El mundo es un desastre. Sólo puede haberlo hecho el azar, una entidad incompetente o malvada.
En la ciudad –una costra de asfalto inmensa– todo es apestoso, el campo es un lugar sucio. Los bichos muerden, la hierba apesta, el Sol te hace sudar, y cuando hace frío, igualmente sufres.
Las personas nos vemos obligadas a trabajar, y cuando no estamos demasiado estresados, nos dedicamos a minarnos pensando en lo ridículo de nuestra condición, que además es finita, y podemos estar de acuerdo con que ya no existe esa esperanza antigua en un más allá.
Quiero decir con esto que no creo que exista un Dios como el cristiano.
Una tarde aburrida en casa de tus padres encuentras un libro. Quizá una edición cutre. Quizá no es ahí donde lo encuentras sino entre la sección de poesía en una librería de segunda mano. “San Juan de la Cruz” y te imaginas a un frailecillo de pene flácido y moralista. No es muy atractivo mi prejuicio. Comienzas a leer el tomo de 400 páginas, y sólo hay poesía en 40 de ellas. El libro vale 2€. Lo compras. Lees esa noche la poesía y cuando preguntas por Dios, responden las criaturas:
“Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con toda su figura
vestidos los dejó de su hermosura”.
Entonces Dios comienza a existir.
Lo ves ahí fuera en los bosques, en las risas de los niños y en los cuerpos amados.
Sólo creo en Dios leyendo a San Juan.
Y cuando no lo leo, soy ateo, pero Juan es santo.
San Juan nos hace sentir ese amor joven, como el que imanta a cuerpo y otro cuerpo. El goce de los sentidos que, muy bien argumenta, procede de un Amado. En mayúsculas. Si eres capaz de decírmelo con tal belleza, yo lo tengo que creer.
Los hispanoablantes hemos sido bendecidos con el milagro de poder leer esta obra tal y como ha sido inspirada por ese Dios que solo a veces existe.
Una apología de ese goce que hace que nos olvidemos de tantas espinas, ciénagas y problemas.
Existen las flores pero el abono no apesta. Las abejas dan miel y no pican.
Siéntate un momento, abre las poesías de San Juan de la Cruz, bebe el mosto de las viñas creadas por la mano del Amado.
«En la interior bodega
de mi Amado bebí y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su esposa.»
Cierro el libro y me levanto. Quedan platos por fregar y tengo ocho trabajos que entregar para el día 24.
Rápido. En unos minutos Dios dejará de existir.