“La Revolución Francesa” de Albert Soboul es un clásico de la historiografía francesa y un referente obligado para los estudiosos de este periodo trascendental para el desarrollo de las instituciones y sociedades actuales. Este importante suceso es el germen y modelo a seguir de las revoluciones burguesas, con todos sus aciertos y errores. Una revolución que significó la caída del Antiguo Régimen, de la monarquía, del feudalismo y de la aristocracia, para establecer el predominio de la burguesía y la “democracia”, la creación de derechos y el disfrute de libertades civiles y económicas que permitieron el auge del naciente capitalismo. Si bien el ascenso del capitalismo y la burguesía se produjo un siglo de antes en los Países Bajos y en Inglaterra; fueron los utópicos ideales, las sangrientas matanzas, las redes inabarcables de sus consecuencias y la mística colectiva lo que convirtió a la “Toma de la Bastilla” en la puerta de acceso a la edad contemporánea.
La Revolución Francesa reviste un doble carácter, en tanto la burguesía lideró, organizó y estableció la preponderancia de sus intereses antes, durante y después de los acontecimientos, las fuerzas de choque fueron los campesinos y los barrios populares, que tenían intereses muy distintos a los de la burguesía. Producto de esta ambivalencia se suscitan contradicciones como la declaración de la Independencia de los negros en las Colonias Francesas del Caribe, decretada el 16 del Pluvioso del año II, y abolida poco después al constatar la ruina económica de los “Grandes Blancos”, propietarios esclavistas de las plantaciones, con importante influencia política en la Asamblea y en el Directorio.
La revolución trajo consigo la contrarrevolución; las ideas filosóficas de libertad y de igualdad entre los hombres; los conflictos entre girondinos y jacobinos, origen de las posiciones liberales/conservadoras; la declaración de los Derechos Universales del Hombre; el sufragio y la ciudadanía; la primera Ola feminista. Todos estos componentes de la ilustración se cristalizaron en reformas y discursos contradictorios. El enojo popular primero, y la saña de los líderes políticos después, llevaron al cadalso a miles y miles de personas, incluso a los mismos que hicieron la revolución como Datón o Robespierre. La guillotina se erigió como símbolo mortal del progreso, instrumento que rebanaba de un tajo los rezagos de las antiguas instituciones.
Este libro tiene el acierto de acercarse a los acontecimientos desde una perspectiva social, explicando las fuerzas que actuaron en el proceso, analizando los conflictos de intereses y examinando las relaciones de producción entre los antagonistas sociales, aristocracia/burguesía/campesinado, para reconstruir una versión de la historia desde abajo. Se plantean, además, importantes cuestiones referentes a la descristianización durante los 10 años de Revolución, la participación femenina militante, los intentos fallidos de democracia directa, los sacerdotes revolucionaros de acción y de fe que tenían contacto directo con las necesidades de los más pobres, la organización del partido, la consolidación de las nociones de patria y nación, el mito y recuerdo, en suma, de una libertad jamás alcanzada (y aún añorada) que sigue exaltando a historiadores, lectores y académicos.