Las otras vidas imaginarias (Reseña, 2020)
A veces juego a que Galilea es humana. Una humana niña, de cuatro o cinco años, que me sigue por la casa y me hace preguntas sobre el mundo. Respondo a sus preguntas lo mejor que puedo, eso es, la mayoría de las veces, bastante mal. Su mudo interrogatorio es el escenario perfecto para mi ignorancia: no sé muchas cosas. Cuando Galilea es humana y me hace preguntas sé que no sé muchas cosas. A veces, cuando juego a que Galilea es humana, pienso en su muerte, en los riesgos del mundo, en que se encuentra en el parque donde salimos a correr un pedazo de carne envenenada y se la come. Entonces el dolor imaginario podría enloquecerme, entonces recuerdo que es una perra, no una humana, y que su olfato le advertirá sobre la carne, y que sus preguntas son retóricas porque desde una sabiduría superior ya conoce las respuestas.
El miedo que pesa sobre las vidas a nuestro cargo aparece y no en Los niños. Esta novela es una carta de cuidado sobre el temor feral a la infancia, sobre el temor tribal a nuestras responsabilidades adultas frente a la infancia. A diario narramos el mundo que vamos a ceder a las generaciones posteriores. A diario tenemos pruebas de nuestro fracaso al crear un escenario menos hostil, menos árido, menos insolente para quienes vendrán a pisarlo después. A diario nos enfrentamos con la apatía y la desolación como rostros cotidianos de una realidad que nos acostumbramos a habitar, y está bien, y hacemos lo mejor para encontrar grietas de felicidad, fragmentos de esperanza a los cuales aferrarnos para justificar otro amanecer de nuestra consciencia en la tierra. Ah, pero basta un niño, Fidel, en el caso de esta novela, para que nuestra existencia, la de Laura, en el caso de esta novela, se haga otra. Se comprenda otra, entienda la necesidad de inventar.
La responsabilidad, por supuesto, es apabullante. Y ese eco de tarea gigantesca, de titánica empresa condenada al fracaso quizás sea lo que dota al libro de una atmósfera ominosa. Todo el tiempo, página tras página tras página, desde las escenas en el mercado hasta las clases en el colegio italiano, desde la primera noche en la sala del apartamento hasta la última con los recortes de las ropas; todo el tiempo hay como un anuncio de lo terrible agazapado, de lo horrible reptando, un como presagio del fin de los tiempos que no termina de concretarse, como si el monstruo se negara a salir de la cama, o el asesino esperase siempre en la próxima esquina, o el terremoto esperara otro minuto, sólo uno más, justo el siguiente para derrumbar los cimientos bajo cuyos escombros moriremos asfixiados.
No me entiendan mal, lo anterior es una virtud: la pesadumbre que no acaba de concretarse, lo demencial siempre esperando. Como fuera de foco, como movido, como sin la densidad de lo sólido. Así, así como afirman que se ven los fantasmas.
Porque Laura y Fidel, y los compañeros del colegio y las profesoras, y el encargado del hogar de Bienestar Familiar, y la empleada que es la Señora y la amiga de la Señora que Laura cree que es la Señora, y la mujer que cuida los carros, y el hombre que cuida los carros, y el galgo, incluso: fuera de foco, fantasmales, fantásticos, como si sus vidas las estuviera escribiendo alguien para un libro, como si sus vidas fueran la alucinación de quien lee, mientras lee, y fueran a convertirse en eco terminada la lectura. Sin pesadumbre, sin dolor, sin temblor.
Después de todo ese es el destino de todo cuanto existe. Volverse recuerdo, eco, sonido lejano, evocación. Empezar a viajar hasta el olvido, sin llegar nunca del todo. Al menos no los personajes de Los niños, que consiguen, por alquimia de su autora, pervivir en nosotres largo tiempo. Tal vez, incluso, más allá de nosotres mismes.