Una extraña e idiosincrática colección de cuentos que ostensiblemente están fundamentados en relatos afro-cubanos que escuchó y recreó Lydia Cabrera (1900-1991), quien entreteja su vena y curiosidad etnográfica con su creatividad literaria.
Algunos cuentos, los más cercanos al sincretismo entre las religiones africanas y el catolicismo y mitos africanos, me resultaron incomprehensibles y sólo me queda responder a la riqueza sonora y metafórica de los textos. En muchos relatos aparecen deidades como Changó , Ochún, Yemayá, Orula -que los esclavos disfrazaban de santos y vírgenes como Santa Bárbara, La Virgen de la Caridad del Cobre, Nuestra Señora de Regla para evitar la represión-, versos y frases en idiomas africanos como el lucumí que se entretejen con un Castellano, tanto culto como popular cubano. A veces Cabrera traduce estos fragmentos, a veces en una escueta o sugerente nota al pie, pero a veces nos las deja extraña, brillante y misteriosamente incrustada en el texto.
Otros cuentos son más folklóricos, cuentos populares en que los animales hablan y se comportan como humanos o semidioses, cuentos que a veces apuntalan mitos sobre por qué hay gente blanca y gente negra, o por qué la tortuga tiene concha y tiene arrugas de viejo. Son cuentos que saltan del humor a lo trágico, de la seducción a los amoríos lícitos y no lícitos, a la violencia, de la luna y los ríos a tenebrosas figuras en pozos, del pueblo a figuras de autoridad que a veces corresponden a reyes africanos otras a oficiales y autoridades de origen colonial.
Encontré cuentos que me resultaron de dos, tres o cuatro estrellas, me encontré con un libro que estuve a punto de abandonar como a la tercera parte, pero que fue subiendo en mi estimación por su imaginación, su delirio, su otredad, y su asombrosa riqueza poética.
En la edición que leí (Icaria) se incluye un prólogo imperdible de Rosario Hiriart.