En esta historia nos trasladamos a Estados Unidos a finales de los años sesenta, donde todavía no empezaba la liberación femenina, por lo mismo imaginen lo audaces que se veían nuestras tres protagonistas estudiando medicina en una escuela que era exclusivamente para varones, ya que tan solo en su curso eran cinco mujeres, pero por diferentes causas solo ellas tres terminan la carrera. En ellas vamos a ver las diferentes causas por las cuales decidieron esa carrera (de eso hablaremos más adelante), las luchas a las que se van enfrentando no solo en la escuela, sino en las prácticas y la vida misma. Y es que vamos a ver todo lo que viven desde que empiezan a cursar hasta los años ochenta.
Vamos a ver como a pesar de los pocos pronósticos que se esperaban de ellas, logran no solo graduarse con excelentes promedios, sino hacer todo aquello que se propusieron, desde irse a Kenia a ayudar hasta abrir sus propios consultorios. Y que gracias a estas locas (y las que le antecedieron), van inspirando a más mujeres, porque pasan los años y vamos a ver como hay más mujeres queriendo estudiar esas carreras que se veían exclusivas para los hombres. Esta historia es un claro ejemplo que no importa que tan difícil es el camino, va a haber no solo buenos resultados, sino que siempre hay alguien mirándonos, siempre estamos inspirando a alguien.
Algo que me encanta de esta historia es la amistad que mantienen nuestras tres protagonistas; Sondra, Ruth y Mickey, que aparentemente son tan diferentes entre sí, pero el lazo que hacen en la escuela es tan grande, que se sigue fortaleciendo con los años. Porque a pesar de que no pueden verse tan seguido, la comunicación no se corta. Que importante es leer historias así, sobre todo con esto del ocho de marzo, donde como mujeres aún tenemos mucho que trabajar. Tenemos que dejar de vernos como enemigas, tenemos que trabajar en las envidias y en ser amigas auténticas. Porque el gritar: ¡hermana! En estos días, no significa nada cuando el resto del año el comportamiento es cuestionable.
Un tema que maneja Bárbara es el de la ética. Y antes de proseguir con el tema, hay que dejar algo en claro: que alguien sea religioso, no significa que su moral sea buena. Que sea un doctor, no significa que sea ético. Recalco esto último, porque siento que a veces se nos olvida, y no los cuestionamos para nada. Y es que aquí vamos a ver todos los sacrificios que realizan ellas no solo en la escuela, sino también en sus prácticas, pero junto con su vida privada, lo duro que puede ser, como con el tiempo ves que el dinero mueve más que el talento (hay cierta escena con un doctor poco ético), y yo pienso que lo más difícil de todo; ¿Cómo checar las constantes vitales de la vida?
La narración: la novela está dividida en seis partes, y está narrada en tercera persona. Los capítulos son largos, pero la escritura de Bárbara es simple, en el sentido de que no te da descripciones innecesarias, y como vamos a estar viendo la vida de las tres por separado, siempre vamos a querer seguir leyendo para saber que va a pasar después.
Mis respetos para la narrativa, porque en serio se nota que la autora investigó, e investigó muy bien, desde los hospitales, las salas de quirófano, enfermedades. Y a la par nos trae una excelente ambientación, puesto que realmente sientes que estás por los pasillos del hospital, en los campos de Kenia, todo.
En cuanto a la redacción no tuve ningún problema, los cambios de escenas estuvieron muy bien manejados, al igual que los saltos temporales.
Los personajes: algo que siempre le voy a aplaudir a Bárbara y de pie; es la manera en la que crea a los personajes. Los sientes tan reales, que casi quieres entrar y abrazarlos en los momentos más duros, en sus momentos de bajón. Y luego recuerdas que son ficticios… empecemos a hablar de nuestras queridas chicas:
“Sondra Mallone, que había vivido los veintidós años de su existencia tierra adentro en Arizona, envió instancias de admisión a diversas escuelas de medicina situadas cerca del agua: un océano o bien un río que serpenteara hasta perderse de vista en el horizonte y le recordara sin cesar que al otro lado había otra tierra, aquella tierra llena de desconocidos con sus propias costumbres y formas de vida que siempre la atrajo desde que era niña. Algún día, cuando terminara los estudios y estuviera en posesión del título, se iría allí y conocería el mundo…”.
Sondra es todo lo que está bien, es una green flag andante. Excelente amiga y una aguerrida doctora. Una chica que viene de una familia importante del estado de Arizona, siendo de tez mucho más oscura, siempre supo que era adoptada, que alguno de sus padres fue negro, y que la razón por la cual sus padres adoptivos ocultaron su leve racismo era porque estaba en auge los derechos civiles y al ser miembros de la política, les caía de perlas. Al sentirse fuera de lugar, Sondra siempre se propuso estudiar medicina para viajar a África, al lugar de sus orígenes, para ir a ayudar a cualquiera que lo necesite. Es en la vida de ella donde nos trasladamos a Kenia, en aquellos lugares olvidados donde se verá retada día tras día.
“Pero lo que le había dicho, no era justo. Él jamás les hablaba en aquel tono a Joshua o a Max, nunca los desanimaba. Incluso la pequeña Judith, la menor, era alentada a menudo por su padre a soñar con la luna. ¿Por qué siempre yo? ¿Por qué no puedes quererme a mí?”.
Ruth Shapiro. A lo largo de los años que vivamos junto a esta mujer, sabrán lo que es el dolor (por ella) y odio (por su padre) más intensos que se puedan imaginar. Porque desde que lo empiezas hasta que lo acabas, quieres entrar a abrazarla, protegerla y decirle que no había nada malo en ella, que el problema no era ella.
Aquí tenemos a una mujer que el principal fallo que tuvo para su padre fue ser la primogénita y nacer mujer. Donde todos los halagos, todas las complacencias se los llevaron sus hermanos menores, sobre todo la hermana menor. No importa lo que hiciera esta chica, nunca era suficiente: desde ganar el tercer lugar a los diez años en una carrera escolar (porque Ruthie, ¿no pudiste esforzarte más?) hasta estudiar medicina. Su padre no cree que lo pueda hacer, se lo dice constantemente, siempre va a haber un pero para con ella, hasta tal punto que Ruth va a tener pensamientos bastante misándricos. Sin duda un personaje real y muy bien hecho. Mi favorito en mucho tiempo.
“El aquel momento se apartó del rostro la sedosa cortina de cabello rubio, destapó un frasco y empezó el ritual. Al terminar, Mickey Long volvió a cubrir las mejillas con el cabello y se aplicó un toque de Laguna Peach de Revlon en los labios. Le gustaba el maquillaje y le hubiera encantado ponerse atrevidos coloretes como hacían las demás chicas, pero ella no podía llamar la atención”.
Y se llegó el momento de hablar de Mickey, nuestra chica más introvertida, pero que se debe al complejo que va cargando. En los primeros capítulos la vamos viendo siempre con el cabello suelto tapándole la cara, roja como un tomate si la mirabas fijamente, y un exceso uso de maquillaje para tapar algo que resaltaba más con el uso… cuando nació le apareció una mancha en su cara que empezó a crecer, y al pasar por varios médicos y dolorosos experimentos la cosa empeoró. Lo milagroso es que en los primeros meses en la escuela, un médico le sugiere un tratamiento que está en experimentación y lo logra, dándole una nueva vida a Mickey. Por lo mismo ella decide especializarse en cirugía estética, para ayudar a más personas que atravesaron lo que ella vivió (desde las burlas en las escuelas, el repudio de los hombres, los comentarios crueles por parte de las mujeres), no importa cuánto sacrifique; siente que está en deuda con la vida por ese volver a nacer que le dio el doctor. Y créanme, va a haber sacrificios, pero al final estás orgullosa de ella.
Corrección, de las tres:
Sondra por su labor en África.
Ruth por su clínica especializada en métodos de fecundación.
Mickey por convertirse en una famosa cirujana plástica.
Por cierto, el final es abierto, pero esperanzador…