Regresa Lorenzo a la escena literaria con una nueva entrega de sus aventuras de seres marginales en los márgenes de la sociedad. Afirma la reseña inicial sobre el libro que el protagonista es, para mi asombro, un tipo sin oficio ni beneficio que, harto de malvivir en la capital se marcha (circunstancias de por medio) a vivir a una capital de provincias. A quienes estén familiarizados con la obra de Lorenzo la cosa le sonará lo suyo, aunque tal vez digan, eh que la otra vez fue un pueblo, bueno si, eso si. Lo que no representa ninguna novedad es la presentación del tipo, un ser asocial, rarillo, mustio, gris al que de pequeño todo disgustaba, que vive con sus padres, que no tiene trabajo y a quien todo le sale regulín. ¿Es lo mismo que otras veces? No, ¿Muy parecido? De entrada hace parecer que si.
Sin mucho mayor preludio el autor nos mete nos mete en el turrón, y nos cuenta que este triunfador por, de nuevo azares, acaba trabajando de meritorio (chico de los recados) en una pelicula del chichinabo. Recordemos que Lorenzo es director y que tiene un par de películas recomendables, por lo que sin duda tira de esa experiencia y, sospecho que de situaciones que ocurrieron alguna vez para darnos una turra un tanto gratuita de intringulis del arte de hacer películas, sobre todo películas pauper (todo en Lorenzo se mueve en el ámbito de lo cutrón) y los personajes que pululan en esos entornos que no se si viene a cuento desarrollar. Bueno, se que no, es entretenido a ratos pero podía haberselos ahorrado. Entre ellos destaca un tal Sixto, que debe ser un alma que en otra vida le hizo daño, pues si bien no interacciona directamente con el protagonista, no dejará de seguirlo a lo largo de la novela.
Lo que si sucede con esta primera mitad es que nos habían prometido que era unas aventuras del prota de los asquerosos en la ciudad (pequeña, pero ciudad) y llevamos esperando que el prota se vaya a una cápital de provincias ventilándonos medio libro con un manual de anecdotillas mientras que el tipo sigue en su casa. Insisto, son entretenidas, pero podían haber sido más precisos con la reseña. La peli se hace, el tal Sixto se la carga con sus veleidades artísticas y el prota sigue viviendo con sus viejos.
Finalmente (que ansias somos) se retoma la premisa de la reseña (el tipo debe haber leído solo la mitad del libro), su tio abuelo Pacomio (¿quién no tienen un tio abuelo llamado Pacomio?) se ha quedado viudo en Avila y tiene que irse a cuidarlo un poco porque si, porque sus padres estan hasta las narices de él y su carrera en el cine la dan por amortizada. Aún da un par de vueltas antes de aterrizar en Avila, que le suena a «la muerte con dos cojones pinchados en la guadaña».
Aqui comienza la segunda parte del libro, que se podía titular, aprendiendo a querer a mi tio abuelo Paconio. Este resulta ser un cromo de perseona entre cuñado revenido y ser ruín y desagradable que se ha ganado su soledad a conciencia. Suponemos que aqui llega el meollo, pero tras una descripción pintoresca y picaresca a lo Lazarillo del Pacomio que podía ser el ciego de Salamanca conoce a otro personaje habitante de la frikez y se embarca (hila con lo anterior) en un proyecto de hacer películillas que cuelga en internet.
Uno en este punto se puede preguntar, a que te quedas, a diseccionar las miserias de las producciones pauper a lo Tinieblas Gonzalez, a las aventuras y desventuras de un loser cosmopolíta que acaba viviendo en Avila (desde luego no se puede ser más loser) con su tio abuelo cascarrabias llamado Pacomio o a que estamos. La cosa sigue por derroteros similares hasta el final donde el personaje se vuelve a dedicar al cine, pero como es una novela de Lorenzo, de manera oscura y sobra decirse, loser.
El estilo no sorprenderá tampoco a los seguidores del autor, esa mezcla de gañan gongorino les resultará familiar, no faltan desde neologismos «mi antipatía se asandguichó con mi lastima» a bueno, sobradas «la jactancia de quien había sido eyectado de primer curso», y la arqueología semántica "con gente que se lanzan al flaneo" (paseo), "los preludios vergelianos", "los mazámpulas", "las cuadrangulaciones de las pelotas" y todo eso. Un altar hay que ponerle por airear palabros viejunos. La verdad es que la mezcla entre gañan y redicho tiene ratos de gracia, pero que sea siempre es la misma independientemente de quien narre levanta runrun. El tono eso sí es menos cenizo que otras veces, es una función más abiertamente humorística, más en la tradición tan nuestra de desgraciado a quien le pasan cosas de toda la vida.
La narración en si es un poco de su manera. Nunca acertamos a comprender porque el protagonista nos va dando cuenta periódica del tal Sixto incluso tiempo después de que pinte nada, obviamente debe ser la caricatura de algún personaje deplorable con quien tuviera o haya tenido desavenencias pasadas, pero es complicado saber a que viene salvo eso el ajuste de cuentas por algún asunto interno, en la narración sobra bastante.
Las dos partes del libro se leen al vuelo, la primera porque pasamos a toda velocidad porque se supone que esto va de un capitalino en una ciudad de provincias y la propia en la ciudad de provincias con Pacomio porque en seguida parece que le aburre (es Avila al fin y al cabo) y la da por amortizada. Este, aparte de la ligereza, puede ser el mayor handicap, no es una narración muy enfocada por no decir que es bastante dispersa y es compllicado sacarle el tema al asunto. Se lee bien, entretiene a ratos, pero ¿que nos quiere decir el amigo Santiago? pues es complicado saberlo.
En conclusión, novelilla de desgraciado al que le pasan cosas graciosas que si las piensas un poco no son tan graciosas como hay veintemil en la literatura española, una narración ligera (y por ligera digo algo menor) de Santiago Lorenzo que gustará a sus fanes al reconocer al protagonista como otra variación de lo mismo pero que dejará bastante frios al resto. Incluso los más curiosos se devanaran el seso tratando de adivinar por el mismo título porque sin ser gran cosa tostonazo no es, ni hay nada que haga referencia al aburrimiento soberano. Pero sobre todo inferior con otras igual más sombrías pero mucho más definidas y con más personalidad, como la misma de Los asquerosos del autor.