Casualidad o no, el libro que leí justo antes de abordar la primer obra conocida de Armonía, fue Cómo acabar con la escritura de las mujeres, de Joanna Russ. En él, Russ a través de un minucioso estudio realiza una notable crítica al mundo literario de habla inglesa del siglo XIX y enumera once métodos comunes que han sido usados para ignorar, minimizar y menospreciar el trabajo de escritoras: prohibiciones, mala fe, negación de autoría, contaminación de autoría, doble estándar de contenido, falsa categorización, aislamiento, tipificar, carencia de modelos, reacciones, estética.
Resulta que ninguno de estos métodos estaba lejos del universo literario del Uruguay de 1950. Cuando la primera versión de La mujer desnuda aparece en las últimas páginas de la publicación Clima: cuadernos de arte, las reacciones y especulaciones fueron innúmeras. Por audaz, por insólita, por erótica, escondía detrás de ese seudónimo la pretensión de “cambiar de identidad” como lo declaró la propia autora, y cuenta Risso, A. (1990).
Esta edición de Criatura corresponde a esa misma primera edición, y no podemos hacer otra cosa que agradecer acceder a tenerla entre nuestras manos. Rebeca Linke al cumplir 30 años, decide cortarse la cabeza, volvérsela a poner y salir caminando desnuda sin rumbo. Con una lógica narrativa muy particular y una atmósfera surrealista, no es otra cosa que la búsqueda de una subjetividad que se construye al proyectarse, y busca romper sus ataduras. La auto-decapitación simboliza el quiebre con los condicionamientos sociales y culturales que reprimen un vínculo espontáneo tanto con el cuerpo, como con la naturaleza.
Cosas a destacar: el lenguaje figurado y extremamente poético presente en toda la obra para contar el erotismo y la excitación; el impacto que genera en un núcleo social el simbolismo de una mujer desnuda y tangible, que se ha cortado la cabeza; los personajes que vuelven a lo primitivo, lo primitivo que se vuelve indefinible, el pecado que no existe nada más que dentro de cada uno, las palabras amor y sexo que no alcanzan para definir nada, y que constituyen nada más que una experiencia límite entre la que se diluyen los límites de la propia vida y la propia muerte.
Es un manifiesto de liberación en sí mismo, cargado de simbolismo, de una mujer que debe arrancarse la cabeza para ser otra, ser todas y ser una al mismo tiempo, Eva, Rebeca, Salomé, Magdalena, o la Ofelia de John Everett Millais al final “…Rebeca (…) flotaba boca abajo, como flotan ellas, fuertemente violácea, en su último desnudo, en su definitivo intento de liberación, sobre el féretro deslizante del agua.” (p.101).
Despojarse de todo, de ropas, convenciones, prejuicios, pecados, permitirse ser en cuerpo reconocido y alma confesa. Y es ingenuo creer que esa búsqueda de libertad está relacionada a la búsqueda de un amor correspondido, que sí se manifiesta espiritualmente. Pero el intento de liberación ocurre por sobre todo y a pesar de todas las cosas, un periplo que no tiene como otro objetivo renunciar, cambiar de identidad, expropiarse, y mediante ese acto de desprendimiento, encontrarse.