A finales de la década de los 70, mientras George Lucas filmaba La guerra de las galaxias (1977) en los Estudios Shepperton de Inglaterra, Terry Gilliam se encontraba ahí mismo trabajando en su ópera prima en solitario Jabberwocky (1977). Ambas producciones compartían parte del equipo técnico y usaban playeras con los logotipos de las dos películas; el crew se mostraba emocionado de la majestuosidad del filme de Gilliam y un tanto confundido con la propuesta de Lucas.
Cuando las obras salieron a la luz, dice Gilliam, las playeras de Jabberwocky desaparecieron y las de Star Wars rebrotaron, quedándose para siempre impregnadas en la cultura pop. Sería solo el principio de una filmografía rebosante de imaginación y barroquismo, no siempre bien apreciada por la audiencia voluble.
Heredero de la tradición de Georges Méliès, Terry Gilliam comenzó como ilustrador y caricaturista hasta que un día se encontró con John Cleese y la locura Monty Python, donde dirigiría junto a Terry Jones la estrambótica Monty Python and the Holy Grail (1975).
Influenciado por la literatura de Lewis Carroll y la pintura de Gustave Doré, Gilliam (un norteamericano que disfruta que lo ubiquen como británico), encontraría una personalísima voz propia, con un estilo estético inconfundible, entregando con los años películas tan fascinantes como la bizarra Time Bandits (1981), la distópica Brazil (1985), la descomunal Las aventuras del barón Munchausen (1989), la sencilla Pescador de ilusiones (1991), la inquietante Doce monos (1995) y la lisérgica Fear and Loathing in Las Vegas (1998), basada en el libro de Hunter S. Thompson.
En el volumen Gilliam por Gilliam (El cuenco de plata, 2022), el historiador y crítico Ian Christie presenta una detallada conversación con el cineasta, donde diseccionan tópicos que van de la infancia y el amor por la magia en Minnesota, pasando por los primeros trabajos como animador, los rodajes caóticos, el éxito inesperado, hasta los proyectos inconclusos y las obsesiones que lo atormentan, con una honestidad que se disfruta.
Terry Gilliam habla sin tapujos sobre la industria voraz y la hipocresía de los estudios; explica cómo hacer rendir el presupuesto y levantar la cara ante producciones embrolladas que apuntan al fracaso comercial, pero que después de todo, valen la pena, dando satisfacción artística.
En los estantes de películas de las principales cinetecas del mundo, Gilliam se codea con apellidos tan grandes como Bresson, Herzog, Lynch, Pasolini o Truffaut. ¿En verdad es un genio, un artesano capaz de crear mundos propios o es solo un humorista que disfruta de la anarquía, acusado además, de ser un director que pone más atención en la forma que en el fondo?
El libro de Ian Christie (parte de una colección con entrevistas a cineastas como Cronenberg, Burton o Scorsese, entre otros) solo llega hasta la producción de Pánico y locura en Las Vegas, por lo queda fuera ese otro segmento de la obra de Gilliam, con títulos tan infravalorados como Tideland (2005), The Imaginarium of Doctor Parnassus (2009), The Zero Theorem (2013) y la tan anhelada El hombre que mató a Don Quijote (2018), que luego de varios problemas de producción y ocho intentos de rodaje fallidos, llegó al Festival de Cannes de 2018.
Texto imprescindible (318 páginas) para ahondar en la imaginación del director, Gilliam por Gilliam ofrece líneas inolvidables, como aquellas donde Terry platica cómo, ante el desorden (producción que vivió siempre al borde del abismo) en el set de Las aventuras del barón Munchausen, él disfrutaba de la belleza de la luz filtrándose entre los pinos del legendario estudio Cinecittà, en Roma.
Gilliam narra una charla con el creador de Star Wars: “Conversé un rato con George Lucas en su Rancho Skywalker luego de Brazil, y descubrí que él realmente piensa que Darth Vader es diabólico. Le discutí que no, que es solo el tipo malo de sombrero oscuro que ves acercarse a miles de kilómetros. Diabólico es Mike Palin en Brazil: tu mejor amigo, el hombre simpático de familia que por ambición profesional te torturará y te hará cosas horribles. Nunca sabes de donde viene el diablo. Los suyos son villanos de Disney, ideales para divertirse. Pero yo quiero mostrar el otro lado del asunto”.