Sol Negro me ha encantado. La verdad es que es que es un recorrido sobre la depresión y la melancolía con un abordaje desde distintas perspectivas y disciplinas, desde el psicoanálisis, hasta la literatura pasando por la religión; me ha resultado verdaderamente interesante. Además de todo esto, una cosa que me ha gustado mucho es la especial atención que Kristeva presta al lenguaje, y la relevancia que le atribuye.
Kristeva no pretende ni de lejos o, al menos, a mí no me lo parece, crear un tratado clínico sino llevar a cabo un abordaje conceptual de la depresión y la melancolía desde distintas perspectivas. Para ello pone en juego la terminología psicoanalítica, así como la exposición de distintos casos que ha visto en terapia, recurre a la literatura o al arte —la obra de Holbein— para tratar de explicar de dónde nace la angustia que provoca la depresión y la melancolía, como se entreteje en la relación con el otro, en la pérdida del objeto amoroso —o no—, en la consciencia de la finitud y del destino mortal del ser humano, en la insuficiencia del lenguaje para expresar, precisamente, todo esto. En este punto, a pesar de su insuficiencia, el lenguaje y la creación literaria se convierten en una especie de catarsis, de vía de escape de la depresión, y en este sentido, creo que se convierte en la propuesta de Kristeva: la palabra, ya sea a través de la transferencia psicoanalítica, o de la creación literaria, se convierte en la forma de enfrentamiento y superación, de toma de consciencia y también, de fuente de frustración. Pero sin embargo, nos hace reconocernos, a nosotros y a los demás, y lo que hay en las entrañas de nuestra existencia.
Mi único desconcierto con el libro es que cuando Kristeva habla de la mujer y de la sexualidad femenina la percibo tendida como en un hilo de ambivalencia. Por una parte, afirma: «la mujer accede a menudo al deseo heterosexual reprimiendo los placeres más arcaicos, hasta el placer mismo: cede a la heterosexualidad en la frigidez»; y, por otra parte, en ocasiones parece no estar demasiado alejada o no ser capaz de desapegarse por completo de la tradición psicoanalítica clásica respecto a este tema. Mi duda —de la que ya no queda casi duda— es hasta que punto, la descripción de la sexaulidad femenina por parte del psicoanálisis no es tanto una descripción como una realidad discursiva que performa.
Ninguna palabra, ningún objeto de la vida es capaz de encontrar un encadenamiento coherente y al mismo tiempo adecuado para un sentido o un referente.
La secuencia arbitraria, tomada por el depresivo como absurda, es coextendida a una pérdida de la referencia. El deprimido no habla de nada, no tiene nada de qué hablar: aglutinado a la Cosa (Res), no tiene objetos. Esta cosa total e imposible de significar es insignificante: es una Nada, su Nada, la Muerte. El abismo que se instala entre el sujeto y los objetos susceptibles de significación se traduce en una imposibilidad de encadenamientos significantes. Pero un exilio semejante revela un abismo en el propio sujeto. Por una parte, los objetos y los significante, denegados en la medida en que están identificados con la vida, toman el valor del sinsentido: ni el lenguaje ni la vida tienen sentido. Por otra parte, a través de la escisión se le atribuye un valor insensato a la Cosa, a Nada: a lo no significaba y a la muerte.