Sin duda, uno de los mejores autores para saborear lo que realmente es el Arte. A partir de una urdimbre donde se da cita la antropología, la psicología, la estética o la literatura, Didi-Huberman nos interroga sobre el deseo de las obras de arte y su reflejo en nuestras (oscuras) intenciones humanas.
Como todos sus ensayos, siempre en diálogo con historiadores del arte de la talla de Mitchell, Belting, Debray o Warburg, Didi-Huberman pone en crisis los cimientos capitalistas y academicistas del arte, transgrediendo los relatos sentimentaloides y escolares. El autor hace política y propugna una ética existencial, de hecho. ¿Requisitos? Estar familiarizado, previamente, con Nietzsche y Hegel, con Schopenhauer y Freud, con Heidegger y Lacan, con Deleuze y Derrida, con Shostakovich y Lachenmann, con Quignard y Bernhardt, con Celan o... más fácil. Estar dispuesto a posicionarse en una situación de carencia y de falta. Eso, nada menos, es lo que nos demanda el Arte.
Mediante un discurso que es de por sí "artístico", ofreciéndonos una circumnavegación por los límites de la lógica y de las clasificaciones formalistas de pacotilla, se pone en evidencia que, precisamente, el arte habita los lugares que los discursos científicos e historicistas no pueden sondear. Son los intersticios inconscientes de lo que no puede ser expresado de otra forma, sino a través de la música, la poesía o las artes plásticas, lo que constituye el mensaje inmanente -y trascendente- del arte. Y eso es lo que, en bandeja, nos ofrece el autor.
Tras leer este tipo de ensayos uno se da cuenta de lo renqueante que la historia del arte se encuentra a nivel de institutos, universidades y publicaciones.