Carlos Eduardo Feiling tenía todas las condiciones y talento literario (y ya lo había demostrado) para transformarse en uno de los mejores exponentes de la narrativa argentina. Al momento de publicar este libro en 1996, ya había escrito una novela policial, “El agua electrizada” (1992) y un libro de poemas, “Amor a Roma” (1995). Póstumamente, se publicaría una compilación de sus textos críticos y periodísticos en el año 2005.
Pero la temprana muerte lo sorprendió en 1997 luego de perder su lucha contra la leucemia truncando una incipiente y probablemente excelente carrera en la literatura nacional.
Es la segunda vez que leo “El mal menor” y nuevamente me fascino con su excelente forma de narrar lo que sucede en esta novela, que es, como dice Ricardo Piglia, quien lo admiraba mucho, “Frente a la lógica del género, Feiling toma una decisión muy sagaz: en su novela el terror es del orden de los personajes y no incumbe a los efectos de la narración. 'El mal menor' no es un relato de terror sino sobre el terror. Algunos de los protagonistas inolvidables de la novela son los que se mueven en un mundo aterrador y ven lo que los otros no ven, y sufren las consecuencias de su sombría clarividencia.”
Para lograr ese fluidez y convicción en el relato, Feiling va contando lo que sucede en alternando entre la primera y la tercera persona cuando pasa de un capítulo a otro.
La historia, que se inicia con lo que le ocurre a Inés Gaos, la protagonista principal de la novela y en donde comienza a experimentar ese terror del personaje que comenta Piglia.
Un suceso realmente aterrador le anticipa todo lo que va a vivir y lo que tendrá también que atravesar el lector, puesto que las cosas se pondrán realmente feas.
A partir del segundo capítulo, conocemos al personaje de Nelson Floreal, un vidente paraguayo devenido en una especie de John Constantine de San Telmo, y que es un místico que vive con su madre, doña Adela, quien a pesar de ser parapléjica, tiene poderes aún más importantes que su hijo.
Junto a otros personajes (Leopoldo, Alberto, Max y algunos más), todo sucederá vertiginosamente.
Luego de que se nos introducen los hechos, comenzamos a enterarnos de que los distintos personajes son “arcontes”, “prófugos” y “soñadores”; que todo lo que les pasa o en los poderes que poseen están relacionados con una dimensión que excede a la realidad y que se llama “El Cerco”.
En un pasaje del libro nos es explicado con detalle:
“Los sueños son reales. Mientras dormimos, nuestro cerebro, desprovisto de estímulos externos, necesita contarse historias porque de lo contrario su inactividad le resultaría dañina. Estas ficciones de la mente, con todos sus personajes, objetos y espacios,
subsisten durante un tiempo –lo que dura el sueno– en una zona o dimensión paralela a la de la vigilia. El acceso de una dimensión a la otra no es imposible, pero supone un esfuerzo de la voluntad que esta ausente de los personajes del sueno, que por lo común solo ejecutan su papel, o que una persona de la vigilia sepa como cruzar del otro lado y desee hacerlo, ya que nadie ha vuelto de allí con sus facultades intactas.
Hay una tercera zona o dimensión llamada El Cerco. Es la frontera entre las otras, y la que garantiza que el mundo tal cual lo conocemos siga existiendo. En cualquier época de la historia humana ha habido doce personas, por lo común mujeres, que tienen el deber de preservar El Cerco. Son los arcontes, los que nunca suenan. Mucha gente posee la sensibilidad necesaria para convertirse en arconte, y de hecho la mayor parte de los seres humanos ha intuido alguna vez en su vida que los sueños existen, transcurren en algún sitio. No obstante, nadie se convierte en arconte sin que otro arconte lo designe su heredero y le ensene a no sonar, a desplazarse por El Cerco y a leer los sueños de las personas comunes. Cada arconte conoce la identidad de los otros once, y puede con esfuerzo y paciencia comunicarse con ellos a través de largas distancias, aunque no lo hace a menudo porque resulta muy doloroso y complejo. Desplazarse por El Cerco tampoco es algo que los arcontes hagan con frecuencia, ya que el placer de prescindir de las ataduras corporales entraña la tentación de no regresar jamás a ellas."
Para no seguir adentrándome en el argumento ni generar ningún tipo de spoiler, dejo sólo esa frase explicatoria para aquel lector que quiera interesarse en este libro tan particular e intrigante.
Es de destacar la lucidez y lo convincente en el relato de Feiling para llevar adelante esta novela tan especial y con tantos pasajes de auténtico terror y sucesos fantásticos y sobrenaturales que además se desarrolla en tres ciudades, Buenos Aires, La Habana y Londres, pero que también contiene muchas dosis de humor, cotidianeidad porteña, características propias de la idiosincrasia argentina y una historia muy pero muy original.
No recuerdo haber leído novelas parecidas y nuevamente lamento la desaparición física de C. E. Feiling. Creo que hubiera disfrutado de sus libros tanto que me los habría comprado todos. Seguiré con "El agua electrizada" a modo de homenaje para este escritor argentino tan peculiar.
Por algo Ricardo Piglia no estaba errado...