan esas mentiras sobre la muerte. La vida eterna. La vida después de la muerte. Condena, esferas, cielos e infierno.
• Yo no sé nada. Entre mil millones de cuerpos celestes, innumerables, en un planeta se produce la reacción química que permite la vida. La conciencia se asienta en un organismo biológico. Lo demás son tonterías. Sin embargo, existe el «aura», la irradiación, la esencia de la personalidad.
• El océano está pacífico, como su nombre, de un gris plateado.
• Por la noche, en este lugar ajeno, me conforta pensar que en San Diego tengo un revólver en el cajón de la mesita de noche. No es la «desesperanza» lo que me insta a pensar en ello, sino la idea de que es la única vía, la única manera de huir de una situación vergonzosa. Esa situación vergonzosa es la vida, esta ilusión grotesca.
• Si el deterioro de mi ojo avanza a este ritmo, ¿seré capaz de encontrar la pistola en el cajón?
• Prefiero la soledad en solitario que la soledad en compañía. No deseo nada. Espero poder irme en silencio, sin necesidad de recurrir a la violencia.
• Para mí es un puñetazo en el pecho, un insulto. Todo lo que se cuenta de la muerte es mentira. La realidad es un insulto, y el pacto en su contra es un engaño. Detesto a los curas y las fábulas de las religiones.
• Dos momentos míticos de la existencia: cuando en el óvulo fecundado empieza a manifestarse la vida, esa energía terrible e inabarcable, y cuando esa misma energía deja de activar las células, entregando el testigo a esa otra fuerza terrible e inabarcable, la muerte. Ésta es la realidad, todo lo demás son ilusiones triviales, repugnantes.
• Lectura por la noche: Cervantes, Don Quijote, la novela más hermosa de la literatura mundial. Voltaire es más bien aburrido. Poemas de István Lakatos, entre ellos algunos emotivos.
• ¿La echo de menos? Tanto como echaría de menos el aire. Me la evocan las palabras, los objetos, todo. Incluso al aire le falta algo.
• Creo que se ha producido un cambio: he pasado de la preocupación, la inquietud y el sufrimiento confuso a cierta paz incomprensible; como si hubiera comprendido el horrible e inclemente caos de la vida.
• No acuso a Dios ni a los hombres, a nadie. No espero nada. He aceptado lo que ha pasado… he aceptado la crueldad.
• En esta existencia apagada, todo lo que me ha sido dado a lo largo de los años se me antoja absurdo, casi grotesco.
• A veces almuerzo a las tres de la madrugada, o también puede ocurrir que cene a las diez de la mañana. Vivo sin horarios, tranquilamente. No espero nada, ni bueno ni malo.
• Una noche en blanco. Un regusto amargo en la boca, como después de una juerga. No es posible huir, pero permanecer firme es muy difícil.
• El campanilleo navideño habitual, paz y amor bajo la fluorescencia del neón, últimas rebajas. Tras ochenta y cinco navidades, esta edulcorada parafernalia se me antoja grotesca, sin valor y sin sentido. Y no me duele, la realidad nunca «duele»; simplemente es realidad.
• Las palabras Dios, piedad, misericordia; todo lo que han dicho los curas y los filósofos es una completa mentira. No existe un «propósito» ni un «sentido». Sólo existen los hechos descarnados. Todo es un asco.
• Hace año y medio que no escribo nada. Me siento como quien ha pasado por una cura de desintoxicación; me da asco pensar en la «escritura», cháchara presuntuosa, demente.
• En el sobre grande encuentro otras misivas escritas por personas ya muertas. A veces me asalta la incómoda pregunta de si es ético sobrevivir a todo el mundo.
• El veredicto: cadena perpetua, celda de aislamiento. Paso semanas sin ver a nadie. Cada vez me cuesta más caminar. Apetito: me fuerzo a tomar unos bocados, que me asquean.
• Muy de mayor he llegado a no creer en nada, aunque tampoco descarto nada.
• La vida es casual, no tiene sentido ni utilidad alguna. La muerte es la consecuencia inevitable de la casualidad, y tampoco tiene sentido ni utilidad.
• Tiene que ser muy bonito morir sano.
• En la literatura no existe la democracia; sólo hay solistas. El escritor que decida cantar en un orfeón descubrirá que su voz no se distingue del coro.
• Y sigue siendo tan guapa a los ochenta y siete años como lo fue de joven; de otro modo, pero sigue siendo guapa. No sé hasta cuándo me aguantará el cuerpo, pero quiero estar con ella hasta el último momento, ayudarla y cuidarla.
• durante sesenta y dos años todo se lo he leído primero a ella, todos los escritos. Ya no tengo a quién hacerlo. La expresión escrita ha perdido todo atractivo para mí. Si ella se va, debo seguirla sin algaradas, sin hacer ruido.
• En el hospital. Paso hora y media junto a su lecho y le cojo la mano, en silencio. Inesperadamente me dice: «Qué lento muero». Después se queda callada, hasta que me voy.
• La agonía. El Ars moriendi. Cada día muero. Ya no vivo, sino que muero lenta y cómodamente, sin prisas.
• Literatura: ochenta por ciento de exhibicionismo. El resto es escritura al dictado.
• Como le dijo Mallarmé a un joven poeta: «Nunca preguntes qué es… Sólo qué significa».
• se ha acabado la vida que no me ha dado otra cosa que una vejez grotesca y una muerte absurda.
• Quedarme, ayudarla hasta el último momento, hasta que resistamos, ella o yo. Después estar atento para irme a tiempo.
• Ha muerto Borges a los ochenta y seis años; éramos de la misma quinta. Falleció de cáncer de hígado en Ginebra, donde según el periódico «había elegido morir». Fue un escritor genial, un talento original de este siglo. Ya no quedan muchos de esta cosecha; creo que Ernst Jünger aún sigue vivo.
• El hombre es despiadado sin remedio. Es despiadado porque no puede ser de otra forma.