¿No te pasa a veces que cierras un libro y te quedas un momento quieto, como si alguien te hubiera hablado demasiado cerca? Pues eso mismo me ocurrió con La familia de Pascual Duarte: un silencio denso, una especie de pregunta incómoda flotando en el aire. ¿Qué hacemos con un hombre que parece condenado incluso antes de saber quién es? Y no, no me malinterpretes. No me refiero a la condena judicial, sino a esa otra, la que viene del barro, de la pobreza, de la familia y del país. Esa condena que uno huele desde la primera página aunque nadie tenga el valor de nombrarla.
Publicada en plena dictadura, en una España rural y empobrecida que aún sangraba por la Guerra Civil, Cela escribe desde el desgarro, pero también desde la censura: el libro se disfraza de “confesión moral” para poder publicarse, aunque en realidad es una denuncia brutal de la violencia estructural y del destino fatal que aplasta a los pobres. De hecho, en 1943 la novela fue prohibida por las presiones de la Iglesia, no por los asesinatos de Pascual, no; sino por la presencia de adulterio y prostitución, algo que revela más sobre la moral de la época que sobre la literatura misma.
Cela construye la vida de Pascual como si fuera un relato contado en una cocina en penumbra, sin aparente intención literaria, solo con la urgencia de alguien que necesita contarlo para poder respirar. Y ahí está uno de los grandes golpes de la novela: la voz. Una primera persona tan directa que por momentos parece que te mira a los ojos y te obliga a decidir si lo compadeces, lo condenas o simplemente lo aceptas como un producto inevitable de su tiempo. La sinopsis, sin spoilers, cabe en una frase: un hombre humilde condenado a muerte a garrote vil narra su vida desde la cárcel, repasando las decisiones, accidentes y desgracias que lo han llevado hasta allí. Y lo que importa no es lo que hizo, sino cómo te lo dice, con esa mezcla de fatalismo campesino y sinceridad sucia que te deja sin aliento.
Esta es la primera novela que Cela publicó —y, para muchos, su mejor obra. Tenía 25 años cuando la terminó. Su prosa aquí no es aún la de un escritor premiado y consciente de su lugar en la literatura, claro, sino la de alguien que todavía escribe desde las tripas, con la fuerza de un látigo. Seca, ruda, hecha de expresiones rurales —la acción se sitúa en Extremadura, a dos leguas (unos once kilómetros) de Almendralejo—, de silencios incómodos y de frases que parecen cortarse abruptamente antes de tiempo, como si al narrador —el propio Pascual— le diera reparo explicarse demasiado.
Pero ojo, este es un estilo engañoso: parece sencillo, pero debajo late un trabajo enorme. Cela utiliza giros del habla rural, refranes, expresiones locales o incluso defectos, como ese laísmo tan delicioso. Eso hace que la voz de Pascual sea auténtica y cercana, pero exige atención: no te dejes engañar por la sencillez aparente. Cela sabe qué mostrar y qué callar, y ese equilibrio convierte cada página en un terreno donde la violencia puede aparecer sin aviso, como pasa en la vida de Pascual. Es una novela que parece escrita con barro y sudor, más cercana al instinto que al arte.
La narración en primera persona refuerza esa sensación de confesión desgarrada, como si el protagonista se purgara antes de morir. No hay artificio, solo fatalidad. Es una lengua que huele a tierra, a sangre, a confesionario. El tono recuerda al de una España que aún vive en la violencia del campo, sin ironía ni distancia. Esa voz es directa, áspera, y a veces casi elemental, con una mezcla de resignación y brutal honestidad. Y Cela consigue algo que parece fácil pero que requiere de un enorme talento: que sientas compasión y repulsión a la vez.
La estructura confesional imprime un ritmo extraño, que oscila entre recuerdos urgentes y pausas para la reflexión. Pascual va hilando recuerdos que no siempre encajan limpiamente —ni cronológicamente—, porque la vida —especialmente la suya— no tiene un orden narrativo. Esa desorganización calculada lo humaniza y lo vuelve más inquietante. A ratos recuerda a esas narraciones en primera persona de la literatura rusa —como Notas del subsuelo, de Dostoievski— donde el protagonista no entiende su propio destino, pero lo reconoce cuando lo ve llegar desde lejos. A ratos, incluso, uno siente que Cela le debe algo a Galdós, no en el tono sino en esa mirada que mezcla compasión y dureza ante los personajes humildes de la España marginal.
Y luego está la galería de personajes que rodean a Pascual: familia, vecinos, conocidos, todos atrapados en un mundo donde la violencia no sorprende porque forma parte de la respiración cotidiana. Lo interesante aquí no es tanto quiénes son, sino cómo su presencia —o su ausencia— moldea a Pascual. Cada figura funciona como un peso más en la balanza de su destino, y Cela lo sabe. No necesita explicarlo: basta con la forma en que se cruzan las miradas, los reproches, las costumbres del campo, todo ese mundo pequeño que lo empuja sin descanso hacia donde acabará. Hay una sombra de Zola en ese determinismo social, aunque Cela lo hace más íntimo, menos intelectual y más visceral.
La España campesina de posguerra es casi otro personaje. La pobreza, la ignorancia y las tradiciones aplastan a Pascual. Y aquí hay que volver a detenerse: Pascual no es un criminal por azar; su vida parece estar marcada por un hilo del que es imposible escapar. Es muy interesante fijarse en cómo Cela mezcla causas sociales, familiares y personales para que la tragedia se sienta inevitable. Más allá de los asesinatos y peleas, la violencia visible, hay que fijarse también en la violencia cotidiana, esa que parece invisible: humillaciones, maltrato familiar, resentimientos que se van acumulando. Todo contribuye a la sensación de inevitable destrucción.
Pero también hay que fijarse en la tensión entre instinto y conciencia, en las decisiones de Pascual, en cómo se justifican y cómo Cela hace que las veas inevitables; ahí reside gran parte del tremendo impacto de la novela.
Lo que la novela dice —sin necesidad de panfletos ni moralejas— es que hay vidas que parecen diseñadas para romperse. Y quizá lo más incómodo es que Pascual, con toda su brutalidad, con toda su falta de freno, no se siente ajeno a este destino. Se parece demasiado a cualquier persona acorralada por las circunstancias y por el carácter, a cualquiera que haya sentido que, haga lo que haga, la puerta ya estaba cerrada desde antes. Ese es el verdadero golpe del tremendismo: ese estilo literario que Cela y otros jóvenes autores españoles usaron para mostrar la violencia y la crudeza de la vida sin edulcorarla —aunque Cela detestaba ese término—; no la sangre, sino el reconocimiento.
Curiosamente, el mismo año (1942) que Cela publicaba La familia de Pascual Duarte, Camus lanzaba El extranjero. Dos jóvenes autores, casi de la misma edad —Camus era un par de años mayor—, dos mundos distintos, pero un mismo golpe de realidad: hombres enfrentados a fuerzas que los exceden. Mientras Pascual se revuelca en la brutalidad de un destino que lo arrastra, Meursault contempla el absurdo desde la distancia, sin gritar, sin patalear, aceptando que la vida es un reloj que no se detiene. Tremendismo y existencialismo, dos caras del mismo espejo que refleja la condición humana.
Terminas el libro y no sabes muy bien si acabas de leer la confesión de un monstruo o la crónica de una víctima. Ahí reside su fuerza. Pascual Duarte no pide perdón ni pide simpatía; pide algo más difícil: que lo escuches. Y si lo haces, es imposible no quedarte un momento callado, preguntándote cuánto de su destino pertenece al hombre y cuánto al país que lo hizo. Y esa pregunta, incómoda y humana, es exactamente lo que convierte esta novela en un clásico que sigue retorciendo el estómago tantos años después. Por eso se lleva las cinco estrellas.