Si alguna vez te has sentido un poco perdido, como si no supieras muy bien qué hacer con tu vida, si has experimentado esa mezcla de melancolía y esperanza al mirar hacia el futuro, pero sabiendo que todo lo que tienes por delante está marcado por una sociedad que no entiendes del todo, entonces este libro es para ti. Y no, no te estoy hablando de un viaje de autodescubrimiento que te hará sentirte mejor contigo mismo; más bien, Principiantes te va a dejar con la sensación de que quizás nunca llegues a encontrar esa "respuesta". Pero lo fascinante de la historia no es el desenlace, sino cómo Colin MacInnes le toma el pulso a una generación que, en su rebeldía y caos, busca su propio camino, mientras el mundo sigue girando, indiferente a sus esfuerzos. Cuando la juventud se reinventa, pero el caos sigue siendo el mismo.
Imagínate Londres, a finales de los años 50. La ciudad está vibrante, el jazz está en el aire y los cafés son el punto de encuentro para los jóvenes que, cansados de las reglas del pasado, intentan inventar su propio camino. Ahí está nuestro protagonista, un chico de 18 años, sin nombre (porque en su mundo, los nombres no importan), que se gana la vida tomando fotos pornográficas por encargo, pero sueña con algo más... una exposición de su trabajo "serio", si es que eso tiene alguna relevancia. El tipo es un observador, un extraño en su propia ciudad, mientras las piezas del rompecabezas de su vida caen por su cuenta, sin mucho control.
Este no es el tipo de historia que te engancha por una trama emocionante, ni mucho menos. Si buscas acción, olvídalo. Pero si lo que buscas es sentirte parte de ese mundo: la música, el caos, el amor no correspondido, las relaciones de poder, los encuentros casuales con personajes que no sabías que existían, este libro te va a hacer ver Londres como nunca antes. Es como si MacInnes estuviera abriéndote una ventana a una ciudad que nunca duerme, pero que tampoco parece tener un rumbo claro. Un lugar lleno de jazz, café, gente colorida y mucho, pero mucho desorden.
¿Has oído hablar de los mods? Si no lo has hecho, estás a punto de sumergirte en una subcultura que definió a toda una generación. Eran los hijos de la generación que luchó en la segunda guerra mundial, pero los mods no eran solo un grupo de jóvenes con un estilo de vida pulido y una pasión por el jazz; eran los que desafiaban las normas y buscaban escapar de un mundo que no les entendía. Sus enfrentamientos con los rockers, otra subcultura juvenil más ruda y aficionada a las motocicletas y el rock 'n' roll, fueron célebres. En Principiantes, Colin MacInnes nos lleva de lleno a ese Londres de finales de los 50, donde los mods, con su ropa de importación europea, sus parkas, sus scooters y sus discos de jazz moderno, no solo trataban de definirse a sí mismos, sino de crear una nueva forma de ser joven en medio del caos. No son solo un reflejo de la época, son una forma de estar vivos, una declaración de independencia que se respira en cada página. Y es precisamente a través de ellos, que MacInnes nos muestra ese impulso de rebelión y autoafirmación en un Londres que, por mucho que se mueva, siempre parece estar buscando un sentido.
Mira, lo interesante de MacInnes aquí es que no solo nos muestra una juventud revolucionaria, sino que lo hace desde un lugar mucho más personal. Este tipo, que era abiertamente bisexual en una época —no olvidemos que la novela se publicó en 1959– en que la homosexualidad era ilegal en Inglaterra, se las arregla para meter en su novela todo lo que estaba pasando en los márgenes de la sociedad. Es imposible no ver que la presencia de personajes como El Fabuloso Hoplita no es un simple capricho literario. En un Londres donde ser gay te podía llevar a la cárcel, MacInnes se la juega, no solo con la moda o el jazz, sino con la sexualidad. La novela está llena de personajes que viven en el límite, casi en la sombra de lo permitido, como si MacInnes estuviera diciendo: 'Esta eˆs la realidad, y esto también importa'. De alguna manera, lo que podría parecer una novela de juventud y moda es también un acto de resistencia, un grito de libertad en un contexto donde la homosexualidad era vista como un delito. En serio, si lees entre líneas, hay una lucha por la identidad que va mucho más allá de lo que se ve a simple vista.
El protagonista nunca tiene nombre. Nunca. Y eso, amigos, es un golpe maestro. ¿Por qué? Porque es la representación de esa generación que rechaza los viejos roles, que está tratando de redefinir lo que significa ser joven en un mundo que ya no sabe qué hacer consigo mismo. Es un chaval que es pura creación de su época: sin miedo, con la cabeza en su propio mundo, independiente y, sobre todo, súper, súper cool. Ropa europea de importación, un sitio para él solo, una colección de jazz moderno que deja a cualquiera boquiabierto, una Vespa y un trabajo bastante decente como fotógrafo freelance. Y todo eso mientras tiene claro que quiere vivir por encima del mundillo que lo rodea. Sin clase, pero cargado de ella. El tipo no solo tiene estilo, lo lleva consigo como una bandera. Su vida se construye a través de momentos, encuentros y sensaciones. Conocer a la “ex-Debutante-del-Año-pasado”, ser testigo de los dramas de los que lo rodean, amar y perder, todo ello sin que nunca se sienta como una narrativa tradicional. Lo que importa es el cómo se siente todo. Y es brillante.
Y vamos a hablar de los personajes, porque si algo tiene este libro es que todos tienen nombres raros. En su círculo más cercano, encontramos a figuras como el Brujo, el joven más radical y lleno de soluciones instantáneas; el mencionado Hoplita, cuya sexualidad abierta lo convierte en un personaje audaz y único; Mr. Templado, su vecino amante del jazz; Suzette, una novia que va y viene; Dean Swift, un modernista con visión, y Miseria Kid, un trad jazzer de actitud desafiante. Del otro lado están personajes como su medio hermano Vern, que no tuvo la oportunidad de experimentar la adolescencia, Ed el Ted, quien decidió saltarse esa etapa para lanzarse de lleno al mundo adulto, y, por supuesto, todos aquellos que se ven atrapados en trabajos monótonos, siendo piezas más de un engranaje que nunca parece detenerse. El Excelso, El Deleitoso, La Gran Jill…
Todos son casi como símbolos de algo. Son personajes más allá de sí mismos, como si fueran representaciones de algo más grande: el caos juvenil, la insatisfacción de la clase media y la constante búsqueda de algo que no se puede nombrar. No tienen nombre, pero tienen alma. Cada uno de ellos te deja con la sensación de que MacInnes no quería ponerles una etiqueta que los limitara. ¿Y el protagonista? Ah, claro, él tampoco tiene nombre porque no pertenece a ningún lugar, y eso lo hace aún más real. Es como el personaje perfecto para la generación del "yo soy quien soy, pero no sé muy bien qué significa eso".
A lo largo del libro, el tema de la identidad está en el aire, flotando como humo de cigarrillo. El hecho de que los personajes se llamen por apodos o se definan por lo que hacen en vez de lo que son, hace que te plantees: ¿de qué sirve tener un nombre si no encajas en lo que se espera de ti? Y, en un mundo donde todo parece estar cambiando y siendo desmantelado, lo único que queda es la búsqueda desesperada de algo auténtico. Y el protagonista, en su juventud, está buscando eso. ¿Pero lo encuentra? Bueno, esa es la gran pregunta.
En cuanto al estilo, MacInnes no es un escritor para todos. Es como un buen solo de jazz: caótico, improvisado y sin miedo de romper las reglas. El tipo no sigue ninguna estructura convencional, se va por las ramas y nos suelta una serie de momentos, pensamientos y personajes que se sienten tan reales como la ciudad de Londres de la época. Es un lenguaje cargado de jerga, de una generación que no tiene ni idea de qué hacer con su vida, pero lo está intentando con todas sus fuerzas. Algunos podrían encontrar su uso de la jerga un poco agotador. Yo lo encontré fascinante, porque realmente te mete de lleno en la atmósfera de los años 50 en Londres, pero es cierto que algunos pasajes pueden ser complicados de entender. Es como si, de repente, estuviéramos escuchando a los personajes en su propio idioma, un idioma que es suyo, pero que no necesariamente tiene que ser el tuyo. Y eso es lo que lo hace tan atractivo: el caos tiene ritmo, la confusión tiene sentido. Es crudo, directo y, a veces, sí, confuso; pero eso es lo que te mete de lleno en el caos de esa juventud en busca de algo auténtico, algo más allá de las normas, de las expectativas. Un estilo que no te explica nada, pero te lo muestra todo.
El aspecto más controvertido de la novela es el tema racial. Algunos verán una cierta trivialización sobre cómo se maneja la violencia racial en la historia, ya que el protagonista, en su juventud e ingenuidad, no termina de comprender la gravedad de lo que está sucediendo, pero yo no lo veo así. Creo que más bien es un reflejo de la perspectiva de un joven que todavía no tiene las herramientas para entender el mundo adulto. Y esa falta de comprensión, esa distancia, también refleja el desconcierto de una juventud que ve el mundo en caos, pero no tiene ni idea de cómo contribuir a cambiarlo.
Al final, Principiantes es un libro que no tiene miedo de mostrarnos la juventud en toda su complejidad. No se trata de dar lecciones de nada, sino de mostrar. No hay moralejas, no hay finales felices, solo hay un joven que observa, siente, sufre y ama. Y, a través de su historia, MacInnes nos da una ventana a un mundo que, aunque ya no existe, sigue reverberando de alguna forma, como una vieja canción de jazz que sigue sonando en algún rincón de nuestra memoria.
Así que, ¿te lo recomiendo? Claro que sí. Pero no te vayas a engañar. Este no es el tipo de libro que te dejará con una sonrisa en la cara. Es el tipo de libro que te hará pensar, reflexionar, e incluso sentirte un poco incómodo al darte cuenta de que hay algo que te está mirando fijamente, como si supiera más de ti de lo que estás dispuesto a admitir.
Y si ya lo has leído, pásalo. Porque Principiantes es un golpe directo al estómago de la juventud perdida, una bofetada de realidad entre la niebla de la nostalgia. Es el tipo de historia que, cuando la dejas reposar en la memoria, te hace preguntarte si realmente alguna vez supiste lo que significaba ser joven. Así que, ponlo en tu estantería, porque no es un libro que solo se lee: es un libro que te habita, te persigue, y te deja con la sensación de que hay algo más por descubrir, incluso en el caos de Londres. Y quizás, solo quizás, te hará mirar a tu alrededor y pensar que, en realidad, nada ha cambiado tanto.