Durante el último año me han llamado feminazi, "obsesionada de la regla", histérica y múltiples mensajes del estilo: "Antes molabas. Ya sabes, antes de que hablases de la regla". Siempre me preguntaré por qué la gente sigue contenido que no le satisface en vez de darle al botoncito de desuscribir. Pero ese es otro tema. Sí, soy una pesada. Sí, hago vídeos de 40 minutos hablando de la regla y el tabú que conlleva, de la copa, de la pastilla anticonceptiva, del ciclo menstrual, de hormonas… Porque hablar de la regla es empoderarse.
La regla, el periodo, la menstruación, la marea roja: el gran tabú. Esta es mi sangre está escrito por la periodista y feminista francesa Élise Thiébaut, que hace un recorrido sangriento de la menstruación. Desde el cinturón menstrual hasta el tampón, pasando por la copa, por la política, el patriarcado, el sangrado libre, la tasa rosa, la endometriosis, las células madre en la sangre menstrual y su historia personal. Mitos sin base científica, misoginia, machismo e ignorancia vinculan la sangre menstrual al tabú y a que las mujeres teman, odien y desconozcan sus propios cuerpos. Hasta la mismísima reina, Simone de Beauvoir, escribió en su Segundo sexo: "Es entonces cuando nace o se exagera en la niña la repugnancia por su cuerpo demasiado carnal. Y una vez pasada la primera sorpresa, el desagrado no se mitiga: la joven experimenta cada vez el mismo asco ante este olor insípido, como de agua estancada, que emana de ella, un olor a ciénaga, a violetas marchitas". Así es, Simone hablaba de la regla con desprecio y atribuía las molestias que la acompañaban a la imaginación o a la debilidad de carácter. Lo cierto es que la regla no huele a rosas, aunque tampoco lo hace el esperma y no veo anuncios para ocultar su olor. De hecho, otros fluidos como el esperma, la saliva o la orina no despiertan emociones semejantes. ¿Cómo es posible? ¿Cómo hemos llegado a retorcer la realidad hasta el punto de transformar la regla, signo de fecundidad, en una maldición? ¿De verdad me lo preguntan? El tema está ligado a la condición de la mujer, porque vivimos en un mundo en el que la dominación patriarcal es la regla. Dice Gloria Steinem: "Si los hombres tuvieran la regla, se convertiría en un acontecimiento masculino envidiable y digno de orgullo. Presumirían de su duración y de su caudal. Los adolescentes señalarían la llegada del ansiado símbolo de virilidad con celebraciones. El Congreso crearía un Instituto Nacional de la Dismenorrea para combatir los dolores menstruales, y el gobierno proporcionaría protecciones higiénicas gratuitas".
Los productos de higiene corporal no están controlados por la misma legislación que se aplica a los cosméticos destinados a entrar en contacto directo con la piel y a permanecer sobre ella más de ocho horas. La única legislación de la que dependen es la relativa a la fabricación del papel, de modo que no están controlados por ninguna autoridad sanitaria. Entonces, ¿por qué se echaron encima de la autora cuando quiso hablar de alternativas a las compresas y los tampones? ¿Por qué hay tan pocas opciones? Les entregamos a las multinacionales miles de euros por cajas de compresas y tampones, pero pocas sabemos exactamente cuál es su composición. La mayor parte de estos productos contienen trazas de sustancias potencialmente cancerígenas o susceptibles de perturbar el equilibrio endocrino, como la dioxina, BHT o pesticidas. Dice la autora, hablando de la tasa rosa, las cintas y las flores: "Me gustan las cintas y las florecitas, pero me gusta todavía más saber qué me meto exactamente en lo más profundo de mi intimidad". Pues eso. Por supuesto, cuando hablamos del dineral gastado, siempre vendrá esa persona (una que curiosamente no tiene menstruaciones) a decirnos que las compresas y los tampones no son un producto de primera necesidad. Si es así, ¿cómo es posible que sean una de las primeras cosas que piden las mujeres que viven en la calle, en zonas de guerra o situaciones de extrema pobreza?
Hay cosas en las que no coincido demasiado, como el tono socarrón que usa al hablar de apps como Clue o incluso desdeñoso en el tema de conocer nuestro cuerpo y saber qué carajos está pasando o qué efectos tienen las hormonas y el ciclo menstrual a nivel físico y psicológico. No solo me preocupa lo que me meta por la vagina. De forma irónica también vanagloria la píldora anticonceptiva y sus hormonas sintéticas mientras relata con horror el infierno que pasó usando un tratamiento hormonal para provocarle una menopausia artificial (tratamiento que finalmente abandonó). Yo no soy detractora de la pastilla anticonceptiva, no es ni buena ni mala, es un fármaco. Se decide tomarlo en base a sus beneficios y conociendo sus efectos secundarios. Así que, si vamos a hablar de una cosa, no sesguemos la información, dejemos que el paciente sea el que elija si quiere un fármaco o no. Y dejen que diga yo, que aún falta mucho por estudiar alrededor de la pastilla anticonceptiva. Hablando de medicina, gracias por recordar el enorme sesgo de género que hay en ella (esto, se relaciona también con la pastilla anticonceptiva, aunque la autora no lo quiera ver). Por desgracia, el machismo está enraizado en todas partes, incluida la medicina. Necesitamos más estudios clínicos con mujeres, más investigación, por favor.
Aún con todo, es un trabajo de investigación desenfadado, ácido (quizás demasiado para algunas personas), un estudio a través del tiempo, de la sangre y de la misoginia. Ante todo, es necesario. Y esto lo han demostrado autoras como Miranda Grey (Luna Roja), Christiane Northrup (Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer), Lisa Lister (Code Red) o Lara Briden (Period Repair Manual). Serán todas muy diferentes entre sí y sus trabajos también lo son, pero hay un punto en el que coinciden: la regla es un proceso natural y ha llegado el momento de destruir el tabú y la estigmatización. Bienvenidas a la revolución más sangrienta de la historia. Bienvenidas a la revolución menstrual.