Simone Weil es ese personaje políticamente incorrecto que aún habiendo sido activista sindicalista y revolucionaria, no le tembló la mano al hacer críticas profundas a la izquierda, al marxismo y al comunismo, las cuales se ven también en este ensayo. Y así como era incómoda para la izquierda también lo resultaba para la Iglesia por su poca ortodoxa filiación católica, digamos que su pensamiento no es teológicamente correcto (como un paralelo de lo políticamente correcto). Weil se da licencias, incluso arriegadísimas, tomando en cuenta que este escrito es de su último tiempo mucho más apegado al pensamiento católico, no obstante, pese a esos arriesgados giros doctrinales, termina llegando al mismo punto. Es una pensadora católica capaz de poner en jaque a la propia doctrina, interpelarla, sólo para llegar al camino mismo de la verdad. Y hablaré en estos términos sin relativizarlos, ya que son los que usa Weil: la verdad, la justicia, la belleza y el amor. A ellos se accede, dice Weil y dice la doctrina católica, a través de la gracia. Hay una universalidad ahí que la autora establece y que reseñaré desde ahí.
No obstante, la búsqueda de ese bien ulterior expresado en la verdad, la justicia, la belleza y el amor, sobre todo el amor, para Weil halla un obstáculo en la concepción de persona. Pues, como dice Agamben en la nota introductoria, la autora toma el concepto de persona venido del teatro antiguo, en el que la palabra para designar a las máscaras que llevaban los actores se denominaba “persona” y de allí pasó a llamarse así a los propios personajes, y es el Derecho el que toma este concepto desde lo jurídico para denominar al sujeto de derecho. Este error del lenguaje para Weil es en sí un error de pensamiento. Esa persona escindida del ser gracias al Derecho jurídico no es la causa de que sea respetada por el otro. Es respetada por la coacción, por la fuerza que está detrás de la noción de derecho (venida con la Declaración de los Derechos Humanos de 1789) que es un impulso reivindicativo el cual, para la autora, genera más problemas de los que soluciona.
Esa constante reivindicación de derechos genera pugnas y guerras, y hace que la Democracia (partidista) sea ilusoria (pues todo se impone necesariamente por la fuerza). Esto es, el colectivo que integra a las personas, y que para Weil es lo que se opone directamente a la Justicia, pues para la pensadora es imprescindible que el ser sea impersonal. ¿Y a qué se refiere con impersonal? A la perfección. La persona según Weil, es la parte de error que hay en nosotros. “Todo el esfuerzo de los místicos se ha dirigido siempre a conseguir que no quede en su alma parte alguna que diga yo”. Esto, que es parte de la doctrina católica esencial para el acercamiento a la divinidad, no es más que el vaciamiento de sí mismo. No obstante, y pese a que con esto que digo parecería que este es un ensayo místico-religioso, en realidad no lo es. Es profundamente político; y creo que esto es lo esencial del pensamiento de Weil: llevar los asuntos espirituales al plano político y de la realidad social. Entonces, siguiendo el hilo de la imprescindible impersonalización como requisito indispensable para alcanzar el bien, la justicia y el amor, surge otra afirmación algo polémica: el colectivo es más peligroso que la persona. Esto porque con ello estaría poniendo en jaque tanto al marxismo como al catolicismo, en cuyas bases están lo colectivo y la comunidad. Pero esto en apariencia. En realidad la autora va hacia otro lugar de lo colectivo. La colectividad proporcionaría una imitación falsa de lo sagrado que hay en el ser (idolatría) y tomaría en cuenta únicamente la plenitud de la persona. Aquí hace la autora una disquisición interesante: la lucha entre la Alemania y la Francia de 1940, desde el punto de vista espiritual, sería la lucha entre la ausencia de lo sagrado y la idolatría. Entonces la subordinación de la persona al colectivo es una operación hacia lo ficticio, lo abstracto, pues el colectivo no existe. “El peligro mayor no es la tendencia de lo colectivo a reprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse en lo colectivo”.
“El ser humano sólo escapa a lo colectivo al elevarse sobre lo personal para penetrar en lo impersonal”. Siendo lo impersonal la única forma de alcanzar lo sagrado que hay en cada uno. Y aquello que es sagrado está dado a conocer por la única operación del daño que se inflige al otro o que nos es infligido. Según Weil, la persona del otro no nos detiene a destrozarlo (sacarle un ojo, herirle) porque con ello no estaríamos destruyendo la persona, lo que nos detiene es justamente el saber que si alguien nos sacara un ojo se nos desgarraría el alma al pensar que nos han hecho mal. Esta conciencia de que nos hacen mal es lo que la autora considera primordial y que revela un estadio de inocencia aún preservado que es el que nos acercaría al Amor, al bien superior. Entonces, para la autora, antes del Derecho y los derechos debe estar la justicia, y está debería consistir en la finalidad única de evitar que el hombre haga mal al hombre. “En toda alma humana crece continuamente la demanda de que no se le haga mal”. Por consiguiente, Dios estaría encargado de la parte de esta alma que ha entrado en contacto con él; el resto del alma o el alma de quien no haya entrado en contacto con la gracia divina, estaría abandonada al azar y a la voluntad de los hombres. Es por ello que el propio ser humano es quien debe velar porque no se haga daño a los humanos. Esta es la interpretación de la Justicia que hace Weil. Y aquí otra sentencia polémica: quien propague el mal deberá ser integrado al bien infligiéndole el mal, porque así despertaría ese “grito del alma” que pregunta desgarradamente “¿Por qué me hacen mal?”, y entonces entraría en contacto con esa parte inocente de su alma, a la que habría que alimentar para que en algún punto se convierta en el propio tribunal interior de sí mismo para condenar sus crímenes pasados y entonces hallar el perdón en la gracia. Esta operación que parece rocambolesca es, sin embargo, una solución práctica-espiritual que el prologador Giorgio Agamben no ve, ya que su conclusión es que Simone Weil carece de respuestas y soluciones a las encrucijadas que plantea. Pero la filósofa también se adelanta a esta crítica cuando dice: “Pero hemos perdido totalmente incluso la noción del castigo. Ya no sabemos en qué consiste proporcionar el bien. Para nosotros se resume en infligir el mal. Por eso hay una cosa en la sociedad moderna aún más odiosa que el crimen, y es la justicia represiva”.
Para Weil ese tipo de justicia no es más que una venganza. Y a la respuesta a Agamben se podría añadir: “aquello que, siendo indispensable para el bien, es imposible por naturaleza, siempre es posible de forma sobrenatural”. Ella considera que en la existencia humana solo existe la opción entre el bien sobrenatural y el mal. Todo lo demás como democracia, derecho o persona son apariencias que no conducen al bien sino al contrario. Aquí puedo relacionar una frase de Chesterton: “Quiten lo sobrenatural y no se van a encontrar con lo natural sino con lo antinatural”.
Entonces, finalmente la idea de Weil es que el bien superior está por encima de instituciones, política y construcciones sociales. Es un bien impersonal y divino, y aquí reconoce una cierta paradoja que también señala Agamben (el hecho de que Dios en el catolicismo es Persona), sin embargo ésta estaría más relacionada con el traslado por parte de Boecio de la palabra persona desde lo teatral y jurídico a la teología trinitaria, a lo que en un principio los teólogos griegos llamaban hypostasis (que se puede traducir como existencia). Esto no significa mayor problema para Weil, quien sostiene que el mandato dado por Cristo es el de convertirse en hijos del padre, es decir, una imitación de sí mismo, lo cual es un orden impersonal. Es un abandonar el yo en pos del encuentro de la perfección divina, que no es otra cosa que la justicia, la verdad y la belleza. Finalmente, la conclusión de este ensayo se puede resumir en esta cita:
“Por encima de instituciones destinadas a proteger el derecho, las personas, las libertades democráticas, es necesario inventar otras destinadas a discernir y abolir todo lo que, en la vida contemporánea, aplasta las almas bajo la injusticia, la mentira y la fealdad”.