Cuando los libros de Historia son buenos, aguantan perfectamente el paso del tiempo, y este es uno de esos casos.
Publicada a finales del siglo XIX, la Historia de Roma de Theodor Mommsen es uno de esos clásicos que dejan huella en las siguientes generaciones de historiadores. En estos dos primeros libros, el autor nos introduce en los orígenes de Roma y llega hasta el momento en el que, tras muchísimas luchas con el resto de pueblos de la zona, consiguen la unificación de lo que hoy conocemos como la península itálica, aunque sin llegar todavía a los Alpes.
La Historia que nos cuenta Mommsen está libre de mitologías e intenta ceñirse a las fuentes escritas lo máximo posible, allí donde estén. Por eso, esos primeros años de Roma aparecen casi carentes de nombres propios, con algunas excepciones, y también con pocas fechas. Explica el autor que en aquel momento los calendarios eran tremendamente complejos, con meses de diferente duración, y que se iban ajustando para ceñirse, lo mejor posible, a la rotación solar.
En ese aspecto cronológico, lo mejor que tiene el libro es que Mommsen respeta las fechas romanas (marcadas desde la fundación de Roma) y las fechas de antes de nuestra era, a las que estamos acostumbrados, aparecen simplemente entre paréntesis (en los márgenes en la edición original) por si alguien quiere ubicarlas en la historiografía tradicional. Y ese es todo un acierto, porque nadie ha vivido jamás en una cuenta atrás, y menos los romanos que siempre iban hacia adelante, aunque a veces lo hiciesen a trompicones y con muchísimas pérdidas de vidas humanas.
El libro de Mommsen habla de derecho, agricultura, industrias, pesos, medidas, escritura, religión, organización militar, guerras, arte (que el autor minusvalora) y la representación popular casi desde los inicios (que el autor envidia).