Excelente análisis holístico en el que Marvin Harris, utilizando un método de análisis que prima el movimiento de la economía y los cambios en la composición de la fuerza de trabajo, analiza los cambios dados en la cultura estadounidense en los últimos estertores de la Guerra Fría. Dada la inserción de España en el Imperio estadounidense, considero el análisis de semejantes movimientos útil en tanto que Estados Unidos "marca el ritmo" de las sociedades políticas en su órbita y, por ello, la realidad estadounidense, aunque no completamente extrapolable, ayuda a entender incluso los cambios que se han producido en España durante las últimas décadas.
El libro toca numerosos procesos, aparentemente inconexos, pero los cuales aparecen hilados por Harris en una magnifica cadena causal. El libro está escrito contra diversos grupos: aquellos que achacan los cambios culturales de Estados Unidos a una pérdida de los tradicionales valores del puritanismo y la ética protestante, relacionada con el capitalismo, el trabajo y el ahorro; contra la nueva ola neomalthusiana que ve una suerte de apocalipsis ecológico ya prefigurado en el malestar de los 80, contra aquellos cuya solución es dar manga ancha para que las empresas privadas hagan lo que les de la gana, y contra los que ven en el simple aumento de la participación del Estado en la economía como una solución.
Harris abunda, a la hora de argumentar, en la división del trabajo que supone la industrialización, el paso de una economía basada en la producción de bienes a una que se encarga de producir servicios y tratar información, pero igualmente industrializada, sometida a una fuerte división y automatización del trabajo (oponiéndose frontalmente a la tesis de la "sociedad posindustrial" de Daniel Bell, que tanto ruido ha hecho), así como a progresivos avances técnicos que aumentan la alienación del trabajador con respecto del producto y sus consumidores. Critica la tendencia de la empresa privada al oligopolio, resaltando que resultan incluso más burocráticas e ineficientes que el propio sector público (a diferencia de los liberales a los que Harris se opone), pero sin también a la propia burocracia estatal, destacando el despilfarro que, aun así, termina por ser sufragado (aunque señala que, de no tratarse de una economía de servicios, podría ser la cosa de otra forma). Así se explica el descenso de calidad de los productos estadounidenses, la falta de formación y disposición de sus trabajadores, así como la inflación desatada en el país.
Más interesantes, por heterodoxos, resultan las explicaciones de Harris sobre el auge del feminismo, la homosexualidad y las sectas en Estados Unidos, como fenómenos ligados a los puntos anteriormente citados. El feminismo sería visto como una consecuencia, y no a la inversa, de la liberación de la mujer del hogar a la fuerza de trabajo, empujada por necesidad de un salario adicional a trabajos temporales y precarios, necesitando de un movimiento que le permita alcanzar una igualdad de condiciones a sus homólogos varones. Dado el decaimiento del imperativo marital, la homosexualidad habría ido en auge. El auge de las sectas sería, a su vez, síntoma de una sociedad cada vez más desesperada por cubrir sus necesidades materiales, tornándose así hacia soluciones de cariz aparentemente ultraterreno.
Pese a que la parte expositiva y de análisis, pese a algunos "triples", me ha parecido interesante y de gran potencia explicativa, Harris yerra el tiro a la hora de proponer soluciones. Su solución se basa en una, a mi parecer inviable, reversión de la centralización, centrándose en la promoción de un combo de pequeños productores y energías renovables. A decir verdad, me cuesta no ver un principio "anarquizante" de fondo en la solución de Harris, quizás acorde con la fe que aparentemente profesa en el "sueño americano" (de inspiración liberal), así como una suerte de idealización de la pequeña comunidad y las relaciones entre sus integrantes, las cuales dice que son más auténticas y humanas. No puede sino recordarme a cierta "nostalgia de la Barbarie", muy frecuente en el gremio de los antropólogos, al que Harris pertenece.