Agradezco a la argentina que me recomendó este libro. Aunque llevaba bastante tiempo en mi lista de pendientes, por fin me di el tiempo de leerlo. Guillermo Saccomanno está completamente loco, y lo digo en el mejor sentido posible.
El oficinista es una obra sólida, no tanto por su evidente paralelismo con la literatura rusa (porque sí, el libro es muy ruso), sino por la forma en que está escrita: deprimente, desmoralizante, y aunque por momentos cómica, esa comedia no provoca risa, sino incomodidad.
"Abismarse en la confesión es la esencia del alma rusa". Es esa típica risa nerviosa que uno suelta cuando las desgracias del protagonista ya no pueden ser más desgracias.
Sin entrar en demasiados detalles sobre la trama (porque es algo que hay que experimentar leyendo), el protagonista se despersonaliza a raíz de su enamoramiento con una secretaria. Es pasivo, sumiso, sueña con ser otro. "Él está enamorado. Ahora su destino es otro. Las cosas cambiaron. Se lo jura a sí mismo, como si se lo jurase a otro, el otro, ese que anoche estuvo con la joven. Y ese otro es tan distinto al sumiso que se apura por esta avenida hacia el subte". Contiene su ira y sus pensamientos obsesivo-compulsivos, pesimistas, en fantasías retorcidas que, aunque románticas, dejan claro que es esclavo de su propia carne. "La tragedia de los otros atenúa la propia". Es la definición de un muerto en vida.
Está desensibilizado ante una sociedad que se desmorona en la violencia, no solo en su entorno familiar, sino también en su desconexión con los demás. Ni siquiera el amor es genuino. Las experiencias románticas en esta distopía son cuentos mal contados. Nadie quiere comprometerse ni conectar. "Porque la soledad del enamorado es corrosiva". Todos los personajes están rotos por dentro. No hay lealtad, no hay regulación emocional. "Le duele pensar que quizá lo trágico de un sueño no es que pueda concretarse. Es el despertar. Porque una vez que se le tomó el gusto, la vida será intolerable si no vuelve a repetirse. Y uno será más desgraciado que antes, cuando ignoraba cómo era esa felicidad".
El único atisbo de inocencia, de que existe algo bueno dentro de la calamidad, es destruido a pedazos inconscientemente por ese otro que él cree que es mejor, más humano, más valiente o decisivo. Puedes empatizar con el protagonista porque su pena te hace sentir mejor con tu vida, pero también lo odias porque es insensible, un producto de todo lo que está mal en una sociedad obsesionada con el trabajo y con mantener una rutina a toda costa. "A él le preocupan menos los ataques de los guerrilleros, un explosivo, el gas venenoso propagándose por vagones y túneles, que llegar tarde a la oficina".
Con que se tenga un empleo, con que se tenga un motivo para desperdiciar la vida día tras día, regalándola porque uno es útil, indispensable, porque el jefe confía en ti, porque nunca has causado problemas. Y así, ese servilismo nos hace conspirar contra quienes sentimos que amenazan nuestro trabajo o nuestra identidad. Toda conexión inesperada en el libro se ve nublada por los ojos del protagonista, que teme la traición, cuando en realidad, desde las primeras páginas, ya se ha traicionado a sí mismo por nada. Se queda en la nada. "Toda su vida ha estado así, piensa. Piensa que desde que tiene memoria se encuentra con el cañón de un arma en la nuca. No aguanta más".
Es un cuento que termina mal, sin promesas, sin redención. Solo eso: un final. "Se pregunta si todo lo que hizo para ser feliz no fue demasiada infelicidad. Ahora se da cuenta de que la felicidad no era lo que pensaba. Tal vez la felicidad está en las ganas de ser feliz".