La premisa de esta colección de ensayos clínicos es tan interesante como estremecedora. Cómo el universo tangible que conocemos gracias al funcionamiento óptimo de nuestros sentidos puede cambiar radicalmente suprimiendo o dañando uno de éstos. El ser humano es un animal visual, por lo que su concepción del mundo que le rodea se forma en gran medida a partir de la visión, de la forma, la profundidad y el color; un pequeño cambio en cómo el aparato óptico recibe la luz, una interrupción en la información química del estimulo recibido a través del nervio, o una interpretación errónea del estimulo debido a una mala función del área cerebral específica puede hacer que el mundo que tan bien conocías se presente extraño, incomprensible y, lo que es más aterrador, de manera irreversible.
Claro que aquí entra otra de las grandes virtudes del ser humano, una que le ha permitida sobrevivir a milenios de historia durante los cuales el habitante promedio solo sufría por las privaciones, la enfermedad, la guerra y la rutina de la supervivencia: la adaptabilidad y resilencia. Y es que, aunque todo tu mundo cambie, uno tiene que seguir viviendo, y lo hará en la medida en que sus nuevas facultades le permitan adaptarse a este nuevo universo extraño.
Así, Oliver Sacks nos presenta a un pintor que, a raíz de un accidente de coche, pierde la capacidad de ver -y recordar- el color. Una ironía terrible: un hombre que ha dedicado cuarenta años de su vida a estudiar y mezclar pigmentos para extraer todos los sentimientos que la paleta cromática permite condenado a vivir el resto de sus días, y recordar todos los ya vividos, como si fuera una película en blanco y negro ensuciada por el granulado y el ruido. Esto último es lo más terrible, quizá, pues el pintor decía que el mundo que ahora veía en nada se parecía al de las elegantes películas del Hollywood clásico, sino que se le presentaba sucio, como si los tonos de gris se presentaran de manera arbitraria, incorrecta. Por suerte, gracias a la ayuda de profesionales -entre ellos, la del propio Oliver Sacks- pudo vivir con este defecto hasta convertirlo en nuevo arte. Y es cierto, pues los pocos artistas que puedan beneficiarse -luego de unas fases de duelo más o menos largas, más o menos traumáticas- pintaran cuadros como nadie capacitado para ver el color puede pintar.
Hay otro caso en el que se involucra a otros dos pintores. El primero, un pintor emigrado de raíces italianas tan enamorado de su pueblo natal, Pontito, que puede pintar cada calle, cada casa y cada esquina como si la hubiera extraído directamente de sus recuerdos infantiles, sin cambio y sin mácula. En este caso se nos muestra un tipo de memoria fotográfica limitada a un lugar y a un espacio muy concreto; una memoria rayana en la obsesión, pues el desafortunado pintor no es capaz de sustraerse de este idilio rural, hasta el punto que solo puede pensar y hablar de Pontito. El segundo es algo menos anecdótico y mucho más mundano dentro de las muchas anomalías que pueden afectar al cerebro humano: los savants, autistas con sorprendentes aptitudes matemáticas, dotados para el dibujo, capaces de memorizar largas secuencias de números o cantidades obscenas de páginas. En este caso, este muchacho era capaz de dibujar de memoria cualquier edificio o paisaje urbano que observara una sola vez, no hacia falta ni que fuera detenidamente, convirtiéndose en una pequeña celebridad a la que llevaban de visita a varias ciudades del globo para que sorprendiera a los nativos con su portentosa memoria visual.
Este caso se enlaza con varios más dedicados al espectro autista y al Asperger, en los que se enumeran y describen las características de ambos trastornos, métodos de diagnóstico, un poco de historia de la ciencia para descubrir cómo se diagnostico por primera vez, etc. Estos casos son bastante interesantes y didácticos en tanto que ofrecen información útil para entender un trastorno que afecta a un importante porcentaje de la población, y del cual el ciudadano de a pie sabe bastante poco. Indispensable para maestros y profesores. El problema que le veo, además de ser excesivamente prolijo, es que este libro tiene ya 40 años, y estoy seguro que los métodos diagnósticos y las formas de estimulación a los niños afectados han debido de evolucionar mucho. Pero ese es el problema inherente a cualquier libro de divulgación científica: la ciencia avanza, y todo conocimiento, en mayor o menor medida, tiene fecha de caducidad.
Hay más casos clínicos, como el que habla de un cirujano con síndrome de Tourette, que es simpático y permite conocer cómo funciona la mente de una persona afectada por tics incontrolables y qué pulsiones les obligan a manifestarlos. Este caso es de los más aburridos, por desgracia, aunque es indispensable para desmitificar este síndrome, retratado de maneras infames en comedias como Toc Toc, que los muestran más como fenómenos de feria controlados por los tics más exagerados y escatológicos. Leyendo este caso descubres que muchos de estos tics son inusuales, pero para nada son explosivas sartas de insultos, o por lo menos no son solo explosivas sartas de insultos.
Me dejo el mejor, y más terrorífico, para el final, el caso del último hippy, un muchacho que debido a un tumor cerebral que le devoro gran parte del cerebro quedo encerrado en si mismo, privado por completo de la capacidad de generar nuevos recuerdos y viviendo, eternamente, en los últimos años de la década de los sesenta, rememorando una y otra vez sus canciones favoritas de Grateful Dead, sus escarceos amorosos y su búsqueda espiritual. Un caso que ejemplifica el triste desenlace del movimiento hippy, destruido por la implacable realidad, consumido por las drogas y presa de cualquier secta de gurúes espirituales. La pena de este caso es que, si alguien se hubiera molestado en ayudar a este pobre chaval enfermo, en vez de convertirlo en un idiota iluminado en busca de la gracia hare krisna, los daños cerebrales podrían haberse limitado y este muchacho podría haber vivido una vida más plena. Para cuando consiguieron diagnosticarle porque había perdido la visión, ya fue demasiado tarde. Oliver Sacks conoció y trato a este hippy durante varios años en los que paso internado en el hospital, donde vivió el mismo día, hasta su muerte. Ni siquiera la noticia de la muerte de su padre pudo dejar una impresión visible permanente. Todo nuevo recuerdo se desvanecía. Pero lo más triste de todo es que este hombre, amable, simpático y cariñoso para con todos, personal del hospital e internos, sentía como algo dentro de él estaba mal, que su identidad estaba congelada del tiempo y que había sensaciones de tristeza inexplicables que, a veces, le asaltaban, para inmediatamente desaparecer, dejando solo un eco desagradable. Lo peor no es que este hombre viviera en una cárcel mental: es que lo sabía.
Hay varias personas muy críticas con Oliver Sacks, con el neurólogo y el escritor. Algunos compañeros de profesión decían de él que era mejor escritor que científico. Nada puedo añadir a esto, pues solo conozco la obra divulgativa de Sacks, salvo que esa misma crítica se le hizo a Carl Sagan o a Stephen Jay Gould; de este último Richard Dawkins -que ni a nivel científico ni literario le llega a la suela de los zapatos- llegaría a señalar que su "genio para malinterpretar las cosas era equiparable a la elocuencia con que lo hacía". Dawkins nunca le perdonó su crítica a su teoría del gen egoísta. Con esto quiero decir que los científicos, mejor dicho, algunos científicos, son tan celosos de su trabajo que ven como una especie de traición que alguien del gremio transcriba los arcanos con que se construye la ciencia a un lenguaje apto para profanos. Es una crítica habitual a la que, sinceramente, está superada, pues gracias a estos pioneros muchas disciplinas son a día de hoy más accesibles que nunca, y son muchos los científicos actuales que también son divulgadores. Otras críticas, estas mucho más viscerales y, me atrevería a decir, injustas, pintan a Oliver Sacks como un P.T. Barnum para intelectuales, un dueño de un espectáculo circense de monstruos disfrazado de ensayos clínicos. Este retrato puede verse en Los Tenenbaums, donde Wes Anderson le da unos cuantos pellizcos de monja al neurólogo ingles. Estas críticas vienen tanto de científicos como de activistas por los derechos de las personas discapacitadas, aunque me consta que los segundos son los más duros, como no podía ser de otra forma. Como siempre, es fácil verter bilis desde la comodidad del siglo XXI, cuando la mayor parte de los derechos por los que se luchan ya los ganaron otros -en que grado se apliquen ya es otra historia-; lo difícil es que alguien hablara de enfermedades mentales y discapacidades en los años 70, y que, además, lo hiciera con humanidad, empatía y cariño, presentando a personas con nombres y apellidos y no a sujetos numéricos en una tabla Excel. Toda crítica es legítima y necesaria: ayudan a enriquecer las opiniones y las ideas. Pero cuando estas críticas se hacen con intereses por detrás y con descalificaciones personales son tan legítimas como sospechosas, y es importante señalar esto último.
Bueno, esto se ha quedado un poco largo, así que lo dejo por aquí. Si os interesa la psicología y la neurología, los casos clínicos de Oliver Sacks siempre son recomendables. Es cierto que muchos están ya desfasados, pero a día de hoy siguen siendo muy disfrutables por la calidad humana con que están escritos. Eso sí, os recomiendo empezar con El hombre que confundió a su mujer con un sombrero: los casos que en ese libro se describen me parecen más interesantes.