Una historia que atrapa, en ocasiones conmueve y en otras divierte. Unos personajes tan diversos y a la vez tan fácil conectar con todos ellos. Se podría juzgar como un libro simple, ¿Es la simpleza algo criticable? Para mi una lectura redonda. Me permito destacar este extracto:
"—Buenas noches, Matías.
El hombre no contestó. Se sentó en la barra junto a ella, con la cabeza hundida entre los hombros. Su pesadumbre se podía oler como un sudor agrio. Cerebro advirtió que el taxista estaba mal, esto es, que estaba un poco peor de lo mal que siempre estaba. Entonces se le agolparon en la boca alabras del pasado, cosas hermosas que ella supo un día, y pensó que podría contar algo bello y verdadero para intentar animarle.
—Ay, Matías, Matías, amigo mío, te veo mal. Te diré una cosa: sé lo que es eso. Sé que a veces la vida aprieta tanto que no te deja sitio para respirar. Y entonces bebo. Y los pulmones respiran alcohol, en vez de oxígeno. Pero no era de eso de lo que te iba a hablar, porque sé que a ti no te gusta demasiado la bebida. Hay otros trucos buenos contra la desesperación, y todos pasan porsalir de uno mismo. Del agujero de la propia pena. Beber también te saca de ti mismo porque te anestesia. Es como el enfermo que está anestesiado en un quirófano: pueden cortarle la pierna y no se entera, porque de algún modo no está ahí. Pero ya hemos quedado en que tú no eres partidario del alcohol.
Bueno, hay otras maneras de salir de uno mismo, como, por ejemplo, pensar en lo infinitamente grande… ¿Qué es tu dolor de hoy, de este minuto, de esta hora, de este día, incluso de toda tu pequeñísima vida, comparado con los 4500 millones de años que lleva existiendo la Tierra?
Pero todavía funciona mejor pensar en lo muy pequeño. Por ejemplo, en los átomos. Ya sabes que todo lo que existe en el universo está compuesto de átomos. Están por todas partes. Están en el aire transparente, en las piedras rugosas, en nuestra carne blanda. Y hay tantos, tantísimos átomos en el universo que su número resulta inimaginable. Son cifras inhumanas que no caben en la cabeza. Los átomos se agrupan en moléculas; dos o más átomos unidos de manera más o menos estable forman una molécula. Y para que te hagas una idea, te diré que en un centímetro cúbico de aire, que es lo que abulta uno de esos dados con los que están jugando en esa mesa tus amigos taxistas, en un dado de esos de aire, digo, hay unos 45 000 millones de millones de moléculas. Ahora mira alrededor e intenta imaginar la exorbitante cantidad de átomos que hay por todas partes. Por añadidura, los átomos, además de ser muchísimos, son prácticamente eternos. Duran y duran un tiempo incalculable. De manera que esa cosa tan minúscula es inmensa en número y en persistencia. Los átomos se pasan sus larguísimas vidas moviéndose de acá para allá y haciendo y
deshaciendo moléculas. Sin duda parte de los átomos que hay en nuestro cuerpo proviene del corazón candente de algún sol lejano. Ya sabes, somos polvo de estrellas. Y no solo eso: estadísticamente es más que probable que tengamos millones de átomos de cualquiera de los personajes históricos que puedas nombrar. Mil millones de átomos de Cervantes. Y de Madame Curie. Mil millones de Platón y otros mil millones de Cleopatra. Los átomos tardan cierto tiempo en reciclarse, o sea que tienen que pasar bastantes décadas de la muerte de alguien para que sus átomos consigan volver a entrar en el circuito;
pero se puede decir que todos los seres humanos que ha habido en la Tierra viven en mí, y que yo viviré en todos los que vendrán en el futuro. Y en un tallo de hierba quemado por el sol o en el cuerpo acorazado de un escarabajo.
Esto fue lo que pensó Cerebro que estaría bien decir, y ciertamente se trataba de algo alentador y hermoso. Lástima que para esas alturas de la madrugada la mujer ya se encontrara demasiado bebida y tuviera miedo de no controlar su dicción de modo suficiente. Temía sisear con las eses, redoblar las erres y tropezarse irremisiblemente con las dentales. Temía farfullar y parecer beoda, cosa que le espantaba, porque, pese a la dureza de su vida y a las humillaciones que había tenido que soportar, Cerebro había conseguido mantener el orgullo y seguía aferrada a su sentido de la dignidad como el náufrago que se hunde aferrado a la bandera de su navío. Por consiguiente que, tras morder las palabras y dudarlo un rato, la mujer se calló, como se callaba todas las madrugadas; pero esta vez le dio tanta pena sumirse en el silencio que los ojos se le llenaron de lágrimas. Se puso en pie, dura como un alambre, decidida a largarse cuanto antes.
—Me voy. Buenas noches.
Matías la miró, y supuso que la excesiva humedad de sus ojos era un efecto de la bebida. A decir verdad, tampoco se equivocaba demasiado. Pobre Cerebro, pensó el taxista, sintiendo por ella una compasión cercana a la ternura. De repente la veía muy mayor, cansada, indefensa. ¿Dónde viviría?
Siempre se marchaba sola al despuntar el día. No podía ir muy lejos, si iba andando; pero, con la excepción del Cachito, los edificios más próximos estaban a bastante distancia y había que atravesar carreteras imposibles de cruzar y lóbregos desmontes.
—Venga, la llevo a casa —dijo Matías agarrándola del brazo.
Cerebro se soltó de un tirón.
—¡No! Yo me voy sola —gruñó.
Luego la mujer ablandó un poco el gesto, se atusó el cabello con una mano algo temblorosa, sonrió brevemente.
—De verdad. Gracias, pero lo prefiero así —dijo, expresándose con precisión y lentitud—: Buenas noches.
Dicho lo cual, salió por la puerta andando muy tiesa y algo escorada hacia la derecha, como si estuviese soplando sobre ella un ventarrón. Fue una pena que Cerebro no se atreviese a hablar, fue una pena que la vieja se callara, porque a Matías le habría supuesto un gran consuelo enterarse de que, en algún momento del futuro, sus propios átomos y los átomos de Rita volverían a estar unidos en algún cuerpo. Pero hay días que son más desabridos que otros, y en aquel día mezquino Matías perdió para siempre la oportunidad de
informarse de algo que le hubiera importado muchísimo. Todo lo que aprendemos en nuestras breves vidas no es más que una pizca insustancial arrancada de la enormidad de lo que nunca sabremos.