Madrid, última decada del siglo XIX. Nazarín - contracción popular de Nazario Zaharín - es un cura de barrio, manchego de origen, que lleva el voto de pobreza al extremo, hasta el punto de habitar un cuartucho de alquiler mugriento e insalubre, no poseer nada más que literalmente la ropa que lleva puesta, y alimentarse con sobras, si se las dan. El poco dinero que recibe por las misas que le encargan, que también son pocas, ya que su humildad exacerbada genera sospechas más que confianza, lo entrega a los menesterosos de su barrio, que se lo agradecen con insultos y escupitajos, cuando no entran a su cuarto a robarle el pan o los zapatos que haya podido recibir de limosna. Después de que otro de sus actos de sacrificio y caridad sea recibido con recelos y desprecio hasta de sus propios compañeros sacerdotes, Nazarín se viste con ropas de seglar y se echa a los caminos, a rezar por sus pecados, dormir en el suelo, vivir de la mendicidad y hacer el bien a los mismos que lo muelen a palos tomándolo por loco o estafador.
Galdós, muy conocido y censurado por su corrosivo anticlericalismo, escribió esta novela como primera de un grupo de tres (un ciclo más que una trilogía, pues tienen muy poca relación unas con otras) en que indagaba en conceptos religiosos y morales, y parece convencido de que la verdadera caridad es imposible debido a la maldad de la sociedad en conjunto. Nazarín es un hombre que se ha desprendido por completo de cualquier necesidad material, excepto las mínimas para (a duras penas) sobrevivir, y que gustoso se pone en peligro acudiendo a enfermos contagiosos, o enfrentándose a matones sin más armas que la otra mejilla. Sin embargo, nadie cree que haga el bien por pura virtud: si ayuda a una mujer, dan por hecho que tiene relaciones con ella; si atiende a moribundos o entierra cadáveres, asumen que cobra por exponerse al contagio; si come en la mesa de un rico que disfruta de su conversación, piensan que lo ha engañado contándole que es un peregrino santo o un obispo disfrazado; cosas así. La obra viene a mostrar que la sociedad entiende y aun justifica la maldad y la corrupción, pero que no tolera la idea que una sola persona pueda ser buena y humilde. Me ha recordado mucho, muchísimo, al príncipe Myskhin, El idiota de Dostoyevski, también un hombre tan bueno que todo el mundo cree, o que es un retrasado, o que tiene propósitos retorcidos tras sus "aparentes" buenas obras.