Última parte de la trilogía y siendo así la última reseña que voy a hacer de esta saga, no me quiero dejar clavos sueltos. Este libro al menos no baja el listón de "Dos copas en Sitges" (no era muy difícil) pero podría habérselo ahorrado y poner las cuatro situaciones contadas que aportan algo en la anterior novela y no hacer otra más con quinientas y pico páginas donde el 80% es pura paja.
La narrativa es igual de repetitiva e intrascendente que su lenguaje. Las situaciones se mantienen estáticas durante capitulos o incluso se repiten, pareciendo que se lea lo mismo una y otra vez, como la situación de Gael y Oasis con las drogas o el tonteo repetitivo e insulso entre Mauro e Iker. Además estos párrafos introductorios en algunos capítulos como intentando ubicarte en la historia se hacen eternos, más aún cuando no hay nada en lo que ubicar, esto es todo un despropósito sin hilo argumental. También están esos párrafos entre diálogos que ocupan más que el propio diálogo y solo dicen información intrascendente y aclaratoria, como si fueras lerdo y necesitaras constantemente al autor apuntandote con el dedo a donde tienes que mirar.
Por poner un ejemplo de estos pasajes redundantes:
«Odiaba ver ese dolor en sus ojos, lo que más solían expresar. Transmitía tanto con solo una mirada... O al menos así lo pensaba Iker. Ellos siempre se habían entendido con solo mirarse, con un simple gesto. Desde el principio había sido así»
Ahí tenemos al autor haciendo volteretas para ver cómo puede alargar más el párrafo sin aportar nada. Algo muy característico de su estilo, como esas repeticiones de sinónimos : «sentía deseo, pasión, lujuria», que no se si esto es lo que él llamaría "poético".
La novela tiene diálogos dignos de una conversación de adolescentes comiendo pipas en un banco (para ser un grupo de amigos que ya pasan los veinticinco, tienen conductas de chiquillos) y, como de costumbre, referencias constantes a la cultura pop. Estoy seguro que, sí el autor hubiera podido, habría incluido en el libro los GIFs con la energía más millennial que hubiera encontrado por internet. Lo referencial no tiene valor de por si, y menos cuando su objetivo no es más que el lector diga "¡jaja, he pillado está referencia a Aquí no hay quien viva!"
Este volumen ha sido puro fanservice, tanto al meter a todos los personajes que han salido en la trilogía en un mismo barco, al más puro fanfic de enredos, como con las menciones fugaces de celebrities. Si bien es agradable una novela que esté localizada en la actualidad y las menciones a personajes actuales, como las drags que actúan en el barco y en la Shantay Party, la mención superficial carece de valor. El autor no se controla y te mete a cucharadas personaje mediático tras personaje mediático hasta que vomites. ¿Que función tiene la presencia de estas celebrities? Ninguna, que las reconozcas...y ya. Este despropósito alcanza su punto más alto en esa cena con influencers, donde en cada diálogo va saliendo uno nuevo; que si Malbert, Uy Albert, Tigrillo, Fizpireta... Tienen su momento de fama (un diálogo) y a partir del siguiente párrafo desaparecen sin dejar rastro. Su presencia es insulsa porque esa es su función, hacer un cameo rápido del que te olvidas en cuanto aparece el siguiente.
Volviendo a sus personajes. Mauro, esa Mary Sue feucha que no para de tropezarse, taparse la cara de la vergüenza cuando alguien dice la palabra "sexo" y que, por algún motivo inexplicable, tiene a Iker Gañán comiendo de la palma de su mano... ¿Que ha pasado con Mauro y por qué ahora la gente se lo quiere follar? Hasta lo que yo sabía, Mauro es un hombre que dista de los cánones de belleza, pero ahora, sin mover un dedo, tiene a un griego guaperas agarrándole de la cintura mientras se muerde el labio de las ganas que le tiene.
La única cosa que tengo clara respecto al personaje, es que Mauro tiene aversión a desarrollar una personalidad. El autor se ha esforzado todo lo posible en que este tenga la caracterización más gris y blanda posible, seguimos teniendo al paleto de siempre, que parece Mowgli recién salido de la jungla, que no sabe ni encender un aire acondicionado porque el mando tiene muchas teclas y que lo flipa cuando sube a un AVE al ver que los cristales de la ventana son como...muy grandes.
Es evidente que la principal función de Mauro es ser relatable (¿quién no ha tenido problemas con su cuerpo?), pero es cuando se intenta forzar este vínculo con el lector que el personaje fracasa. Mauro es un personaje simplón, que intenta apelar al público de una forma absoluta, y para ello se evita que de una opinión solida sobre cualquier tema que pueda hacer que alguien discrepe y se sienta incapaz de verse reflejado. En fin, que con este afán de crear el personaje "relatable" se consigue todo lo contrario, que el personaje se quede totalmente plano y no llegue a nadie porque no tiene nada que decir. Es por eso que cuando le preguntan su opinión sobre la monarquía española, su única respuesta es : "jaja , pues no sé y tampoco me importa."
Luego seguimos en las mismas con el bodypositive de mercadillo; ya sabemos que te ponen como un burro los hombres musculados, pero disimula un poco, y más cuando esta es una novela sobre la aceptación de uno mismo y tu protagonista es un gordo buscando aceptar su cuerpo. En esta situación, ¿alguien se va a creer que el guaperas de gimnasio ha enamorado de Mauro por su belleza interior cuando el culmen de la belleza son siempre las personas opuestas a él? En toda la trilogía no hay ni una descripción que mire con belleza el cuerpo de Mauro, que sería lo mínimo a esperar.
Iker Gañán obviamente sigue siendo la fantasía más heterotrillada que podría ocurrírsele, el macho fibrado, malote, y violento pero que es una maquina sexual. Pero ahora, a esta personalidad rancia, se une la dinámica "de pareja" con Mauro, con escenitas de el machito cabreándose y lanzando vasos contra el suelo para que luego venga Mauro tras él a ponerle una mano en el pecho y a decirle "No, mi gordi. Contrólate, se que puedes. Hazlo por mí." Este libro, por mucho que esté ambientado en un crucero gay, huele a heterosexualidad, y de la rancia.
Y ya por último, esa carta final del autor que me ha hecho reírme con su: "No me critiqueis. No podéis opinar de las experiencias que relato porque son muy reales" como si esto no fuera un libro que el ha puesto bajo su visión y además su pésima escritura. Nadie dice que los problemas que mencione sean buenos o malos, solo su forma de abordarlos (o acaso hace falta recordar las escenas sexuales descaradamente morbosas de Gael en la primera novela cuando trabajaba en la prostitución). Esa carta confirma lo que yo ya he mencionado en mis dos anteriores reseñas, que este se cree aquí un profe y viene a darte clase, porque el considera que esto que hace es activismo y tú tienes que salir de su novela educado. Su trato de los problemas no es profundo ni aporta nada, es un simplón "dar visibilidad", y es por eso que dispara los problemas a ráfaga de metralleta y, a pesar de los disparos, sales igual que entras.
Y bueno, aquí dejo unas últimas citas, que, si no llegan a superar la magistral referencia al corazón delator al compararlo con un pene palpitando en un calzoncillo del anterior volumen, siguen siendo de primera calidad de la vergüenza ajena:
-«Oasis asintió con la cabeza al mismo tiempo que daba a entender que siguiera. El pene de Gael fue desapareciendo poco a poco, con lentitud, dentro del influencer. Una vez estuvo introducido casi por completo sintió que había desbloqueado al fin el último nivel de un videojuego.»
-«Estaba disfrutando de lo lindo. El ano de Oasis se fue abriendo con la ayuda de Gael. Ahora estaba lleno de saliva, y la lengua del colombiano sabía a él. Una lengua que no dejaba de vibrar, que no se detendría ni por todo el dinero del mundo, porque había encontrado un tesoro.»
-«Un beso que sabía a ellos y a sol, a lágrimas y a sal y a agua. Pero también a finales que estaban escritos desde un principio y que, por más que se quieran evitar, estaban destinados a ser.»