CECILIA VALDÉS de CIRILO VILLAVERDE es una novela muy interesante para adentrarse en la Cuba colonial de la primera mitad del XIX (hacia 1830). Nos presenta personajes extraídos de todas las capas sociales: el esclavo (Aponte) que conduce el quitrín del niñato protagonista: el criollo Leonardo Gamboa. Este es un joven de 21 años, estudiante calavera, rico derrochador de la fortuna de su padre (don Cándido). Dicho entre paréntesis esta fortuna conseguida a base del tráfico de esclavos: plagiando negros en las costas de África. También tenemos a la bigotuda Isabel, rica y enamorada de Leonardo. Pero el personaje que da título a la novela, Cecilia Valdés, es una joven mulata de padre desconocido (se descubrirá quién es más adelante), bellísima y encaprichada de Leonardito. Finalmente está José Dolores Pimienta, el músico mulato enamorado de Cecilia y celoso de los avances de Leonardo. Tenemos, por tanto, no un triángulo amoroso, sino un cuadrado. El conflicto no puede evitar estallar.
Extraígo un elocuente párrafo que describe nítidamente dicho conflicto y de paso se puede valorar el estilo de Don Cirilo: «…séannos permitidas algunas reflexiones. ¿A qué aspiraba Cecilia al cultivar relaciones amorosas con Leonardo Gamboa? El era un joven blanco, de familia rica, emparentado con las primeras de La Habana, que estudiaba para abogado y que, en caso de contraer matrimonio, no sería ciertamente con una muchacha de la clase baja, cuyo apellido sólo bastaba para indicar lo oscuro de su origen, y cuya sangre mezclada se descubría en su cabello ondeado y en el color bronceado de su rostro. Su belleza incomparable era, pues, una cualidad relativa, la única quizás con que contaba para triunfar sobre el corazón de los hombres; mas eso no constituía título abonado para salir ella de la esfera en que había nacido y elevarse a aquélla en que giraban los blancos de un país de esclavos. Tal vez otras menos lindas que ella y de sangre más mezclada, se rozaban en aquella época con lo más granado de la sociedad habanera, y aún llevaban títulos de nobleza; pero éstas o disimulaban su oscuro origen o habían nacido y se habían criado en la abundancia; y ya se sabe que el oro purifica la sangre más turbia y cubre los mayores defectos, así físicos como morales. Pero estas reflexiones, por naturales que parezcan, estamos seguros que jamás ocuparon la mente de Cecilia. Amaba por un sentimiento espontáneo de su ardiente naturaleza y sólo veía en el joven blanco el amante tierno, superior por muchas cualidades a todos los de su clase, que podían aspirar a su corazón y a sus favores. A la sombra del blanco, por ilícita que fuese su unión, creía y esperaba Cecilia ascender siempre, salir de la humilde esfera en que había nacido, si no ella, sus hijos. Casada con un mulato, descendería en su propia estimación y en la de sus iguales: porque tales son las aberraciones de toda sociedad constituida como la cubana.» Como vemos, la crítica social y la denuncia de la esclavitud está presente en casi todo el texto, especialmente a partir de la segunda mitad.
El tono de melodrama folletinesco para mí forma parte de las virtudes del libro: le proporciona encanto e interés narrativo.
La novela tiene diálogos llenos de vida y verdad: destaco entre otros el capítulo que retrata la relación madre e hijo consentido y caprichoso (el XII de la primera parte). También encontramos el recurso expresivamente realista de hacer hablar a cada personaje según su extracción social y su propio registro lingüístico. Es todo un logro la imitación del habla de los esclavos con sus palabras deformadas y su acento característico y el contraste con el habla culta de los amos.
En la parte negativa destaco el exceso de descripciones detalladísimas de personajes, lugares, ropajes, etcétera que ocupan largas páginas de una novela ya de por sí demasiado larga para nuestros hábitos de lectura actuales (más de 600 páginas).
En resumen, todo un clásico digno de leerse con detenimiento y disfrute.