Siempre he creído que un libro de cuentos es como un poemario: debe haber un hilo conductor que le dé cohesión al volumen y que permita, con relativa soltura, que unos textos dialoguen con otros.
En este libro de Le Clézio el hilo conductor es la condición humana en situaciones desfavorables: así, por ejemplo, encontramos a un inmigrante serbio, Miloz, atravesando la frontera italiana para buscar fortuna en Francia; asistimos al descubrimiento de la dignidad cuando David, quien ha salido buscando a su hermano Édouard, termina tratando de robar en una tienda; acompañamos a Liana dando a luz en condiciones paupérrimas dentro de su remolque y a las pulsiones instintivas de su perro, Nick, cuando éste es dejado a solas con el bebé... Todas las historias contenidas en este libro gozan de un carácter onírico y, asimismo, todas terminan convirtiéndose en pesadillas.
En términos técnicos, en todos los relatos el narrador proyecta las emociones de los personajes en el paisaje que los rodea prescindiendo, casi por completo, de los diálogos. Hay, eso sí, un sinfín de símbolos —que pueden ir desde el título, por ejemplo en “Moloch”, hasta el guijarro que deja caer David en la narración homónima que cierra el libro, o el papel que desempeña Venecia en “La gran vida”, tan cercana, geográficamente hablando, a Trieste y tan lejana, en espíritu, al papel que ésta desempeña en “El coyote”— que acentúan el carácter angustiante y perturbador de todos los relatos. Porque una cosa es cierta en todas estas historias: no hay finales felices y nuestra conciencia puede llevarse más de un chasco cuando repasemos de qué lado cayeron nuestras simpatías.
Lo anterior me parece, desde mi particular punto de vista, el principal acierto del libro. Le Clézio nos provee con una “educación sentimental” simbolista, cuando no abiertamente romántica, que muchos narradores abandonaron siguiendo el realismo “sucio” de Carver. Pero es importante que existan libros como “La ronda y otras notas rojas” precisamente para que nos probemos, en silencio y en nuestro personalísimo interior, cuál es nuestra condición humana y acabemos preguntándonos: ¿qué habría hecho yo en una situación semejante o siendo testigo de la misma?
La traducción de Iván Salinas para Océano es, en una palabra, excelente.