Como era previsible, las diversas tramas que el maestro Moore urde en el primer libro de la trilogía comienzan a cobrar perfecto sentido en este segundo volumen. De nuevo, una clase maestra de cómo narrar, de cómo despertar nuestro sentido de la maravilla, de cómo dotar de plena personalidad a cada uno de los simpáticos personajes que forman parte de la Banda de los Muertos Muertos, fantasmillas que recorren el complejo mundo espiritual de los Boroughs de aventura en aventura, y que resultan cruciales para la resolución de este segundo capítulo de la épica saga concebida por el barbudo de Northampton.
Si el primer libro cocía a fuego lento cada ingrediente de su compleja receta, este nos introduce de golpe y porrazo en una dimensión alucinante; el que seamos capaces de al menos hacernos una idea de la complejidad de este mundo en cuatro dimensiones es testamento suficiente de la inconmensurable capacidad de Alan Moore para crear, de su talento innato de escritor. A lo largo de sus densísimas páginas, conoceremos en detalle la extraordinaria mitología concebida por el autor, nos horrorizaremos con las arteras celadas tendidas por el maligno Sam O'Day y, aunque sepamos de antemano el resultado, contendremos el aliento cuando el celestial Mike trate de lograr lo imposible en la mesa de trillar. Todo ello, ornado por un preciosismo en el lenguaje difícil de encontrar hoy en día, en el que prima la eficacia sobre el estilo, pese a que ambas virtudes narrativas no están reñidas en absoluto.
Resulta importante señalar que, a pesar de todos los fuegos de artificio que utiliza Moore, a pesar de toda su envoltura no ya posmoderna, sino revolucionaria, el escritor utiliza el molde narrativo más antiguo y a prueba de bombas existente: una presentación (The Boroughs), en la cual, como su propio nombre indica, se presenta a los personajes y la acción que va a tener lugar, así como el tiempo (en este caso, tiempos) y el espacio; un nudo (Mansoul), en el que tiene lugar la acción principal que desencadenará la conclusión, que, obviamente, corresponderá al último volumen, Vernall's Inquest. Como se puede ver, Moore no inventa la rueda, ni falta que le hace: con mimbres tan antiguos como la mismísima Epopeya de Gilgamesh, el autor es perfectamente capaz de crear una historia susceptible de causar asombro por su complejidad, profundidad y belleza. Que nadie diga que se trata de una obra hermética, pesada, difícil de leer. Esto es absolutamente falso. Nos hallamos ante un relato espléndido, una obra épica que forma parte de una tradición clásica que se remonta a Homero, al alcance de todo lector con una mínima cultura y bagaje a sus espaldas.
Hay que leerla.