He tenido que dejar pasar algunos meses de descanso porque estaba saturadas de machismo y de memeces de los personajes femeninos de esta saga y, claro, se me han olvidado muchos nombres de personajes y me está costando un poco retomar la historia. Pero no pasa nada, porque el autor es tan lento, tan repetitivo, tan insistente en relatar las mismas neuras unas y otra vez que pronto recordaré aquello que había preferido olvidar.
Dicho lo cual, hay que reconocer que la rueda del tiempo rueda muy muy despacio, muy muy muy lento. La trama de Mat, que prometía, resulta ser tediosa. El relato de la huida con nocturnidad y alevosía se queda en una rememoración que hace Mat, los roces con la capitana seanchan son patéticos, es decir, alguien con tanta experiencia dirigiendo naves y tripulación tendría que estar sobrada para manejar a un niñato, y lo de Tuon, que decide ser buena y no tratar de escapar, aunque sabe lo que su desaparición supone para su pueblo y para sus planes militares, es ridículo.
Luego está Perrin, la gran decepción del tomo anterior, el que manda a hacer puñetas la tarea que tenía encomendada porque Faile es más importante que detener al Oscuro (no te puedes fiar de nadie) que tarda horrores en encontrar el trastro de un enorme contingente de shaido acompañados de aún más prisioneros. Claro, ya se sabe que seguir el trasto a un ejército es di-fi-ci-lí-si-mo porque no dejan ningún tipo de huellas. Y a esa estupidez se le suma el hecho de que los shaido jamás habían visto la nieve, pero no pasa nada, son tan estupendos que aprenden a moverse sobre ella y a hacer moverse a sus prisioneros sin el menor retraso, además de sin rastro. No puedo evitarlo, estas tonterías hacen que me sea imposible tomarme mínimamente en serio la historia.
Y no es la menor. Otra tontería antológica es que vaya un tropel de gente para ir a observar a los escurridizos shaido una vez que los mejores de los mejores exploradores han logrado dar con ellos. Y encima van con caballos. ¿Para qué? Para dejarlos aparcados en el mismo sitio donde Grady, el ashaman, ha abierto el paso. ¡Qué genialidad! Seguro que pasan más desapercibidos si van en tropel y además con monturas.
Pues lo peor de todo es que no pasa nada. El relato se pierde en tonterías tan apasionantes como la dificultad de lavar bien la seda sin que se estropee ni pierda color o el abrochado de una larga hilera de botones; eso es todo. Nada avanza, nada se resuelve: Mat no sabe que hacer con Tuon, Perrin no sabe que hacer con el profeta, Faile no sabe cómo escapar, Elayne no es coronada, Egwene no derrota a Elaida, Rand no pinta nada, aparecen y desaparecen unos fantasmas sin la menor trascendencia argumental... ¿Ha pasado algo en todo el libro?