Cuando uno se aproxima a una novela de Enrique Vila-Matas debe tener claro, al menos, lo que no se va a encontrar: una línea argumental sencilla con personajes reconocibles que evolucionan a expensas de una serie de azares y circunstancias. Por el contrario, Vila-Matas suele transitar siempre los mismos caminos, y lejos de plantear rompecabezas inverosímiles de estrambótica resolución, se las ingenia para establecer una suerte de diálogo mudo con sus lectores acerca de la vida (o de su representación, para ser más exactos), de la manera en que la percibimos, del modo en que la sorteamos, o sencillamente de cómo la inventamos. Sus temas casi siempre giran sobre parecidos pivotes: la escritura del no en 'Bartleby y compañía', la desaparición en 'Doctor Pasavento' o sencillamente el fracaso, como sucede en 'Aire de Dylan' (Seix Barral, 2012). Aquí el narrador es invitado a un congreso en torno al fracaso, y a partir de ahí van surgiendo de manera aparentemente casual los temas, las ideas, los personajes, las reflexiones acerca de muchas cosas, pero sobre todo del hecho mismo de la escritura, su tema predilecto, o lo que es lo mismo, de la representación como eje angular del simple acto de vivir (de ahí que muchos de los capítulos incluyan el sustantivo ‘teatro’). En ese sentido, se confrontan diferentes maneras de entender no solo la literatura, sino la relación de esta con la vida, como en los diálogos que mantienen Vilnius, protagonista y cuyo parecido con Dylan justifica el título de la novela, y el crítico cinematográfico Max, o Vilnius y su propio padre, fallecido hace poco pero cuyos recuerdos y pensamientos invaden intermitentemente la mente del protagonista.
Como principal argumento, la novela, dentro de su peculiar estructura, va proponiendo diversos escenarios y jugando con situaciones que le permiten a Vila-Matas abordar los temas que realmente le interesan y que son comunes al conjunto de su obra: la literatura y la representación, la continuidad entre realidad-ficción-narración, la decadencia cultural actual, la impostura permanente… Y es en esos momentos cuando la novela se eleva de manera notable, como por ejemplo cuando el fallecido Lancastre, incrustado en la mente de su hijo, afirma:
“Cada vez soporto menos —imaginó que pensaba en aquel momento su padre, como hablando desde una de aquellas ventanas— lo que sucede en interiores egoístas y caducos, y ya no puedo soportar lo que pasa en todos esos pudientes lugares de la Tierra, abiertos o cerrados, lugares que durante tiempo me oprimieron bestialmente. Por cuantas más lluvias atravieso, menos afín me siento a todas esas vidas que parecen novelas y a todas esas novelas que parecen vidas. Porque nada de lo que se agita en ellas me exalta ya. Todos esos enredos, llantos con mocos, pobres mensajes cibernéticos, amores siempre truncados, efusiones enfermizas, grandes escenas ridículas, gente que es colérica y otra que es dulce y simpática, leves pasiones gruesas, momentos trágicos y otros tan risibles, siempre igual, la humanidad no cambia, todo se repite de mil modos distintos, ratos tan severos y otros tan fútiles, desconsuelos pasajeros y otros tan eternos, todas esas historias de siempre que cada día me llegan más ya sólo en forma de destellos miserables, estados rudimentarios donde todas las estupideces andan sueltas, donde el ser —como en todas las novelas burguesas— se simplifica hasta la tontería y se ahoga en vez de nadar adaptándose a las condiciones del agua”.
O cuando más adelante el propio narrador ―un innominado escritor que quizá en algún momento asuma los presupuestos del propio autor― dice lo siguiente:
“Siempre he tratado de mejorar progresando. Pero es inevitable, los temas son siempre los mismos, claro está, y aún más claro está todo cuando el escritor es un neurótico, como yo. Cada uno sólo tiene sus propios temas, y se mueve dentro de ellos, y en el fondo es lo mejor que puede hacer, volverse monótono. No sé quién decía que los grandes escritores son estupendamente monótonos. Ahora, eso sí, siempre se piensa en cómo hacer para ser otro, para convertirse de la noche a la mañana en un escritor distinto del que has sido siempre y evitar que los jóvenes digan que no sales nunca de los mismos temas. Uno piensa en retirarse a un convento y hacerse monje, o dedicarse a ser camionero y hacer vida de tal, o bien en cursar tardíamente la carrera de ingeniero aeronáutico y cambiar las inquietudes filosóficas por las científicas… Pero tratar de ser monje, camionero, ingeniero aeronáutico, es un error, porque uno no pertenece a esa clase de gente en el fondo más sencilla y porque, cuando uno es como yo soy, no es capaz de relacionarse demasiado con camioneros o ingenieros, y tampoco con mineros, banqueros, críticos desbocados, maquinistas de tren, exploradores famosos…”.
No es sencillo contar de qué va una novela de Vila-Matas. Solo acercándose a sus libros es posible averiguarlo. Y a poco que uno sea intuitivo y acepte el reto de cuestionarlo absolutamente todo, difícilmente saldrá defraudado. Por algo Vila-Matas es por derecho propio uno de los grandes nombres de la literatura española.