Pues estará escrita por mi querido Lorenzo Silva y su esposa, Noemí Trujillo (que es poeta o poetisa, que tanto más me da), pero yo no he notado ninguna diferencia. No sé lo que habrá aportado la autora. Se supone que un toque más intimo a esta nueva inspectora introducida en esta novela. Pero yo, a la Chamorro que me describe Silva, me la creo igual o incluso más que a Mauri.
La cuestión es que me la he leído igual que si de una novela de Bevilaqua se tratara. Aunque se le echa de menos, y de ahí que agradezca mucho ese cameo. Tampoco me hubiese importado que a la comida en cuestión hubiesen invitado a la Chamorro, que me cae muy bien, como creo que ya quedaba dicho.
La trata de blancas, las mafias que las manejan, y el uso y abuso por parte del ciudadano hacia ellas, sin considerar con un mínimo de ética su trato hacia las mismas como personas, en vez de como mera mercancía. Todo ello queda muy bien reflejado en la presente novela, tan corta que te la lees de un tirón. Hay crítica social, pero sin grandes alardes. Te explican lo que todos sabemos, pero no está de más que nos lo recuerden de vez en cuando. Yo, por ejemplo, desconocía que se utilizaba Bilbao como punto de entrada, debido al mejor sistema de acogida social con que cuenta el país vasco. Y de Benin City (Nigeria) había oído hablar, pero ahora me queda más claro lo que se cuece por allí. Un basurero en todas sus acepciones. Y en cuanto a lo que aquí se cuenta, la “operación vertedero” descrita está basada en un hecho real que ocurrió en Boadilla del Monte, así que, para más inri, de ficción, la justa.
Si tuviera que elegir, seguiría quedándome con mi entrañable Bevilaqua, al que descubrí hace la tira de años en “El alquimista impaciente”. Pero tampoco le haré ascos a alguna entrega ocasional de la inspectora Mauri. Eso sí, a mi picoleto (dicho con todo el cariño), que no me lo jubile.