Empecé a leer esta novela sin expectativas concretas, pero Cristian Perfumo, tuvo la habilidad de agarrarme por el cuello desde la primera página y no soltarme hasta el final. La historia arranca con un cadáver congelado encontrado en el glaciar Viedma, en la lejana Patagonia, y en paralelo, el protagonista, Julián, que es un tipo normal de Barcelona, hereda, de un tío, una casa en un rincón perdido, en el pueblo de El Chaltén, en La Patagonia, también. Hasta aquí, todo parece un trámite: va, la vende y listo. Pero no, este lugar remoto guarda secretos familiares que lo hacen cuestionarse todo sobre su vida y sobre quién era su tío, un hombre del que desconocía su existencia. Y ahí empieza el lío.
La mayoría de la trama se desarrolla en La Patagonia, pero Perfumo no te describe los paisajes; te mete ahí. Mientras leía, casi podía sentir el frío y el viento que te corta la cara. El glaciar no es solo un paisaje bonito para poner de fondo, sino un personaje en sí mismo que suma a la historia, imponente, misterioso y lleno de peligros.
Y luego está Julián, que me gustó porque no es un héroe de manual. Es un tipo corriente, perdido, que solo quiere saber que ocurre, con el que conseguí conectar muy rápido. A medida que se metía más y más en el misterio, me preguntaba cómo hubiera reaccionado yo en su lugar.
Por otro lado, Perfumo sabe cómo dosificar la intriga. Justo cuando creía que ya lo tenia resuelto, te lanza un giro que te deja en shock. Los capítulos son cortos y rápidos, así que es de esos libros que te dices: “Solo uno más”, y acabas a las tres de la mañana con los ojos como platos.
Más allá del “quién mató a quién”, la historia tiene peso emocional. Habla de secretos familiares, de lo que hacemos por protegerlos y de cómo el pasado nunca se queda enterrado del todo, aunque esté congelado bajo toneladas de hielo. Además, ese contraste entre el aislamiento de la Patagonia y la conexión humana me pareció brutal.
Perfumo no solo te cuenta una buena historia; te lleva de viaje. ¿Qué más puedes pedir?