Última lectura conjunta de maduritos de 2025. Ha sido una delicia de lectura tranquila con un toque de melancolía y algunos pasajes de una intensidad conmovedora.
Es una novela construida desde la memoria y con una profunda ternura hacia lo vivido, desde la mirada retrospectiva de Huw Morgan, quien evoca su infancia en un valle minero galés como si cada recuerdo fuese un pequeño tesoro rescatado del tiempo.
Un canto a la familia, a la tierra, a un mundo perdido, narrado con una humanidad que sigue resonando después de leído el libro.
Uno de los pilares de la narración es el amor familiar, presentado como una fuerza casi sagrada. La madre de Huw encarna una dignidad silenciosa y feroz, capaz de enfrentarse a los jóvenes mineros para defender el honor de su marido, y de resistir después, al borde de la muerte por el frío, sostenida por su hijo pequeño, que la protege sin comprender aún la gravedad de lo que ocurre. Esa cadena de cuidados, la madre defendiendo al padre, el hijo salvando a la madre, el padre anunciando con pudor la llegada de una nueva hija…, resume la ética profunda de la novela: la familia como refugio último frente a un mundo cada vez más hostil.
El padre, Gwilym Morgan, es uno de los personajes más bellos del libro por su emoción contenida en muchos momentos a flor de piel. El autor retrata con delicadeza momentos de orgullo íntimo, como cuando ve por primera vez el nombre de su hijo en el periódico tras ganar un concurso de caligrafía. No hay grandilocuencia, basta la mención respetuosa de
“Huw Morgan, hijo del señor Gwilym Morgan”
para transmitir una felicidad tan intensa como silenciosa, una emoción que no necesita palabras.
La novela rinde también un homenaje extraordinario al placer de la lectura y del saber compartido. En una escena muy tristes, el padre recibe la noticia de que dos de sus hijos emigrarán a Nueva Zelanda y a Alemania en busca de trabajo, les pide que no se diga nada aún a la madre, y, como último gesto de unidad familiar, pregunta simplemente:“
¿Leemos un capítulo, hijos míos?
”. Los pocos libros que hay en casa son tesoros, y la lectura en voz alta se convierte en una rutina diaria casi sagrada, una forma de resistencia ante la disgregación de la familia, todos se unen escuchando mientras uno lee en voz alta.
Ese mismo cuidado sencillo y arrebatador se extiende a muchos pequeños placeres cotidianos: la comida escasa pero preparada con amor, descrita con un lirismo sensorial magnífico, “
se te deshacía en la boca: todo junto tenía un sabor tan delicioso que al tragarlo se te cerraban los ojos y deseabas poder vivir para siempre en la abundancia de ese grato momento
”; la ilusión casi ceremonial por un traje nuevo por fin de pantalón largo; o la felicidad intensa que cabe en un instante de abundancia fugaz. El autor demuestra un talento sublime para convertir lo humilde en algo memorable.
El crecimiento de Huw hacia la vida adulta se narra en muchísimos pasajes con una mezcla de inocencia, confusión y poesía, llenas de metáforas, a veces muy graciosas como en el caso de sus dudas sobre la concepción, que reflejan con precisión la perplejidad del niño ante un mundo que empieza a volverse complejo: “
-¿cómo se siembra la semilla?
”-, y la confusión de las explicaciones del señor Gruffydd: ��
- …crecerás hasta hacerte un hombre y en ese momento custodiarás la semilla….La guardarás dentro de ti, hecha a partir de tu propia sangre y lista para cuando llegue el momento de la siembra, en esas partes tuyas que son distintas a las de la chica….Te unificarás a la mujer que será tu esposa…”
Y el pequeño Huw responde “
Pero me unificaré, ¿cómo, señor?...
”
Esa confusión desemboca más adelante en un descubrimiento del sexo narrado con un lirismo desbordante, casi visionario, donde la experiencia se transforma en música, colores, lunas en llamas y un universo recién nacido. La famosa frase “Qué verde era mi valle aquel día” adquiere todo su sentido simbólico, la plenitud de un instante irrepetible… “
Qué verde era mi valle aquel día, sí que lo era, verde y luminoso al sol
”.
Frente a esta belleza, la novela no oculta el trabajo duro y la amenaza constante de la mina, descrita como una entidad viva y devoradora, una tierra que reclama de vuelta la carne que le fue arrancada. La personificación de la mina y de la muerte bajo tierra añade una dimensión casi mítica al trabajo minero, subrayando el sacrificio cotidiano de quienes descienden a ella. “
Así que nos espera y, cuando nos encuentra, se nos echa encima y, al echarse encima, nos hace parte de ella, carne de su carne, y nuestra arcilla sustituye a la que tan desconsideradamente le hemos arrebatado a paladas…
”
Me ha sorprendido en la obra un sentimiento patriótico curioso, propio de Gales: una identidad orgullosa y diferenciada frente a Inglaterra, pero al mismo tiempo profundamente monárquica. El día en que uno de los hijos canta ante la Reina se convierte en uno de los mayores motivos de orgullo para el padre, revelando las contradicciones y matices de una comunidad que ama su tierra sin dejar de venerar ciertos símbolos del poder.
Se podrían mencionar mil momentos o pasajes, pero más allá de los episodios concretos, lo más logrado reside en su voz narrativa, impregnada de nostalgia, que contempla la vida pasada con una ternura lúcida, consciente de su pérdida, y con un tono íntimo y contenido, un lirismo muy sencillo que surge de manera natural, sin ornamento excesivo, como si la belleza naciera de la propia mirada con que se recuerda, creando una atmósfera emocional envolvente, donde la melancolía convive con el orgullo, el dolor con la gratitud, y escrita desde el amor a un mundo humilde, duro y ya desaparecido.