Cuando mi padre me preguntó qué estaba leyendo, le enseñé este libro. Vio el título y este inmediatamente captó su interés.
"Déjamelo cuando lo termines."
"No sé si te va a gustar", le contesté.
No porque el libro fuera malo, en absoluto. Simplemente, el título puede dar lugar a malentendidos y equívocos. Es evidente que los lectores españoles no saben quién es Sanmao. Pues la noción de la existencia de un libro sobre en español sobre el Sáhara en la década de los 70 solo puede significar una cosa: la Marcha Verde, la Legión, Marruecos, el Acuerdo Tripartito. En cierto sentido, se puede entender por qué la gente espera un ensayo o una crónica sobre dichos sucesos.
Historia.
El libro no va en absoluto de nada de eso.
Sí, algo cuenta, pero no es lo principal.
Muestra lo cotidiano, lo costumbrista, el choque de culturas desde una perspectiva muy cercana, llana y terrenal, aunque con una mentalidad no menos extraordinaria. Estamos hablando de Sanmao, una mujer china casada con un español en la capital del Sáhara, El Aaiún. Es difícil encontrar una mezcla tan variopinta y con tantos contrastes, pero funciona.
La autora viene de la otra punta del mundo, de China. Un país que no ha sido conocido precisamente por su apertura al mundo durante el transcurrir de los siglos. Es una china que explora, que siente curiosidad, que hasta el más nimio detalle puede llamar su atención y servir como un escalón más en la compresión del ser humano y de la vida.
En el momento en que se viven las experiencias en el Sáhara, la cultura occidental ya no le es tan extraña, después de años y años viviendo en países europeos. Pero el norte de África seguía siendo por entonces una incógnita para mucha gente (supongo que las cosas no habrán cambiado tanto a día de hoy).
Al inicio del libro hay un prólogo sobre la experiencia para traducir y publicar este libro en España por parte de la editorial. No fue cosa fácil, lo que resulta llamativo, debido a la proximidad que la propia autora tenía hacia nuestro propio país. Es un misterio que haya pasado tanto tiempo desde que el primer manuscrito se escribió. Posteriormente aparece una carta de la propia autora, donde avistamos un poco de su propia personalidad. Es emotiva la humildad con la que se dirige a sus lectores y seguidores. Era una mujer con los pies muy en la tierra, que aún buscaba su propia respuesta y su propia paz de espíritu.
Al final del libro disponemos de algunas fotografías de Sanmao en el desierto, bien en solitario, bien con su marido José María. De vez en cuando las hojeaba durante mi lectura, pues no se puede negar que esos paisajes y objetos y personas son un buen método para sumergirte en las experiencias que va relatando.
Los capítulos no están ordenados de manera cronológica. Cada uno de ellos son como un pequeño cuento que escoge como protagonista un determinado tema. Puede ser una cámara de fotos o una boda o unos baños públicos o un colgante que la autora encontró delante de su casa. Por eso mismo, muchos episodios se solapan unos con otros, y encontramos repeticiones y coincidencias de sucesos.
El estilo de Sanmao es muy simple y fácil de seguir. La gran humanidad que muestra hacia el género humano en general es admirable y muy valiente. Eso no significa que a la autora le guste y acepte todo lo que oye o ve. Sin embargo, ella es consciente de que lo mismo ocurre cuando una persona la observa y juzga sus propias costumbres. Todo aporta un sentimiento increíblemente liberador, que traspasa las páginas y se transmite al lector. Hay tantas cosas que no comprendemos del mundo, y, sin embargo, ahí siguen, en lo bueno y en lo malo, transformándose con el tiempo.
La vida de Sanmao en el Sáhara no es un camino de rosas. Ella y José María no son precisamente ricos, y en la época y lugar en que se encuentran, tienen que renunciar a muchas comodidades y aprender a vivir con la escasez (o ausencia) de todo, o de casi todo. Te hace empezar a apreciar las pequeñas cosas y a valorar lo realmente importante.
También hay momentos especialmente peligrosos, de esos que te hacen pensar que no verás ningún mañana. Adrenalina pura, no apta para cardíacos.
Otros instantes son realmente divertidos, yo misma rompí a carcajadas en más de una ocasión.
Sin embargo, es importante resaltar Sanmao no es la Indiana Jones asiática. Ella no se embarca a la aventura con el fin de vivir emociones extremas. Más bien busca expandir sus horizontes, contestar a una llamada en su interior que la insta a seguir caminando, a llenar ese vacío y esa soledad que es inherente al ser humano, y con la que ella busca aprender a convivir.
Viajando, conociendo, y aprendiendo.
Manteniendo viva esa capacidad de asombro que muchas veces se nos muere en la infancia.