Inextricable, inexpugnable, intraducible, interminable, indescifrable, ilegible, insufrible, inabarcable, inescrutable, insostenible, inaccesible, impenetrable, impredecible, inalcanzable, inasequible, incomprensible, incongruente, intimidante, inaceptable, intragable, insoportable, invulnerable, indefinible, inexplicable, imposible.
Estos son algunos de los adjetivos calificativos que podrían aplicarse perfectamente a este obra de arte colosal.
Si con Ulises James Joyce había llegado al límite de todas las variantes posibles con el lenguaje, con el Finnegans Wake lo traspasa para transformarlo en algo con entidad propia y convertirlo en nuevo universo literario.
La complejidad extrema de lo lingüístico introducido en el libro, sumado a decenas de neologismos, creadas por el escritor, se estiran hasta la cantidad de 250.000 palabras a lo largo de un apretadísimo texto de 628 páginas.
Para revolucionar al texto, Joyce incluye vocablos distorsionados, sonidos guturales de bebés, onomatopeyas, creaciones lingüísticas, 3.500 nombres propios reales e inventados e idiomas de todo el planeta, incluyendo dialectos y lenguas muertas. Más de 70 idiomas para ser más precisos.
Jugar con las palabras es otro de sus pasatiempos preferidos y para ello se transforma en un digno sucesor de Lewis Carroll, quien ya en sus libros “Alicia en el país de las maravillas” y “A través del espejo”, ya acuña el sistema de creación híbrida de palabras o inventa nombres totalmente inverosímiles (el del Jabberwocky es un ejemplo claro).
En algunos capítulos como el que cierra el Libro I y atribuido a uno de los personajes principales, Anna Livia Plurabelle descubrimos que por ejemplo Joyce incluye los nombres de más de 600 ríos de todo el mundo.
Cualquier parte del libro que uno lea es innovadora o revolucionaria, de hecho la ambivalencia está inherente en el título mismo de libro, “Finnegans Wake” (así, sin apostrofe), dado que "wake" significa tanto "velatorio" como "despertar", de ahí la naturaleza circular del libro, donde el comienzo del primer capítulo es una frase ya empezada que enlaza con la frase inacabada de la última página, y aunque parezca mentira, este libro tiene también una trama o argumento, pero oculta entre toneladas de palabras inconexas, diálogos oníricos y frases desconcertantes.
Otro aspecto más que interesante es la construcción que Joyce hace con las palabras y la creación de vocablos híbridos. Muchos de ellos a partir de una raíz en común son construidos con dos y hasta tres palabras distintas y demuestra hasta qué punto retorció vocablos para darles un nuevo sentido.
Cito algunos ejemplos de conjunciones de palabras para ser más gráfico: escéano (escena+océano), sordiota (sordo+idiota), literasura (literatura+basura), amornecer (amor+amanecer), obsceñor (obsceno+señor). Estos términos están tomados de la traducción de Marcelo Zabaloy, quien realizó la primera traducción completa al español por primera vez en la historia, pero es algo que voy a comentar más adelante.
Relacionado a este tema y para comprender y compartir que Joyce no escribió este libro sin ningún sentido sino con erudición y en forma meticulosa, tomemos esta palabra de cien letras aparentemente incongruente, que ya en la tercera página nos choca de lleno:
¡bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk!
Este término, vocablo o como quiera llamarse no está incluido por que sí. Investigando un poco, me encontré en internet con una explicación del mismo y que es la siguiente. Comienza con “bababadal”, un termino que significa “Torre de Babel” en el Génesis 11:1-9, en el que Dios castiga a todos a hablar en decenas de distintos idiomas (qué casualidad, algo que puebla todas las páginas de este libro), este largo término se desglosa en decir "trueno" en diez idiomas distintos, asociando sus raíces fonéticas a estos idiomas, a saber: gharaghta (hindi/r'ad), kamminarronnkonn (japonés/kaminari), bronn (griego/brontê), tonnerronn (francés/tonerre), tuonn (italiano/tuono), thunn (inglés/thunder), trovarr (portugués/ trovão), hounawnskawn (sueco y irlandés/aska y scán), toohoohoordenen (danés/torden), thurnuk (irish/tórnach).
¿A qué quiero llegar con esto? En primer lugar a afirmar que James Joyce era un genio, le pese a quién le pese, incluso a todos sus detractores y críticos a quienes les advirtió "Puedo justificar cada línea de mi libro". En segundo lugar a comprender que ningún lector normal (como yo) podría descifrar eso nunca sin su ayuda o por gente que se dedica a estudiar el libro y además, que esa palabra está ¡en la tercera página! Imaginen si quisiéramos descubrir cada palabra extraña a lo largo de las 628 páginas. Nos llevaría cientos de años. Me saco el sombrero ante tanta genialidad.
Pasando al argumento del libro en sí, a groso modo, el libro trata, en primer lugar, sobre una referencia a Adán y Eva y la caída del hombre y con el relato mítico del gigante Finn MacCool, quien trastoca su existencia en Finnegans, un albañil de Dublín, quien mientras trabaja en la construcción de un muro, cae de la escalera y se mata. Su esposa Annie dispone el cuerpo del muerto para que sirva de festín en el velatorio, no obstante este desaparece antes de que puedan empezar a devorarlo.
A eso sigue un velatorio lleno de incidentes, hay una pelea dónde accidentalmente se derrama whisky sobre el cadáver de Finnegan, que se levanta de su ataúd suplicando un trago. Pero para acomplejar más el argumento, ese mismo Finnegans puede ser considerado un sueño del gigante Finn y puede que lo que suceda a partir de allí pase a formar parte de lo onírico, donde todo es posible y a la vez es replicado a través del lenguaje críptico en que está escrito el libro.
Por otro lado se narran las peripecias de un tabernero dublinés, Humphrey Chimpden Earwicker. Su nombre irá mutando en decenas de otros que comenzarán con las iniciales HCE, puesto que este personajes se metamorfoseará constantemente, de ahí que las iniciales no están tomadas al azar: HCE es también “Here Comes Everybody”. HCE es un hombre en particular, pero también somos todos nosotros (“Aquí llegan todos”).
Y además de HCE y ALP, nos encontramos con sus hijos gemelos, Shem el escritor y Shaun el cartero quienes se disputan el amor de la joven Iseut con todo el bagaje de lectura que estas instancias generan en el libro.
El Finnegans Wake es un libro que se lee a ciegas y el primer obstáculo con el que el lector de choca en la oscuridad es el del lenguaje. No hay otro modo de explicarlo.
Para ser sincero en esto, sostengo que el personaje principal del libro es el lenguaje. Es la causa, la consecuencia, el medio y el fin. Es el amo total y cuando el lector lo lee, cae fácilmente en el hecho de intentar entender lo que allí se narra generando una parálisis o bloqueo de lectura, y en otros casos ciertos estados de desesperación que desembocan en abandonarlo para no retomarlo más. Si uno piensa que al leer el Ulises Joyce llegó al límite de lo imaginable y soportable, con el Finnegans Wake se cae en un abismo mucho peor y desconcertante.
Y si el Ulises es el libro de lo que sucede en el día, el Finnegans Wake es el libro de la noche y esto se explica con facilidad: en el Ulises, todo transcurre durante el día con los personajes de Leopoldo Bloom y Stephen Dédalus caminándose todo Dublin. En el Finnegans Wake todo lo que se lee en las 628 páginas sucede en una noche.
El supuesto final del libro, o sea de las últimas páginas traza una relación directa con el Ulises, puesto que el monólogo interior de Anna Livia Plurabelle se equipara al de Molly Bloom durante ocho eternas oraciones que ocupan las últimas cuarenta páginas (¡40!) del libro sin freno ni la utilización de una sola coma. La diferencia es que en el Finnegans Wake este monólogo es más corto, pero no por ello menos difícil de leer.
No voy a ser hipócrita y confieso que salteé varias páginas en distintos momentos de la lectura, porque es tanta la abundancia indescifrable del texto que logra un desconcierto exasperante en el lector y uno se anula. Debe cerrar el libro y retomarlo en otra ocasión para no sucumbir, pero me siento tranquilo con el hecho de saber que no es ningún crimen, pues parafraseando a Kafka, si un libro no nos parte la cabeza, ¿para qué leerlo? En mi caso no fue por falta de interés sino que por momentos me sentí ampliamente superado por el texto, puesto que al fin y a cabo soy un simple lector falible.
Respecto de su traductor, Marcelo Zabaloy, es altamente meritorio reconocer que fue el primero que se animó a traducir el libro en forma completa luego de otras traducciones anteriores consideradas en cierto modo deficientes y más meritorio aún porque Zabaloy está completamente fuera de todo circuito literario: tradujo el libro ¡por hobby durante siete largos años y siendo Analista de sistemas!
Ni escritor, ni traductor, ni nada ligado a las letras sino tan sólo un hombre que arregla computadoras en su Bahía Blanca natal, en el centro-sur de Argentina y que además realizó también su propia traducción del Ulises, ambas publicados por la editorial El Cuenco de Plata.
La complicación de la edición de Zabaloy reside en que junto con la editorial decidieron no incluir notas aclaratorias al pie, explicando que la edición del libro se hubiera estirado a 1.500 o 2.000 páginas.
Lo complejo de las palabras en el texto es explicado por Zabaloy cuando dice "en una línea donde hay diez palabras, cuatro de ellas no existen. No están en los diccionarios. Estás obligado a crear neologismos. El Finnegans Wake es acercarse a algo que no tiene entidad real, una suerte de lengua universal, que crea amalgamando elementos tomados de más de ochenta idiomas naturales, con el inglés como sustrato común.
Es como si en tu casa tuvieras un galpón y alguien te trajera una bolsa con cien kilos de rompecabezas, y de los cien kilos tenés treinta kilos de un gris que varía de una punta a otra, en cien escalas. Donde el piso y el techo es lo mismo y tenés que poner cada pieza correctamente para que quede armado."
De todos modos, Zabaloy no trabajó sin herramientas. Leyó el libro en su idioma original, acumuló ensayos, críticas, enciclopedias, leyó la edición francesa corregida por el mismísimo Joyce, consultó el FWEET (Finnegans Wake Extensible Elucidation Treasury), una página online con más de 80.000 anotaciones desde que se publicó el libro y se apoyó en la mayoría de los los libros que distintos escritores publicaron libros-guia en la lectura, como los de Roland McHugh y conoció a Hervé Michel, quien lo tradujo al francés, entre otras cosas.
Solo tengo palabras de admiración para el esfuerzo titánico, descomunal de Marcelo Zabaloy en el que invirtió siete años de su vida.
Por último y para cerrar esta larga reseña, vuelvo a retomar la figura de James Joyce, eterna, gigante, quien le dedicó 17 años de su vida para crear obra única, publicada dos años antes de su muerte, prácticamente ciego, fuertemente deprimido, con su hija internada en un hospital psiquiátrico y escapando de los nazis que ya habían puesto en marcha su escalofriante máquina de muerte.
Joyce, luego de mostrar a críticos y editores las primeras página del libro supo afirmar:
«Los críticos que tan agradecidos estaban por Ulises se quejan ahora de mi nuevo trabajo. Como son incapaces de entenderlo, sostienen que no tiene sentido. Ahora bien, si no tuviese ningún sentido se habría podido escribir rápidamente, sin pensar, sin dolor, sin erudición, pero te aseguro que estas veinte páginas que tenemos ante nosotros me han costado 1.200 horas y un enorme gasto de espíritu.»
Maestro, qué más puedo agregar. Luego de leer semejante libro, paradójicamente, me quedé sin palabras.