«La calle, es decir la calle principal del pueblo, no llevaba al cerro del castillo, solamente conducía hasta sus cercanías, y entonces, como adrede, se desviaba, y si bien no se alejaba de aquel, tampoco se acercaba más.»
La primera línea de “El castillo” en el que K., el agrimensor y personaje principal de la novela se detiene en el puente de acceso a la aldea, nos da a entender y como ha sucedido en otros textos kafkianos, que está colmada de incertidumbre: «Había caído la noche cuando K. llegó. El pueblo estaba sumido en la nieve. No se veía nada del cerro del castillo, lo rodeaban la niebla y tinieblas, y ni la lucecita más débil sugería el gran castillo».
Para colmo de males K. llega de noche. En “La metamorfosis” y “El proceso” todo ocurre de mañana. Aquí, nuevamente Kafka nos posiciona en un lugar desconocido, una aldea perteneciente a un país que no conocemos, en el que además no aclaran en qué continente se encuentra, aunque suponemos que es el europeo. Por la descripción inicial, da la sensación de que más que una aldea perdida en el medio de la nada, K. está pisando el puente hacia una isla. La historia comienza como el autor acostumbra y sugiere: que el tiempo comenzó en ese mismo instante en una especie de pequeño universo cerrado.
Pietro Citati en su impecable biografía Kafka nos aclara esta situación: «Al igual que en “La metamorfosis” y en “El proceso”, el comienzo es un principio absoluto: tenemos la impresión de que antes, no ha ocurrido nunca nada, y que el universo, la vida de Kafka, la historia de la literatura, comienzan esa tarde, cuando K. llega ante la colina envuelta por la niebla y se detiene en el puente de madera».
Como lectores, comenzamos a trazar similitudes y analogías con “El proceso”, ya que mientras que en “El proceso” la luz y el calor son parte de los ambientes que frecuenta Josef K., aquí K. solo tiene oscuridad y nieve y en ese clima hostil se desarrollará toda la historia.
Max Brod y otros autores y críticos afirmarán también que mientras en “El proceso” todo gira alrededor del concepto de “la Ley”, en “El castillo” lo que K. intentará es acceder a la Divinidad, representado en las autoridades de ese castillo.
Otros consideran “El castillo” como la novela capital de Kafka, incluso por sobre “El proceso”, pero es muy acertado lo que afirma Albert Camus en un capítulo consagrado al absurdo kafkiano en su libro “El mito de Sísifo”: «“El proceso” y “El castillo” no marchan en el mismo sentido. Se completan», para definir contundentemente: «Hay que haber escrito “El proceso” para escribir “El castillo”». Según él, ambas partes funcionan en conjunto para que el lector logre un entendimiento completo y cabal de las historias.
Al segundo día, K. comprende que todo aquello que se relaciona con el castillo no es lo que parece. Nada es lo que parece. Se presenta en la “Posada de los señores” indicándoles que ha sido contratado por el conde de Westwest (extraño nombre para un conde si los hay) para realizar trabajos como agrimensor.
He aquí el primer escollo: le informan que nadie ha requerido de sus servicios y que debe contar con algún tipo de autorización. K. intuye que debe haber alguna clase de error de algunas de la parte: «Usted ha sido contratado como agrimensor, pero no tenemos trabajo para usted… nadie lo retiene aquí, pero esto no es una expulsión».
Comienzan los primeros signos de inaccesibilidad, porque intenta realizar una llamada telefónica la cual resulta infructuosa, pues solo recibe ruidos desde el otro extremo del aparato: «Del auricular brotó un zumbido como K. no había oído nunca en un teléfono. Era como si, del zumbido de innumerables voces de niño –aunque no era tal zumbido, sino el canto de voces lejanas, lejanísimas-, como si de ese zumbido, de una forma francamente imposible, se formase una voz aguda pero resonante, que vibraba como si quisiera penetrar más allá de aquel miserable oído».
Nuevos obstáculos atentarán contra su empresa de acceder al castillo (ya en el inicio de la novela, K., es otro personaje derrotado de antemano), pues al querer tomar un trineo para llegar a él, recibe una inusitada negativa del cochero: «¿Qué está esperando? Algún trineo que me lleve dijo K. Por aquí no pasa ningún trineo, dijo el hombre, no hay tráfico. Sin embargo, es la calle que lleva al castillo, objetó K. Aun así, aun así, dijo el hombre con cierta inflexibilidad, no hay tráfico. Luego los dos se callaron».
Cuando finalmente la niebla baja y observa desde su posición el famoso castillo, descubre que ni siquiera se trata de la construcción que él imaginaba: «En conjunto, el castillo tal como se mostraba a lo lejos, correspondía a las expectativas de K. No era un viejo castillo feudal ni una fastuosa construcción moderna sino una extensa estructura, compuesta de algunos edificios de dos pisos y de muchos edificios bajos muy juntos; si no hubiera sabido que era un castillo, K. lo habría podido tomar como una pequeña ciudad. Vio solo una torre, y no pudo saber si pertenecía a un edificio destinado a habitación o a una iglesia». Primera desilusión de las tantas que le esperan.
K. es un extraño al que los pobladores no quieren aceptar en absoluto y mientras más intente avanzar, más difícil será. Los caminos kafkianos siempre son los más difíciles. La ilusión es el recurso estilístico que empleará Kafka para desconcertarnos, aunque haya elementos de conexión, tal es el caso de las posadas -la de los señores y la del puente- y de quienes la frecuentan, porque están directamente conectadas con el castillo de manera similar a los Tribunales en “El proceso”, ya que todo tiene que ver con todo. Pero recordemos: en forma ilusoria.
Mientras escribe la novela, Kafka todavía está hechizado por Milena y como consecuencia de esa relación decide llevarla a la ficción transformándola en Frieda, quien físicamente es distinta a ella (Mílena es morocha, mientras que Frieda es rubia), pero dotándola de la misma característica que la joven checa: la fogosidad.
Como sucediera con Leni, la secretaria del abogado de Josef K., en “El proceso”, Frieda utilizará todos los recursos de sirena que posee para intentar seducir a K., y lo consigue.
Frieda, quien fue amante de Klamm, señor del castillo quien supuestamente contrató a K. y es uno de los hombres más poderosos de la aldea, seduce a K. en la única escena de alto contenido sexual que Kafka representará en toda su obra: entre chacos de cerveza, botellas desparramadas y suciedad, ambos harán el amor de manera desenfrenada.
Las mujeres, como en toda obra de Kafka son más un escollo que una ayuda, especialmente para K., pues su relación con ellas difícil, conflictiva y ambigua y traza en cierto modo un paralelismo con la vida del autor. Tanto en el caso de Frieda como con las otras mujeres con las que se cruza, que son Pepi, la mesonera que reemplaza a Frieda (y que da la sensación de que para este personaje Kafka se inspiró en Julie Wohrysek) y Gardena, que está a cargo de la Posada de los señores.
Gardena, al igual que Grete y Brunelda en “El desaparecido” es de dimensiones importantes y no queda claro qué veía Kafka en las mujeres gordas para dotar a sus personajes femeninos con esta característica. Lo cierto es que Gardena es bondadosa y respetada en oposición al personaje de Brunelda, pero al principio es ruda con K.: «Usted no es del castillo. Usted no es de la aldea. Usted no es nadie».
Avanzando la novela, K., conocerá a Barnabás, el mensajero del castillo que es una especie de Hermes mortal, sin ningún atributo de dios quien trabaja llevando la correspondencia entre el castillo y las distintas dependencias de la aldea.
Este muchacho tiene tres hermanas: Amalia y Olga y la familia Barnabás, como es conocida en la comarca y que está marcada como paria y desclasada, debido a que un funcionario de rango medio llamado Sortini le ofreció matrimonio a Amalia quien desechó de lleno la proposición y en represalia a esta acción fueron expulsados del área del castillo a vivir alejados de todos, con la excepción de mantener en su trabajo al joven Barnabás. K. se interioriza de lo que le sucede a Amalia y visita a la familia. Olga es la encargada de contarle a K. la verdadera historia de lo que pasó con su hermana de Amalia. Y el caso de Olga es más denigrante, pues se ha prostituido con distintos funcionarios del castillo a cambio de limpiar el nombre de su hermana.
Además de los inconvenientes que K. ya tiene con la imposibilidad de trabajar como agrimensor para el castillo, las mujeres se complotan contra él. Lo complican (Gardena y Pepi), lo seducen y celan (Frieda) y lo distraen atraen (Olga). Amalia es la única que se mantiene un tanto distante. Los demás personajes que interactúan con K. no son muchos. Digamos que son algunos más en cantidad que los de “El proceso” y que sí volverán a cruzarse con él, aunque fugazmente.
Para llevar esto a cabo, Kafka diseminará a través de toda la novela, personajes de distintos rangos jerárquicos y sociales.
Durante la lectura y además del esquivo señor Klamm, a nunca logrará ver en persona, conoceremos también a Sordini, que es quien confunde el nombramiento de K como agrimensor en un intercambio erróneo de cartas y a los secretarios Bürgel y Friedrich, más puntualmente sobre los capítulos finales.
Pero si hay dos personajes que complementarán a K. en esta historia estos serán Arthur y Jeremías, dos ayudantes que las autoridades del castillo finalmente deciden asignarle al agrimensor. Y nuevamente nos encontramos, al igual que en “El desaparecido” con Robinson y Dellamarche y en “El proceso” con los dos señores que abordan a K., al principio y los verdugos de la escena final, con el mágico número dos, como también sucede con el relato “Blumfeld, un solterón entrado en años” a quien también le dan proveen dos ayudantes en su trabajo.
Estos dos clowns, conspiran todo el tiempo para que K. no logre su cometido. Son ineficientes e inoperantes y hasta pareciera que no poseen sus facultades mentales completas y que actúan como si fueran dos perros y no seres humanos, por la forma en la que K. les ordena y ellos se chocan entre sí, o se pelean para llegar primeros o se quedan esperando una orden. Lo persiguen, no saben absolutamente nada del oficio de agrimensura, se entrometen en todo, chusmean los momentos de intimidad que K. tiene con Frieda y lo que es más: sobre el tramo final de la novela, Frieda abandona a K. para irse con Arthur.
Solo le queda a K. apoyarse en el inexperto Barnabás que increíblemente parece ser la única esperanza de tener noticias del castillo. Y en esta novela a K. le sucede lo mismo que a Josef K. con el abogado Huld: algunos funcionarios lo atienden desde la cama, como Bürgel.
Todo, absolutamente todo lo que le pasa a K. en la novela se compone de futilidad, frustración, imposibilidad, fracaso. El castillo, infranqueable. El pueblo al que tiene que adaptarse, los pobladores, funcionarios, y las mujeres con las que se involucra sólo logran que el desasosiego y la desazón de K. alcancen límites insospechados.
Nadie colabora, todos entorpecen. K. se enreda en infinitos intentos que no conducen a nada. La inaccesibilidad al castillo es tal, que todos los funcionarios, dependientes, cocheros y criados conspiran en su contra, como Momus, el cochero que encuentra a K. semidormido dentro del coche que supuestamente lleva a Klamm al castillo. Él también le anuncia que jamás podrá acceder al castillo. Pero K. va una y otra vez…
La trama de “El castillo” va arrinconando al lector hasta lograr lo que Kafka inconscientemente busca: que el estado de frustración sea compartido junto con el personaje.
Cabe destacar que los ambientes en los que se desarrolla “El castillo” son también oscuros y opresivos como los de “El proceso”. Todos tienen su grado de complejidad. Las posadas, la escuela a la que K. ha sido degradado como Bedel, las oficinas administrativas de acceso al castillo son algunos ejemplos claros.
Y no sólo el castillo es inaccesible. Si bien este simboliza el poder, la “Divinidad”, afirmaba su amigo y albacea Max Brod, del mismo modo son inaccesibles sus funcionarios, resumidos obviamente en Klamm. Lo que diferencia a K., de Josef K., es que aquel intenta entender por qué es perseguido y condenado por el sistema, mientras que este K. va a su encuentro con el objeto de hacer infructuosos contactos.
K., del que ya ni siquiera conocemos ningún tipo de característica física (al menos de Josef K. nos enteramos de que tenía unos bonitos ojos negro) va transformándose en la inicial que lo identifica como un hombre reducido a lo más mínimo de su existencia. Él nunca se plantea: «¿por qué no me voy?», «¿por qué no abandono todo esto y pruebo una nueva vida?», sino todo lo contrario, quiere quedarse, establecerse porque no puede volver a donde vino y como todo personaje kafkiano vive en un eterno presente sin futuro alguno a la vista. Es un Quijote sin armas, un Ulises que ha perdido completamente el rumbo.
Sobre el final, Frieda le propone escaparse juntos a España o Italia, pero él desiste del mismo modo que el autor de esta novela siempre hizo, eligiendo el camino equivocado.
Mientras que en las novelas de Fiódor Dostoievski la procesión existencialista va por dentro del personaje para confrontarlo con la realidad y los demás personajes, en las de Kafka las circunstancias, el entorno y todas las probabilidades conspiran en su contra y a la inversa, perforando la conciencia del personaje para llegar, incluso, a paralizarlo.
Se han hecho muchas interpretaciones sobre el significado que Kafka quiso establecer en “El castillo”. Lo cierto es que cada lector podrá hacer un análisis y llegar a su propia conclusión, tenga que ver con la ley, lo divino o lo inalcanzable, que son en cierto modo los elementos con los que Kafka siempre trabajó sus historias.
Y tiene puntos de contacto con aquel hombre que espera en vano durante años en la puerta junto al guardián en el relato “Ante la Ley”, ya que el castillo es el punto de destino qué se ha planteado desde el principio porque supuestamente para trabajar allí lo contrataron, aunque no le hacen nada fácil su acceso y en la única oportunidad que tiene para llegar a entrar, se queda dormido en la habitación Bürgel, el secretario del funcionario Erlanger.
Luego de la muerte de Kafka, Max Brod juraba que este les había contado a fines de 1922 cómo terminaba la historia de K.: «Kafka no escribió ningún capítulo final. Pero en cierta ocasión me lo explicó, contestando a mi pregunta sobre el final de la novela. El supuesto agrimensor recibe, por lo menos parcialmente, satisfacción. No ceja en su lucha, pero muere de agotamiento. En torno a su lecho mortuorio se congrega la comunidad, cuando desde el castillo le traen la noticia del fallo judicial, según el cual no existía por parte de K. derecho legal a vivir en la aldea, pero que considerando ciertas circunstancias se le permitía vivir y trabajar allí».
Podemos entender el entusiasmo de Brod quien, con mucho afán, ordenó y publicó los borradores del castillo, pero es muy difícil creer que Kafka le haya contado esto si tenemos en cuenta que como se indicara previamente, le cedía el manuscrito porque no lograba cerrar la historia. Es más, una maquinación de Brod que lo que su amigo tenía intenciones de hacer.
Lo que sí sabemos, es que Kafka dejó inconclusa esta novela con una frase a medio terminar: «...hablaba con dificultad, era difícil comprenderla, pero lo que dijo,»
El enorme Ricardo Piglia supo definir cabalmente lo que significa la novela “El castillo” al afirmar brillantemente: «La interrupción, gran tema de Kafka, la interferencia que impide llegar a destino. La suspensión, el desvío, la postergación, esto es clásico en él, lo narra siempre, pero define también el registro de su escritura. Su estilo es un arte de la interrupción, el arte de narrar la interferencia». Concuerda con Borges quien afirmó que a los personajes kafkianos los caracteriza “la infinita postergación”.
Esa simple frase terminada en una coma es un no-final kafkiano difícil de superar por cualquier novelista, porque refleja su particular manera de abordar la literatura y es de este modo que Kafka desafía al lector abriéndole una puerta al infinito.