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132 pages, Paperback
First published January 1, 1941
Tras esta reflexión patética, que se aniquila a sí misma en un grito, al zozobrar en la intolerancia de sí misma, volvemos a encontrar a Dios. Es el sentido, es la enormidad de este libro insensato: este relato pone en juego, en la plenitud de sus atributos, a Dios mismo; y este Dios, es, sin embargo, una mujer pública, igual a todas las demás. Pero lo que no ha podido decir el misticismo (desfallecía en el momento de decirlo), lo dice el erotismo: Dios no es nada si no es superación de Dios en todos los sentidos; en el sentido del ser vulgar, en el del horror y en el de la impureza; en definitiva, en el sentido de nada… No podemos añadir impunemente al lenguaje la palabra que supera las palabras, la palabra Dios; tan pronto como lo hacemos, esta palabra, superándose a sí misma, destruye vertiginosamente sus límites. Lo que es no retrocede ante nada. Está allí donde es imposible esperarla: ella misma es una enormidad. Cualquiera que tenga la más ligera sospecha se calla de inmediato. O, buscando la salida, y aun sabiendo que se apuñala a sí mismo, busca en sí aquello que, pudiendo aniquilarla, la hace parecida a Dios, parecida a nada...
El territorio del erotismo está condenado a la astucia. El objeto que provoca el movimiento de Eros se presenta como otro del que es. Tanto es así que, en materia de erotismo, son los ascetas los que tienen razón. Los ascetas dicen que la belleza es la trampa del diablo: de hecho, sólo la belleza hace tolerable una necesidad de desorden, de violencia e indignidad, que es la raíz del amor. No puedo examinar aquí con detalle delirios cuyas formas se multiplican y de los que el amor puro nos da a conocer disimuladamente el aspecto más violento, que lleva a los límites de la muerte el exceso ciego de la vida.
(Puestos a ponerme al desnudo, debo confesar que es decepcionante jugar con las palabras y hacer mía la lentitud de las frases. Si nadie redujera a la desnudez lo que digo, quitándole a mi texto el atuendo y la forma, escribiría en vano. (Así pues, sé que mi esfuerzo es desesperado: el relámpago que me deslumbra —y me fulmina— no habrá cegado sin duda otros ojos que los míos). Sin embargo, Madame Edwarda no es el fantasma de un sueño; sus sudores han empapado mi pañuelo: me gustaría llevar a otros al punto al que llegué, llevado por ella. Este libro tiene su secreto, y debo mantenerlo en silencio: va más allá que cualquier palabra).