“-𝐻𝑎𝑦 𝑞𝑢𝑒 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟, 𝑐𝑎𝑚𝑎𝑟𝑎𝑑𝑎𝑠. 𝑆ó𝑙𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑎 𝑜𝑏𝑙𝑖𝑔𝑎𝑐𝑖ó𝑛. 𝑆𝑜𝑏𝑟𝑒𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟.
-𝑆𝑜𝑏𝑟𝑒𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟, 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟, ¿𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑞𝑢é 𝑐𝑎𝑟𝑎𝑗𝑜 𝑞𝑢𝑒𝑟𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑠𝑜𝑏𝑟𝑒𝑣𝑖𝑣𝑖𝑟?
-𝑃𝑎𝑟𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑎𝑟 𝑙𝑎 ℎ𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎, 𝑇𝑜𝑚𝑎𝑠𝑎.
—¿ 𝑌 𝑙𝑎 𝑑𝑖𝑔𝑛𝑖𝑑𝑎𝑑? ¿𝐴𝑙𝑔𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑣𝑎 𝑎 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑎𝑟 𝑐ó𝑚𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑑𝑖𝑚𝑜𝑠 𝑙𝑎 𝑑𝑖𝑔𝑛𝑖𝑑𝑎𝑑?”
Conocía la historia de “La Voz Dormida” de hace ya mucho tiempo, de cuando vi la película que el director Benito Zambrano filmó basada en ella, con Maria León e Inma Cuesta en los papeles principales. Pero eso fue hace muchos años, y creo que me he resistido a leer esta novela, como me ha pasado con muchas otras, hasta que se me olvidase un poco la trama. Así que cuando se me presentó la oportunidad de hacer una LC y leer de una vez este eterno pendiente, no lo dude. Aunque reconozco que por diferentes causas tuve mis dudas, ya que no sabía si este mes de agosto de 2004 era la fecha indicada para leer una historia, que ya sabía tan dura y brutal.
Madrid, finales de los años 30. En la cárcel de las Ventas las mujeres aprisionadas por pertenecer de alguna forma al bando republicano intentan sobrevivir con orgullo y dignidad a un escueto mundo de hacinamiento, condiciones higiénicas y sanitarias inexistentes, represión y apenas ver unos minutos por semana a sus familiares en el exterior. Y entre ellas se encuentra Hortensia, Tensi, embarazada, a la espera de su condena por haber sido guerrillera. y su alrededor se extiende una red de personajes que irán soplando las páginas de esta conmovedora novela. Están sus compañeras de prisión, la familia que ella ha elegido en las peores condiciones está su marido, Felipe, que junto a Paulino sigue luchando por la República y está su hermana, Pepa, que intenta sobrevivir entre el miedo, el hambre y la angustia. Su condena será la de tener que esperar a aquellos a quienes ama.
Si os pasa como a mí y habéis visto primero la película, debo deciros que, aunque lo que es el argumento se respeta muy fielmente, en la novela se da más importancia a muchos de los personajes que en el film tienen un papel meramente secundarios, creándose una obra mucho más coral y centrada en diferentes vivencias y situaciones.
Dulce Chacón nos trae una historia que nos habla de los autenticos perdedores de la guerra civil español, pero sin poner el ojo en los nombres republicanos más conocidos o en los grandes personajes. Los detractores de esta novela dirán que solo se ocupan de los horrores de una mitad de España, que solo pone su foco de atención en un único bando y que olvida que en una guerra el sufrimiento y la crueldad no son solo las prerrogativas de unos y otros. Y es verdad, ya que todo se centra en como el régimen nacional se cebo implacablemente con el republicano; tan solo se hace una somera mención a la masacre de Paracuellos del Jarama por parte de los republicanos. Es indudable que la novela solo cuenta una parte de la historia. Pero una que ni se debe olvidar. Las heridas que la guerra civil produjo en nuestro país son, y muchos aspectos, aún demasiado visibles para obviarlas, y es el deber de las personas que vivimos hoy en día, no olvidarlas y hacer un ejercicio más que necesario de memoria histórica. “La Voz Dormida” es una novela que nos habla de la gente de a pie, de personas de carne y hueso que fueron vejadas y humilladas en la derrota. Es una historia que nos lleva a los horrores de las prisiones en los primeros años del régimen franquista y el ensañamiento con los perdedores, a los fusilamientos indiscriminados y los juicios cruelmente previsibles, al hambre extenuante que padecía el pueblo llano, a la represión y al miedo feroz que empapo todos los planos de la vida cotidiana y la España de la postguerra y a los últimos coletazos de una República, herida de muerte que intentó hacer lo posible y lo imposible porque el sueño pudiera recuperarse, muchas veces con un optimismo que tenia más de febril y de utópico que de realista.
Una de las cosas que a nivel literario más me ha sorprendido gratamente de esta lectura es como cada uno de los personajes habla de una manera diferente según el lugar donde hayan nacido de la geografía española y su nivel económico y social. Eso consigue que la caracterización de cada uno de estos personajes resulte muy por lo creíble por lo individualizada que resulta, amenizada por como reproduce con mucha fidelidad como se hablaba en la España de la época, esa forma de expresarse que tenían nuestros abuelos y bisabuelos tan burbujeante y añeja, con un lirismo popular propio y llena de modismos y expresiones que cada vez se van perdiendo más en una sociedad en la que se aboga más por un lenguaje más directo, eficaz y ágil que cada vez va estandarizandose más y perdiendo muchas de sus raíces. Y eso da mucho color y encanto a una narración amena pero contundente, dura por las escenas que se dan entre su página y lo que cuenta y como lo hace. La prosa de Chacón es directa, pero a la vez tiene unos rasgos intimistas y líricas que ayudan a meterte en las duras condiciones de las cárceles de la España de la posguerra y sus terribles condiciones; en las calles de Madrid donde la gente se las traía y veía para lograr subsistir siempre con el ojo y el oído visor para no hacer o decir algo que pudiera traerles problemas; o en los bosques y montañas de la España profunda, donde las últimas guerrillas se afanaban por intentar construir algo parecido a un ejército que pudiera plantar cara al enemigo nacionalista, siempre a la espera de una ayuda al exterior que nunca se materializó. Y todo esto, unido a la brevedad de sus capítulos, hace que el libro se beba en un suspiro, de una manera sosegada y ágil. Quizás, cuando empecé a leer, hubo algo que no terminaba de convencerme, y era la manía de la autora de repetir la última palabra o palabras de la frase anterior para enfatizar lo que quería decir. Pero poco a poco, al ir sumergiéndome en su vibrante y demoledora pluma, acabe, perdonándole esa técnica que, realmente usada con tanta frecuencia como en este caso, no suele convencerme mucho.
Si hay algo que me con sorprendió mucho encontrarme en este libro cuando lo empecé fue lo estupendamente bien que fluye la voz narrativa de la fallecida Dulce Chacón. El ritmo de la novela es ágil y saltarín, pasa de una manera orgánica y nada abrupto de un personaje a otro. Y la forma de narrar es profundamente intimista y aunque directa, también es muy delicada. Como las aguas de un río penetra poquito a poco en ese suelo rocoso que es el interior de los personajes, consiguiendo que el guiar al lector por una corriente que le lleva a conocer todos los recovecos de los personajes, sus claroscuros, sus intimidades, aquello que esconden en lo más remoto de su ser; pero no por ello deja de herirles, de moverse en su interior como un animal enjaulado, que les empuja a actuar y a luchar incluso cuando todo este perdido. A ser “𝘗𝘢𝘭𝘢𝘣𝘳𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘶𝘷𝘪𝘦𝘳𝘰𝘯 𝘴𝘪𝘦𝘮𝘱𝘳𝘦 𝘢𝘩í, 𝘢𝘭 𝘭𝘢𝘥𝘰, 𝘥𝘪𝘴𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴. 𝘓𝘢 𝘷𝘰𝘻 𝘥𝘰𝘳𝘮𝘪𝘥𝘢 𝘢𝘭 𝘭𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘣𝘰𝘤𝘢. 𝘓𝘢 𝘷𝘰𝘻 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘲𝘶𝘪𝘴𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘢𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰𝘴 𝘩𝘢𝘣í𝘢𝘯 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘰.”
Las duras condiciones de las cárceles femeninas de la posguerra y la bonita amistad que se forja a hierro y fuego entre un grupo de mujeres que tratan de subsistir al horror, el miedo y la crueldad con valor y dignidad, siempre fieles a sus principios y a su amistad, será el punto de partida que nos guiará, como los hilos de la tela de una araña, a conocer otras realidades fuera de los muros de la prisión. Y nos presentara a toda una galería de personajes con unas biografías que representan a una España famélica y temerosa, entrelazadas unas con otras como las telas de un tapiz. En este entramado habrá pequeños adornos a modo de cuentas en forma de diferentes menciones a episodios y personajes de la época, como las 13 rosas (los jóvenes que también estuvieron encarceladas en Las Ventas y que fueron fusiladas de forma oculta y cobarde una noche de agosto) o la destrucción del pueblo de Belite , entre otros varios episodios. Y que sazonarán un argumento plagado de juicios sumarios, los terribles paseillos, fusilamientos a la luz de la luna entre tinieblas, cárceles, que, como animales sangrientos abren sus bocas para tragarte y nunca dejar que huyas, y familiares que no podrán enterrar a sus muertos porque nadie se digna a decirles donde están. Y ese medio de ese horror donde brillan los pequeños actos de generosidad y de amor, los que hacen que “La Voz Dormida” sea , al final, una novela sobre el amor y el compromiso hacia tus creencias y hacia uno mismo y a los que quiere, por encima de la política, el miedo y los odios. Del amor que se forja en los pequeños detalles y las grandes soledades y las enormes distancias. De cómo cisas tan pequeñas como una simple carta o el retazo de la tela del vestido de tus muertos pueden dar consuelo en los momentos más oscuros.
Y eso se ve con claridad en la que para mi ha sido la gran protagonista de la obra, y el personaje que más me ha marcado. Pepa, Pepita, es imposible que no enternezcas a nadie mientras lee sobre tus avatares y sufrimientos, sobre tus fugaces pero eternos amores, sobre como te mueves en una corriente de silencio, miedo y soledad que va en tu contra siempre firme, dispuesta a seguir adelante por quienes amas. Por como cuidas y eres sostén incluso aunque el miedo no deje de agarrarte las tripas como un puño de hierro. Por como te esfuerzas y sacrificas y luchas para llevarte un bocado de pan, cuando no dárselo a alguien tuyo. Y sobre todo por como esperas. Ya sea haciendo horas y horas de pie en la cola para entrar en la cárcel a ver a tu hermana o para ir a la puerta todos los días a preguntar por ella sabiendo que un día te darán la respuesta que no quieres oír. O yendo una vez al año a la desangelada Burgos para ver a la persona a la que esperas con paciencia, confiando en que un día las rejas entre vosotros desaparecerán. Pepa se ha convertido en uno de esos personajes que me obsesionan, en los que no he dejado de pensar después de haber cerrado el libro y que se van a esa galería, donde guardo, cual colección a aquellos que de alguna forma más me han llegado. Es un personaje con el que lloras mucho, que con el que más te implicas y a la vez el que te saca la sonrisa o incluso la carcajada en medio de tanto horror por su inocencia y su sencillez. Pepa es la voz de toda esa España, que solo quería vivir en paz, con salud y trabajo, a la que la política y los ideales le quedaban muy grande, que solo quería ser feliz y tener a los suyos cerca. Y por todo ello es un personaje entrañable y luminoso, tan real como la vida misma. Ella será el nexo para todas esas historias entrelazadas donde el pivote principal es el papel de la mujer en los años de la posguerra, la forma en que ellas se dejaban la vida por cuidar de sus familias, o la manera en que si eran del bando incorrecto fueron represaliadas, encarceladas, oprimidas y humilladas cuando no asesinadas a sangre fría. Y en este sentido, la importancia que tiene la sororidad femenina, la resiliencia y el orgullo y dignidad propios, como armas contra la incomprensión y la maldad.
“La Voz Dormida” es la narración de aquellos que no solo han perdido las guerras y su futuro, y que no comprenden que ya todo sea ha perdido irremediablemente y que tan solo queda intentar sobrevivir con los restos del naufragio y buscar la paz con los tuyos . Luchan por una causa que ya está muerta y enterrada para todos, aunque para ellos no. Y esta es la gran tragedia de la historia, la forma cruel y abrupta en que el sueño que fue la segunda República murió por una guerra fraticida “𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘴𝘦 𝘩𝘢 𝘢𝘤𝘢𝘣𝘢𝘥𝘰, 𝘱𝘰𝘳 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘦𝘮𝘱𝘦ñ𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘨𝘢𝘯 𝘶𝘴𝘵𝘦𝘥𝘦𝘴, 𝘺 𝘢𝘲𝘶í 𝘯𝘢𝘥𝘪𝘦 𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦 𝘨𝘢𝘯𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘮á𝘴 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘮á𝘴 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘷𝘪𝘷𝘰𝘴. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘵𝘰𝘥𝘰𝘴 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘰𝘴. 𝘠 𝘴𝘰𝘭𝘰𝘴. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘭𝘰𝘴. 𝘚𝘦 𝘢𝘤𝘢𝘣ó. 𝘗𝘶𝘯𝘵𝘰 𝘺 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭.𝘕𝘢𝘥𝘪𝘦 𝘷𝘢 𝘢 𝘷𝘦𝘯𝘪𝘳 𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘤𝘢𝘵𝘢𝘳𝘯𝘰𝘴. 𝘕𝘢𝘥𝘪𝘦.” Se dice con crudeza en un momento de la lectura. Pero es ahí, en esa debacle, donde resplandece el amor, la resiliencia y la amistad, como estrellas que iluminan los tiempos oscuros en una belleza descarnada que en este libro se muestra con una delicadeza y una sensibilidad que atrapa.