Leer esta novela es como haber dado un paso hacia un abismo, un abismo emocional que te arrastra sin que puedas evitarlo. No es una historia que te deje indiferente, ni mucho menos. En mi caso, la sensación que me dejó fue difícil de describir con palabras, como un nudo en el estómago que no desaparecía, una sensación de incomodidad que me acompañó mucho tiempo después de cerrar el libro.
Desde el primer momento, la protagonista, Mary, me atrapó con su voz sincera, directa y cruda. Está tan bien construida que me sentí como si estuviera escuchando sus pensamientos en voz alta, tan cercanos y veraces que no pude evitar pensar en mi propia percepción de las dificultades que enfrenta una joven como ella, nacida en una familia pobre, en la Inglaterra rural de 1830. Cuando Mary me dice que está escribiendo con su propia mano, algo tan simple pero cargado de significado, el acto de la escritura se convierte en un símbolo de libertad y, a la vez, de desesperación. Su relato se me presentaba casi como un grito de auxilio, como si ella misma estuviera luchando por comprender lo que le ha tocado vivir, y al mismo tiempo, nos estuviera pidiendo que la escucháramos, que la tomáramos en serio.
La crudeza de su vida, el trabajo agotador en la granja, la opresión de su padre y la vida limitada que le ofrece la sociedad de su tiempo, me entristeció, pero lo que más me impactó no fue tanto lo que sucedió, sino cómo lo contó. Mary no tiene filtros; su estilo de escritura es simple, directo, pero cargado de una fuerza emocional impresionante. No hay adornos literarios ni complejidades; solo palabras secas, dolorosas y honestas, que te hacen sentir la angustia de su vida.
Y, sin embargo, dentro de toda esa miseria, había momentos de luz. La relación de Mary con su abuelo, por ejemplo, estaba llena de ternura y complicidad. A través de sus ojos, vi cómo ella percibía el mundo, cómo disfrutaba de los pequeños detalles, cómo el amor y la familia podían ser una forma de resistencia ante un mundo hostil. Pero también me di cuenta de que no podía sostenerse por mucho tiempo en ese refugio.
La historia de Mary es, al fin y al cabo, la historia de todas las mujeres que fueron silenciadas y desplazadas en una sociedad que no les ofrecía ni voz ni espacio.
La transformación de Mary a lo largo de la novela es brillante. El simple hecho de aprender a leer y escribir, un acto tan elemental para nosotros, se convierte en un hito trascendental para ella. A través de la escritura, Mary empieza a entender mejor su mundo y, a medida que avanza el relato, la escritura se convierte en una vía para enfrentar sus propios demonios.
El final, la verdad es que me sorprendió , es incómodo, y, a la vez, impotente. Cuando llegué al desenlace, comprendí que la historia no solo se trata de lo que le ocurre a Mary, sino también de cómo el sistema, la sociedad y las personas que la rodean la arrastran hacia un destino que ella no puede controlar. El acto de escribir, que al principio parecía ofrecerle una salida, se convierte en una trampa, un recordatorio de que a veces la voz es un arma de doble filo, y que, al final, lo único que puede escapar es la historia misma, no necesariamente la persona que la cuenta.
Esta historia no me dejó solo con una sensación de tristeza, sino con la sensación de haber tocado algo mucho más profundo, algo que no se puede describir fácilmente. Es una llamada de atención sobre el poder del silencio, la injusticia y el sufrimiento humano, todo contado a través de los ojos de una niña que, por el simple hecho de aprender a leer y escribir, se convierte en una voz que no podemos ignorar.
Del color de la leche no es solo una novela que se lee, es una historia que se siente, y aunque el malestar que provoca no desaparece fácilmente, me quedo con la sensación de haber experimentado algo que nunca olvidaré.