Terminaste tu segundo año de secundaria y alguien decidió por ti que “no encajabas”, que necesitabas “mano dura” o, simplemente, no te quisieron ver más ni en tu casa, ni en tu colegio anterior ni en ningún otro. Es tu primer día en una academia militar donde te han mandado para hacer de ti “un hombre”. “Porque un poco de disciplina es lo que le conviene a este muchacho”, dijeron. “Disciplina, moralidad, trabajo.” Ese es el lema del colegio. No, no estoy inventando nada. El colegio existe y tiene su propia página web si no me crees.
Ven. Acompáñame y atraviesa conmigo estas puertas. Principios de la década de 1950. Una encapotada mañana del último día de verano. Lo primero que sientes es un golpe: el aire huele a humedad, sudor y autoridad. Los pasillos, oscuros y estrechos, parecen estar al acecho de cualquier debilidad. Porque los veteranos, al igual que los perros, huelen el miedo. En las paredes, las sombras de los cadetes que han pasado por aquí susurran historias de humillación, lealtad y rebeldía. Y entonces, justo cuando piensas que, quizá, podrías llegar a acostumbrarte, escuchas los ladridos. No de perros reales, sino de los "perros" que dan nombre a esta novela: los muchachos que intentan sobrevivir en un sistema que los despoja de su humanidad. Los cadetes de tercero. Tu curso.
Bienvenidos al Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima, Perú.
Así que, vayamos al lío. ¿Sabes esos libros que no solo cuentan una historia, sino que te arrancan de la silla, te sacuden y te dejan con mil preguntas? La ciudad y los perros es uno de ellos. Porque, en su primera novela, Vargas Llosa crea un campo de batalla emocional y narrativo capaz de transformar al lector. Pero cuidado, que aquí no te dan mapas ni te guían de la mano. Este libro te lanza directo al caos y te obliga a orientarte, a conectar los puntos, a escuchar los ecos de cada ladrido.
Vargas Llosa disecciona el Leoncio Prado como un cirujano, exponiendo sus vísceras: un microcosmos de jerarquías, violencias y contradicciones. Un lugar donde la disciplina militar no es más que una excusa para perpetuar el abuso y donde las reglas no escritas tienen más peso que las oficiales.
Y aquí es donde Llosa te sorprende. Empiezas pensando que tienes un típico “protagonista”, y antes de que te des cuenta, estás perdido en las vidas de varios personajes que parecen tan reales como tú y yo. Porque este es el escenario donde el Jaguar, el Poeta, el Esclavo, Cava o el Boa viven y luchan, no solo contra el sistema, sino también contra sí mismos… y contra los demás.
El Jaguar es el alfa del grupo, un líder que impone respeto con su silencio y su fuerza. Pero bajo esa fachada de acero, hay un chico que teme mostrar cualquier grieta en su armadura. El Poeta, en cambio, busca refugio en las palabras. Sus escritos son un escudo en un mundo donde la sensibilidad se paga cara. Y el Esclavo… El Esclavo te rompe el corazón. Es la víctima de un sistema que no tiene piedad para los débiles.
Y luego está Teresa, claro. ¡Hay que hablar de Teresa! Ella no pertenece al Leoncio Prado, pero su presencia es un recordatorio de que hay un mundo fuera de esos muros, un mundo que parece más libre pero que está igual de lleno de reglas y expectativas. Teresa es una figura ambigua, atrapada entre el deseo y la independencia, entre ser una proyección de las inseguridades masculinas y alguien que se niega a ser definida por ellas. ¿Es un consuelo? ¿Es un motivo de ruptura? Llosa no te da la respuesta, y eso es lo que la hace tan intrigante.
Pero lo que más me fascina de esta novela es su estructura. Llosa no te cuenta la historia en línea recta; te lanza pedazos de un rompecabezas. Bebiendo de claras influencias de Faulkner, cambia de perspectiva, de narrador, salta en el tiempo, te obliga a unir las piezas. Y, cuando lo consigues, el resultado es devastador. Es como si la historia cobrara vida de golpe, llena de matices que antes no veías, y dices, ¡claro!
¿Y la prosa? Uf, la prosa. La prosa de Vargas Llosa es un cuchillo. Precisa, sin florituras, pero con una intensidad que te deja sin aliento. Cada palabra parece calculada para herir, para hacerte sentir el peso de cada escena.
Podrías pensar que esta novela es ‘solo’ una crítica al sistema militar. Y lo es, pero también es mucho más. Llosa habla de cómo las estructuras de poder deforman a las personas, de cómo el concepto de virilidad se convierte en una herramienta de opresión y deshumanización, un ideal vacío que exige sumisión y elimina cualquier forma de vulnerabilidad o empatía, de cómo la violencia se perpetúa y de cómo, sin embargo, incluso en las peores circunstancias, siempre hay espacio para la dignidad y la resistencia. Y aquí es donde Llosa te da el golpe final: te hace mirar al sistema, sí, pero también te obliga a mirar dentro de ti. ¿Somos cómplices? ¿Somos capaces de romper el ciclo?
Porque este libro trasciende la lectura; es una experiencia. Hay novelas que disfrutas, novelas que olvidas y novelas que te persiguen. La ciudad y los perros pertenece a esta última categoría. Es incómoda, desafiante, cruda. Pero también es, en mi opinión, una de las obras más importantes del siglo XX.
Así que hazme un favor: entra en el Leoncio Prado. Enfréntate a los ladridos, a las sombras, a los silencios que gritan más fuerte que las palabras. Y luego ven, si es que sobrevives, y dime: ¿qué aprendiste con este libro?