"- No pretendía lastimarme - justificó a Raistlin en respuesta a la expresión severa de su gemelo. - Es lógico que el dolor le convierta en una criatura díscola. No podemos reprochárselo. ¿Qué es nuestro sufrimiento si lo comparamos con el suyo? Tú, mejor que nadie, deberías entenderlo. Sus esotéricas visiones lo capturan hasta tal extremo, que no es consciente del daño que causa a los otros. (...)
- Es más que consciente de lo que hace - replicó el guerrero para sus adentros.- Y estoy comenzando a vislumbrar que siempre lo fue."
A ver si soy capaz de reseñar esta trilogía sin emocionarme.
¿Recordáis cuando decía que las Crónicas no han perdido ni un ápice del encanto original que les encontrara hace tantos años, al leerlas por primera vez? Lo mismo puede decirse de las Leyendas, que son, sin duda, una trilogía no sólo superior, sino probablemente la mejor dentro del universo de Dragonlance. Ya me lo avisó la misma persona que me recomendara las Crónicas; que las Leyendas le daban cien vueltas. Escéptica al principio de la lectura, no me quedó duda alguna al terminarla de que eso era así. Por muchas razones, que ahora recorreremos. Y antes de empezar, un aviso para navegantes: los que se han quejado y lloriqueado por el doloroso final de Juego de Tronos - me refiero a la versión televisiva, claro - deberían experimentar la lectura de las Leyendas para encontrarse con el auténtico dolor, por lo que a finales se refiere.
¿Dónde está la clave del éxito de las Leyendas? En primer lugar, que sigue una estructura por primera vez propia y original por parte de los autores, ya libres del encorsetado modelo de Dungeons & Dragons; es decir, que son más novelas que mero juego de rol. En segundo lugar, que está dedicado al mejor personaje de este universo de Dragonlance; el mago Raistlin Majere, la obra maestra de Margaret Weis - con permiso de Haplo, pero ésa ya es otra historia. En tercer lugar, que la trilogía se centra, más que en explorar grandes axiomas o clichés de la fantasía, en desarrollar algo tan sencillo como son los sentimientos humanos de amor, odio, los vínculos fraternales, la perversión y la redención. Y finalmente, que los autores no renuncian a ningún recurso, por extravagante que parezca, para desarrollar estos temas. ¿Viajes en el tiempo? Claro que sí. ¿Raistlin está cachondo y no en el sentido arcano? ¿Y por qué no? ¿Una sacerdotisa con aura de santa se deja seducir por el mal(o)? ¡Pues claro! ¿El fin del mundo? ¿Gladiadores en la arena? ¿La muerte de los dioses? ¿Un kender visitando los infiernos? ¿Caramon por fin usando su cerebro? Como dicen los anglohablantes, the sky's the limit!
Pero no divaguemos. El argumento a simple vista podría parecer muy manido: tras la Guerra de la Lanza, que quedó cerrada con las Crónicas, Raistlin, convertido ahora en el mago más poderoso del mundo, no se conforma con eso y quiere más: convertirse en dios. Para ello tiene que derrotar a los demás dioses y liquidarlos, empezando por Takhisis, la Reina de la Oscuridad. Si quiere acceder al Abismo donde ella mora, necesita la cooperación de un clérigo al servicio de Paladine, el dios del Bien. Y aunque tal posibilidad se antoja muy remota en la mentalidad de quienes diseñaron este requisito, Raistlin encontrará la manera de hacerlo: seduciendo, en todos los aspectos en que puede seducirse a una persona, a la orgullosa sacerdotisa Crysania, para que le abra el camino al destino final.
Esta trama, que puede parecer muy cogida por los pelos, abre una trilogía que explora los temas antes tratados y que te mantiene en vilo a lo largo de los tres volúmenes (El Templo de Istar, La Guerra de los Enanos y El Umbral del Poder). No puede leerse sin haber leído antes las Crónicas porque comprender a los personajes y sus motivaciones es básico, y a éstos ya los conocimos en la trilogía anterior, salvo Crysania, que es nueva.
Que Raistlin es absolutamente fascinante no supone ninguna novedad, y es en esta historia, donde alcanza una degradación absoluta en el plano moral - de sociópata a psicópata, por resumirlo rápido y mal- empiezas a preguntarte, como Caramon, si realmente siempre fue una mala persona; o si lo volvieron malvado los sufrimientos, abusos y maltratos a los que fue sometido desde niño, la soledad, el rechazo y la incomprensión de los demás, los celos enfermizos a su hermano sano y atractivo; o simplemente es una persona desesperada a la que no le quedó nada más que la magia y cualquier siniestro objetivo que ésta le pudiese brindar para mantener su ego a flote. Indudable villano de esta historia, es imposible que no genere simpatía en el lector. Empatizamos con él porque sabemos de dónde viene y por lo que ha pasado, y acompañarlo en el cúmulo de horrores y despropósitos que va acumulando de forma intencionada y maquiavélica nos produce un dolor casi físico; porque es imposible no sentir compasión por él, a pesar de que no hay, prácticamente, acción suya que podamos defender o justificar; en la forma en que manipula y brutaliza la gente que está a su alrededor - particularmente la mujer que lo ama y el hermano que aún cree en él - para conseguir sus objetivos. Lo importante de esta historia, sin embargo, es que los autores no se rebajan a justificar al villano, o a elevarlo al rango de antihéroe, ni siquiera a establecer una falsa equivalencia entre él y otros personajes que, siendo también imperfectos, eligen otro camino muy diferente. Este camino doloroso tiene un agónico final cuando, en el último instante de su vida, Raistlin asume conciencia de lo que ha hecho - o más bien, de lo que está a punto de hacer - y usa sus últimas energías para deshacer, o impedir la consolidación, de su perverso plan. Y así el villano, mediante su espectacular sacrificio, se redime a sí mismo en un segundo, dejándonos a todos como si nos hubieran abofeteado la cara durante horas.
De la genialidad del personaje de Raistlin no tengo que convencer a nadie, pero, ¿qué decimos de los demás? Porque la evolución de Caramon también es espectacular. En las Crónicas lo conocimos como el gemelo guapo del mago, el guerrero comilón más tonto que pegarle pellizcos a los cristales, pero triunfante en la vida, en las amistades y en el amor; vamos, lo contrario que Raistlin. Muy cliché y poco interesante. En las Leyendas asistimos a su transformación, pasando por un arco brutal cuya clave es la lenta, pero segura, asunción de la conciencia de que su gemelo es una persona pervertida y perversa, condenable, y que nada podrá hacer para cambiarlo - mientras no quiera cambiar él mismo. Es también la rotura, también extremadamente dolorosa, de todos los vínculos que le unen a su hermano, vínculos que, ahora se da cuenta, siempre han tenido que ver con la dependencia física y el abuso emocional más que con el amor fraternal que debería haber existido. Y al romper esos vínculos encontrará, por fin, una razón para vivir por sí mismo.
Finalmente, romperé una lanza en favor de Crysania, ese tercer personaje tan denostado por considerarla, en la mayoría de reviews y debates de fans que he leído, como una mera extensión o instrumento de Raistlin, una dama en apuros, una mera herramienta usada, brutalizada y desechada. Considero que estas visiones son misóginas, y no se le aplicarían si su personaje hubiese sido masculino. Hace poco tuve que replicar a un lector que calificaba a Crysania de personaje absurdo, sin objetivos ni interés, añadido sólo para darle "salseo" a la historia. No es así en absoluto. Crysania es una sacerdotisa, y tiene un objetivo bien claro: redimir a Raistlin, salvarlo de la condenación a la que él mismo se arroja de buena gana. Y al principio, sus motivaciones son meramente egoístas: en su orgullo, la sacerdotisa quiere probar al mundo, a sus correligionarios y a su dios, que su fe lo puede todo, hasta salvar el alma de un condenado. Y accede a cooperar con él en visas de este objetivo: destruir a la diosa del mal y atraer al mago a la luz. Eventualmente se acaba enamorando de él - si es que no lo estaba ya desde casi el principio - pero no creo que sea correcto desechar al personaje simplemente porque además del orgullo religioso, ahora la guía el amor. No todos los personajes femeninos han de ser guerreras valientes o mágicas criaturas. Crysania es el símbolo de una Iglesia orgullosa que en aras del bien cree poder conseguir cualquier cosa, ciega en cuanto a su autocomplacencia; y luego, ya enamorada, cree que el amor hará lo que la mera fe o la aparente bondad no han conseguido. Los autores le conceden un giro magistral al verse confrontada con su propia hipocresía. Utilizada, torturada y abandonada por el hombre que ama y al que creía que iba a salvar, Crysania llega al final de la historia siendo consciente de su propio orgullo y vacuidad. Lejos de castigarla y liquidarla por sus errores, o de convertir su ejemplo en una historia machista - "es tu culpa por enamorarte del malo" - los autores le concederán una segunda oportunidad, y como a Caramon, la paz interior.
No digo nada de Tasslehoff, quien en realidad es la clave de que los acontecimientos den no uno, sino varios giros inesperados - cual mariposa que aletea en plena teoría del caos - porque él se defiende solo, no le hago falta para nada. Y tras este devastador final sólo queda secarse las lágrimas, sorberse los mocos y seguir adelante. Porque hay más, por suerte - o por desgracia, si eres de los que opinan que los autores lo deberían haber dejado aquí. Yo por mi parte, no tengo suficiente ración de magos sociópatas y ambiguos. Me voy a los orígenes del mal, a leer la Forja de un Túnica Negra, en aras de aburriros con otra interminable review. Gracias por vuestra atención.