Tampoco es tan importante nuestro yo
Es un libro entretenido y ameno que entra muy bien, lo he devorado emocionado de leer un ensayo escrito por alguien tan cercano y sobre una temática tan cercana, necesaria y urgente. Y aquí estoy con ganas de compartir las ideas y discrepancias que me ha suscitado puesto que esto es lo más interesante de los ensayos: su capacidad de hacernos pensar y abrir debates, aunque no estemos del todo de acuerdo con las ideas que exponen tal y como me ha pasado en buena parte aquí—de hecho, son precisamente estas disonancias que más incitan a pensar, ya sea para contraargumentar o encajar nuevas ideas en nuestros esquemas mentales.
Eudald Espluga propone que la fatiga es el rasgo diferencial de nuestra época y que la solución es la suspensión total de la subjetividad, dejar de ser nosotros mismos. Es muy cansado eso de ser emprendedores de nosotros mismos, trabajar para hacer crecer nuestra marca personal tanto en horario laboral como en tiempo libre, este no parar de reinventarnos y actualizarnos para ser más saludables, más sexis, más productivos y proactivos... No podría tener más razón al exponer el malestar que nos genera responsabilizarnos individualmente de todo lo que somos y podemos ser.
Quizás nos lamentemos por nuestros abuelos, por las pocas opciones que tuvieron en su vida, ya sea a nivel educativo, laboral, recreativo o sexual. Pero nuestra situación en el otro extremo de tener que decidir qué hacemos con nuestra vida prácticamente cada día o cada hora... no es mejor: nos coloca en un estado de duda, descontento y ansiedad constante—seguro ¿que estamos haciendo lo mejor que podemos hacer con nuestra vida? Esto me recuerda a un meme anarcoliberal que decía "no culpes al capitalismo por tus pobres decisiones vitales". Ciertamente, no todos estamos hechos para enfrentarnos a esta constante inestabilidad ni tenemos conocimiento o fortuna para tomar decisiones acertadas en todo momento. Nunca nuestra sociedad había sido tan grande ni tan compleja como hoy, nunca tantos factores y tan distantes habían influido en nuestras vidas. Pretender que el buen destino de nuestra existencia dependa exclusivamente de nuestras decisiones racionales implica colocar un excesivo peso de responsabilidad sobre nuestros hombros y de ahí viene parte de esta gran fatiga.
Si bien comulgo con el diagnóstico —tenemos fatiga—, disiento con las causas que expone Espluga y, por tanto, también con los remedios. El ensayo adolece de un exceso de intelectualismo filosófico, no es únicamente el hecho de que sólo busque las causas en la difusión de ciertas ideas malignas sino que minimiza o desprecia las causas más materiales como lo es la tecnología que utilizamos. Así pues, rechaza las pantallas y las redes sociales como origen del problema. El ensayo ubica el auténtico origen del mal en la idea de que "el trabajo nos hará felices" y la consecuente cultura de la autoayuda, la autosuperación y la autorrealización. Por eso se dedica a trazar el origen de tales ideas y señalar a los culpables de haberlas formulado o extendido. Apunta que el origen de la fatiga no son las pantallas sino la imposibilidad de desaparecer, pero precisamente, si no podemos desaparecer se debe a que estamos permanentemente conectados a internet puesto que el móvil es una extensión más de nuestro cuerpo.
Si toda nuestra vida se ha convertido en un trabajo de superación y realización personal no se debe únicamente a unas ideas sino a la realidad material producto de la tecnología que utilizamos y que está virtualizando cada vez más nuestras vidas. Por muy precarios que nos consideremos al compararnos con los de arriba, ya no trabajamos para sobrevivir tal y como hacían nuestros abuelos, trabajamos en una economía de la atención para ampliar nuestro estatus y capital sexual. Si no tuviéramos tantas máquinas, robots, ordenadores y asiáticos que trabajan por nosotros, no podríamos dedicarnos a fatigarnos para intentar mejorar nuestra marca personal y deprimirnos cuando nuestra marca se encuentra estancada o quiebra.
Ciertamente, aquellos que analizamos y ponemos palabras al mundo, también lo moldeamos, pero no olvidemos nunca el conjunto de la sociedad y el sistema tecnológico que crea las condiciones materiales en las que vivimos todos, incluido los que nos podemos dedicar a escribir sin tener que doblar el lomo para subsistir. Quizás es posible realizar un ensayo puramente filosófico cuando tratas temas abstractos pero si lo que quieres es analizar una sociedad tan enrevesada como la actual es imprescindible contrastar datos, estudios y múltiples fuentes de información más allá de las más filosóficas y literarias o puedes acabar con una visión muy sesgada y parcial de la realidad.
Dedica demasiadas páginas a conceptualizar a los milenials, el neoliberalismo o la cultura de la autoayuda como si quisiera dar con la descripción definitiva. Es importante aclarar los conceptos a modo de introducción, para después poder entendernos y pasar a profundizar en el tema que queremos tratar, pero aquí me parece como si la introducción conceptual ocupara el grueso del libro, como si no terminara de arrancar y entrar en materia.
Tiene mucha razón al señalar la dimensión colectiva y política de las problemáticas que vivimos en nuestra vida digital así como de sus posibles remedios pero discrepo con su rechazo a la dimensión personal como es el hecho de que somos adictos a las redes. Somos adictos y al mismo tiempo NOS HAN HECHO adictos, una cosa no quita la otra. No hace falta desresponsabilizarnos por completo para denunciar la gran responsabilidad que tienen los imperios digitales respecto a nuestro malestar. Apunta que la violencia inmobiliaria o la pobreza energética son mucho más representativos de los milenials que la adicción a las redes, pero es precisamente ese vivir permanentemente en un mundo virtual desconectado de nuestra realidad más inmediata que nos permite ignorar y tolerar toda la precariedad del mundo.
Es chocante que un ensayo que quiere cuestionar el clasismo tenga una mirada clasista a lo largo de toda la obra: sobredimensiona la moda del wellness y detox digitales, una moda circunscrita a las clases acomodadas, al igual que la cultura del rendimiento y la autorealización, y las generaliza y extrapola a toda la sociedad, incluyendo a la gente más desfavorecida. Espluga defiende que tal cultura se ha apoderado del debate público y nos empuja a obsesionarnos con hacer una vida siempre más sana, productiva y eficiente y que es el defecto en cumplir estos estándares tan elevados que nos produce una fatiga y malestar profundos. Y tiene toda la razón, pero sólo para aquellos que hemos tenido la suerte de criarnos en familias que nos han facilitado cursar estudios superiores. La gente que está más jodida económicamente tiene suficiente trabajo en salir adelante como para preocuparse por llevar una dieta equilibrada o leer libros de autoayuda.
Es curioso cómo hemos llegado a conclusiones tan opuestas sobre un mismo fenómeno, yo soy del parecer que las redes sociales nos distraen imposibilitando la concentración y hacer algo productivo mientras que Espluga cree que es justo lo contrario: señala que son las mismas plataformas digitales que nos incitan a utilizar su tecnología para ser más eficientes y productivos. Sin embargo, sólo hay que ver el número de descargas de las apps que limitan el tiempo de uso del móvil para darse cuenta de que su uso es muy residual y que la gran mayoría de usuarios seguimos atrapados y distraídos 3 horas y media cada día haciendo scrollings infinitos y picoteando información muy poco nutritiva. Es de hecho la gente más pobre que está atrapada más horas en las pantallas puesto que la gratificación que obtienen es más barata e inmediata que la que podrían conseguir en el mundo real.
Rechaza la autorrealización laboral, el “dogma del trabajo” tal y como lo llama, y en su lugar propone Paul Lafargue (hijo de un acaudalado propietario de plantaciones de café en Cuba) y su “derecho a la pereza”, pero no creo que la vagancia sea la solución para la mayoría de mortales. Intuyo que se trata de una discrepancia terminológica: Espluga y Lafargue detestan el trabajo asalariado y alienante, no el trabajo autodeterminado. Para sentirnos bien necesitamos contribuir al bien común, sentirnos útiles para los demás, sentir que ayudamos de alguna forma, ya sea asalariadamente a cuenta ajena o no, y todo esto también es trabajo. La vagancia o satisfacción de caprichos personales son satisfactorios como recompensa por el trabajo realizado, pero cuando son nuestra principal actividad pueden convertirse en nuestra perdición.
Entiendo la idea del título y la celebro, pero no creo que sea la mejor forma de expresarla, ya que es muy fácil hacer una lectura errónea. "No seas tú mismo" remite a falsear nuestro yo o bien al suicidio (aunque viendo que el autor romantiza tanto la idea del suicidio no me extrañaría que éste fuera el auténtico significado que quiere transmitir), por eso no creo que pueda funcionar como eslogan político. Lo que me parece más importante es quitarle importancia a nuestro yo para devolverla y equilibrarla con la de nuestra comunidad: ¡nos sobra identidad personal y nos falta mucha identidad colectiva!
“Dejar de ser nosotros mismos” es una idea que choca frontalmente con el identitarismo (o políticas de la identidad), un fenómeno ideológico cada vez más extendido—tampoco es extraño viendo que pasamos más y más tiempo en redes sociales donde sólo hay sitio para nuestro ego y poco más—por lo cual hubiera sido muy interesante aprofundir en este choque. Según el autor, el auge del narcisismo no se debe al acceso a los móviles y el diseño de aplicaciones como Instagram sino a la cultura de la autoayuda, pero entonces habría que explicar por qué ahora que estamos enganchados a redes visuales donde las selfis son los contenidos que dan más likes somos mucho más narcisistas que hace 15 años, cuando el contenido más popular de internet eran los blogs y nos dedicábamos a escribir y leer textos extensos y elaborados.
Ya para terminar y como ex-adicto a los memes con recaídas ocasionales, quería exponer mi desacuerdo con su reivindicación de los memes tristes y nihilistas como herramientas subversivas para hacer frente a la dictadura de la autoayuda y el productivismo. No tiene nada malo consumir o compartir algún meme de vez en cuando, el problema son los canales de memes y las redes sociales que nos los ponen en bandeja y sin freno, convirtiéndolos en droga visual. Políticamente es muy importante visibilizar y compartir el malestar para organizarnos y combatirlo conjuntamente, pero no todos los medios con los que lo compartimos son igualmente válidos a la hora de llevarnos a la acción. No podemos esperar que los chistes virtuales nos emancipen de nada, no son un medio que facilite la comprensión y concienciación de una problemática con la esperanza de hacer algo al respecto. Su formato ultra-reducido nos proporciona información extremadamente fragmentada y descontextualizada de forma que dificulta enormemente vincularla con conocimientos previos para asimilarla. En otras palabras: los memes pasan a través nuestro sin nutrirnos, su único efecto es una fugaz carcajada o sorpresa, narcotizan nuestro malestar y por eso siempre queremos más. Los memes nos hacen fugazmente conscientes de nuestra soledad, tristeza y precariedad, pero también nos ayudan a tolerar nuestra miseria riéndonos de ella. El medio es el mensaje: cuando nos contamos chistes en el mundo real, no caemos tanto en el nihilismo y la desesperación como lo hacemos en internet ya que difícilmente caemos en estas emociones cuando estamos al lado de gente que amamos.
El problema al que nos enfrentamos no es únicamente una idea o cultura sino también y muy especialmente la tecnología que utilizamos diseñada de acuerdo con los intereses económicos de unas pocas empresas privadas en lugar de sus usuarios. Mientras nuestras relaciones sigan siendo mediatizadas por Alphabet o Meta (Google o Facebook), no podemos pretender superar la fatiga, malestar y desencanto con la vida. Por eso es tan importante contrastar la visión redes-friendly de Espluga con visiones más críticas con la tecnología que utilizamos (totalmente indisociable de los intereses de las empresas que la diseñan) y en este sentido no puedo hacer más que recomendar otro ensayo con enfoque filosófico como es “Stand out of our light” de James Williams traducido al castellano como "Clics contra la humanidad".
Acabo con este fragmento que me ha divertido y sobrecogido a partes iguales: “¿Qué hacemos entonces? ¿Nos abandonamos al ritmo febril de las notificaciones, al torrente de whatsapps, al nihilismo de las actualizaciones? ¿Aceptamos las cookies y la depresión?”