“Quien ha perdido su acento, no es improbable que lo eche de menos. No es obligatorio pero tampoco descartable. Quizá llegue el día en que mi acento vendrá a pedirme cuentas”.
En ‘Lengua viva’ me he encontrado por sorpresa uno de mis temas favoritos en mis lecturas: el desarraigo. En esta ocasión, la novela explora el desarraigo lingüístico, que se nos presenta aquí como una forma íntima de exilio, y también de tensión: la que existe entre la lengua materna, que representa el origen, la memoria y el afecto, y la lengua adquirida, que permite sobrevivir en un entorno nuevo, pero a costa de cierta pérdida.
Nacida en la URSS y llegada a Francia siendo niña, Polina se convierte en Pauline: una transformación mínima en apariencia, pero que encierra la fractura entre dos mundos, dos voces, dos formas de nombrarse. Polina en casa, Pauline en la escuela. Partiendo de esta historia, la autora nos hace reflexionar desde diferentes vertientes sobre la lengua, que no es solo un instrumento de comunicación, sino que termina siendo un lugar de pertenencia y de pérdida. En el hogar, la lengua rusa; fuera, el francés impuesto. Y en medio, una niña que debe aprender a moverse entre ambas, a elegir la lengua que la define y la lengua que la define para otros.
La novela explora también cómo nuestra identidad (limitada a un nombre, a un pasaporte, a una lengua…) se convierte en objeto de trámite administrativo, de lucha legal. Ya de adulta, Polina acude al tribunal de Bobigny para recuperar su nombre de nacimiento. En este trámite comienza la novela, y la representación de la lucha entre lo que la narradora es y lo que fue forzada a ser. A partir de ahí, la narración se desplaza alternativamente de Francia a Moscú, y vemos cómo Polina no puede ser del todo ella en su nuevo país de residencia, y tampoco puede serlo en el de origen cuando regresa de vacaciones a la dacha de los abuelos: “No hablar francés, por supuesto. Si me hablan de Francia, eludo la cuestión”, explica la narradora.
En este sentido, el libro se sostiene sobre esa tensión entre lo que se dice y lo que se calla, entre el idioma que se pierde y el que se impone. En casa, el ruso funciona como una patria doméstica; fuera, el francés dicta las reglas del reconocimiento y la aceptación. Esa doble vida verbal genera en la narradora un vaivén constante: ser Polina con los suyos y Pauline en el colegio, aprender a pronunciar sin acento, a encajar, a no corregir cuando otros pronuncian mal su nombre. El cambio de nombre (de Polina a Pauline) no me ha parecido un gesto banal, sino la metáfora de cómo las sociedades moldean a quienes llegan desde fuera. La novela cuestiona, creo que de forma inteligente, qué significa “integrarse”: si adaptarse hasta borrar la diferencia o aprender a convivir con ella.
Una de las reflexiones que lanza la novela y que me ha parecido más conmovedora y más tierna es la de la madre tratando de hacer pervivir en el interior de Polina la esencia de lo que es: su idioma. “Mi madre también vela por mi ruso como si fuera el último huevo del cuco migratorio. Mi lengua es su nido. Mi boca, la cavidad que lo alberga. Varias veces por semana, mi madre me trae nuevas palabras, verifica el estado de las que ya están ahí y se asegura de que no pierda ninguna por el camino”.
Este control sobre el idioma materno, esa vigilancia casi obsesiva, me ha hecho pensar acerca del miedo a que algo esencial se desvanezca con el exilio: no sólo los objetos o la tierra natal, sino el sonido, el acento, el nombre que uno porta. Y al mismo tiempo, está el aprendizaje de la nueva lengua, sus tropiezos, su imposición, y la inevitable transformación que esa lengua provoca en la persona migrante.
Me ha gustado mucho la voz narrativa de la autora, escribiendo desde una ternura lúcida, sin victimismos, pero con una conciencia profunda del lenguaje como algo vivo, como algo que marca quienes somos. Panassenko escribe con una voz sobria aunque con mucho sentido del humor, alternando de forma equilibrada la observación y la introspección. Lo que queda al cerrar el libro es esa sensación de haber asistido a una reconciliación silenciosa, la de una mujer que aprende a pronunciarse de nuevo.
En definitiva, ‘Lengua viva’ me ha parecido una muy buena novela que invita al lector a pensar sobre temas muy vigentes, como son las lenguas y las identidades, lo que conforma quienes somos y aquello a lo que renunciamos cuando dejamos atrás nuestro país para comenzar una nueva vida. Y que nos deja como lección la necesidad de nombrarnos como acto de resistencia, de mantener nuestra esencia y sostener la palabra propia en un mundo que tiende cada vez más a uniformarnos.