En las Montañas Rocosas no hay cárceles para los criminales, ni manicomios para los locos, ni leyes, y la única iglesia es la propia naturaleza. Y allí vive Sam Minard, hombretón de fuerza legendaria y con el olfato y el oído de un perro de caza, que se dedica a matar animales para comer y para comerciar con sus pieles. No está solo. Todo un pequeño ejército de otros hombres de la montaña viven y cazan como Sam, y no pueden concebir vivir en la civilización una vez que se ha descubierto la plenitud de la vida en la naturaleza, dure lo que dure. Allí en la montaña no puede haber descuidos de ningún tipo, hay que fijarse en cada detalle ya que el clima, los indios, las alimañas o cualquier otro habitante de aquel territorio puede ponernos en problemas. En estos problemas se halla Kate, viuda de un colono patoso e ignorante que ha llegado -no se sabe cómo- al río Musselshell y del que los Pies Negros han dado buena cuenta. Sam la encuentra sumida en la desesperación e intenta ayudarla, misión que se irá repitiendo a lo largo de la novela y que involucrará a todos los demás montañeros.
Me he tenido que "morder la lengua" o más bien "morder el teclado" para no empezar esta reseña con aquello de "Se llamaba Jeremías Johnson, y cuentan que quería ser un hombre de la montaña..." ya que he llegado a esta novela desde la película de Sidney Pollack y Robert Redford de 1972, una de las más importantes de mi vida. Creo recordar que la novela que aparecía en los títulos de crédito de la película se llamaba "Crow killer", pero supongo que se le debió cambiar el nombre por algún motivo (...). Tengo que reconocer que me ha parecido magnífica, una vuelta a aquello de "contar lo que pasa, y porqué pasa eso", donde el protagonista corta las cabezas de cuatro indios muertos y clava cada una de ellas en un palo con la tranquilidad y la intención del que pone los triángulos del coche cuando ha tenido un incidente en la carretera. Novela en la que los personajes blancos no tienen ninguna piedad con los indios que atrapan porque saben que si se da el caso contrario, tampoco tendrán piedad con ellos. Épica, lirismo, enfoque antropológico e incorrección política, que tanto se echan de menos en estos tiempos, y más de cualquier cosa que venga de los Estados Unidos.
Por ponerle un "pero" y de ahí que no le haya puesto la máxima puntuación, el personaje protagonista tiene cierta formación musical que le viene de familia y se maneja bastante bien con la armónica, pero todas sus referencias musicales son de los grandes clásicos (a los que le gusta citar cuando compara las obras de concierto con la majestuosidad de la naturaleza). Claro, cuando has oído tantas veces la banda sonora de la película, con esa mezcla de flautas que cantan melodías nativas, con los violines y las guitarras acústicas del folk americano de Tim McIntire (aparte de los arreglos de orquesta), no puedes concebir otro tipo de música para los hechos que se están contando, por lo que las alusiones a Bach o Schubert a mi se me pierden un poco respecto a lo que la novela "me hace oír" en mi cabeza.
Y otra cosa que siempre he pensado, por alguna razón, en esta película, lo que le da el toque auténticamente épico de western es el doblaje al español, en especial poner el "Jeremías" en lugar del "Jeremiah" americano. Supongo que, aparte de los que tuvieron la idea, pocos pensarán como yo, pero para eso estamos aquí, para compartir opiniones, aunque sean contrarias.
Obra fundamental en mi vida. Gracias Vardis Fisher. Gracias Sidney Pollack. Gracias Robert Redford. Cuidad de vuestras cabelleras...
Leído en el e-book.