Segundo libro del Corto Maltés. Si bien formalmente se trata de un álbum conformado por seis historias cortas (ambientadas en los años 1916 y 1917) que perfectamente funcionan en solitario, está claro que se alimentan unas a otras y se enriquecen si las leemos como una única unidad. De hecho, hay un hilo conductor y personajes que atraviesan el libro de principio a fin.
Todas las virtudes que mencionaba en la reseña de "La Balada del Mar Salado" están acá presentes, y hasta incluso hay en "Bajo el Signo de Capricornio" una mayor cohesión narrativa, a pesar de su estructura fragmentada.
Hay dos cuestiones que me parecen especialmente brillantes: por un lado, la construcción de la personalidad del Corto Maltés. Al Corto lo vamos conociendo no tanto por lo que dice de sí mismo, sino que Pratt casi que en todo momento delega en los personajes secundarios esa tarea. Vemos y conocemos al Corto a partir de los ojos de sus amigos y compañeros de aventura, y esa construcción se va haciendo de una forma muy sutil a medida que avanzan las páginas.
Por otro lado, el mundo (con sus océanos e infinidad de islas), aparece como un lugar diminuto, que puede recorrerse en lo que dura un viaje en el 104. Un día el Corto puede estar en algún mar africano, y a la página siguiente llega a las aguas del río Amazonas. En cada lugar que visita, así sea en el rincón más perdido del planeta, habrá un amigo, conocido, o al menos alguien que conoce la leyenda del Corto, lo que ayuda a reforzar esa idea de que el mundo es un pañuelo. Algo que claramente juega a favor del espíritu exploratorio y aventurero que caracteriza a la saga del Corto Maltés.
Los trazos de Pratt siguen siendo una maravilla y, a diferencia de lo que sucedía en "La Balada...", aquí sí ya tenemos plenamente configurada la clásica imagen inconfundible del Corto.