El ingenio de los pájaros es una muy buena obra de divulgación científica escrita por una persona que, claramente, habla de un tema que encuentra apasionante y del que conoce muy bien. La bibliografía utilizada es sólida prueba de esto último. He leído libros con intenciones similares el doble de largos con una bibliografía tan escueta que cabría en un post-it. Otra cosa diferente es que los artículos referenciados estén justificados, sean veraces o estén actualizados -en ciencia, esto último a los cinco años deja desgraciadamente de importar-. No he tenido tiempo para examinar la bibliografía, así que voy a proceder a hablar única y exclusivamente de los contenidos del libro, que es lo que interesa: los únicos interesados en las bibliografías son los miembros de un tribunal universitario, y ni estos se la leen.
La tesis de que parte Ackerman es novedosa aunque no debería: las aves no son imbéciles, al menos no todas. Nuestro pensamiento antropocentrista nos hace reconocer inconscientemente la inteligencia en seres similares a nosotros, o al menos relacionados con nosotros. No nos sorprende que nuestra mascota canina nos da la pata o se hace el muerto, o que los orangutanes utilicen palos a modo de lanzas para pescar, porque no dejan de ser mamíferos, podemos vernos a nosotros mismos reflejados en ellos, cuando de pequeños descubríamos nuestro entorno y resolvíamos con éxito pequeños desafíos. Pues bien, las aves también presentan este tipo de comportamientos, también saben resolver problemas de complejidad variable, cómo si no hubieran logrado adaptarse a la practica totalidad de ecosistemas de nuestro planeta. Ackerman nos relata rigurosamente cada comportamiento inteligente de los pájaros, y a cada comportamiento le dedica un capítulo poblado por numerosos ejemplos. Tenemos capítulos en los que descubrimos la capacidad analítica y resolutiva de los cuervos de Nueva Caledonia -que ahora gozan de mayor fama gracias a Youtube-, la infinita batería de trinos y reclamos con que cuentan los sinsontes y ruiseñores, la curiosidad rayana en temeridad de los carboneros o las grandes dotes de navegación de las aves migratorias, por enunciar solo algunos.
El gran triunfo de este ensayo es su sencillez. No rehúye el lenguaje técnico, pero siempre cuenta con una explicación para aquellos menos familiarizados con la terminología científica. Esta sencillez no debe confundirse con superficialidad, porque la autora sabe muy bien de lo que habla, nunca simplifica, de hecho, tiende a excederse en algunos puntos. En efecto, algunos capítulos son más largos de lo que les convendría porque no dan para tantas páginas, y otros se sienten alargados y repetitivos no por su falta de contenido, sino por las constantes referencias a ideas y ejemplos desarrollados en capítulos anteriores. Eso, unido a que muchos pájaros mencionados son aves americanas, pueden suponer un desafío al lector foráneo en tanto a que no nos son familiares.
Otro gran éxito es que logra romper varias ideas preconcebidas, como, por ejemplo, el instinto. Mucha gente cree que las aves en particular, y el resto de animales en general, nacen con todos los conocimientos necesarios para desenvolverse en la naturaleza una vez alcanzan la adultez. Bien, no es así. Un perro no nace sabiendo cómo dar la pata ni rodar sobre sí mismo, al igual que un canario no adquiere su variedad tonal sin escuchar a sus progenitores. Las aves aprenden, al igual que muchos otros animales. La docencia no es un invento humano, como tampoco lo son la curiosidad o el juego.
Sin embargo, la autora peca de entusiasta al aceptar ciegamente algunos de las tesis que plantea porque, y esto es muy importante, tienen un respaldo experimental. Que un experimento revele resultados esperables por las hipótesis planteadas no quiere decir que haya una relación causa efecto. De hecho, incluso ella misma relata algunos escenarios en las que las aves no se comportaron de la manera esperada a la hora de resolver un experimento, cuando en un primer momento habían sido capaces de resolver el desafío con éxito ¿Quiere decir esto que las aves no son inteligentes? En absoluto, quiere decir que no todos los experimentos se adecuan a la hipótesis o que no todos pueden arrojar respuestas concluyentes, por lo que, o se debe replantear la hipótesis de partida o se debe rediseñar el experimento. Pero divago. Lo importante es, y es en lo que yo personalmente discrepo con la autora, es que los experimentos presentados en el libro han demostrado, y hasta medido, la inteligencia de las aves. Y es que es muy difícil dilucidar cuán inteligente es un animal tan diferente a nosotros evaluándolo bajo parámetros netamente humanos.
He ahí mi única crítica al libro desde lo científico, que, por supuesto, no deja de ser una opinión personal e intransferible. Por lo demás, es una delicia de libro que cualquier aficionado a la ornitología o la vida salvaje disfrutará. Eso sí, no puedo asegurar lo mismo para aquellos que solo sientan curiosidad por el tema, quizá en su caso este libro resulte demasiado denso y repetitivo. Aún así, creo que les merecerá la pena el intento.