El primer libro de "Onmagiër" («El Inmago», deberíamos decir, creando así el neologismo específico que merece), llamado "Las torres de Romander", logra transmitir la existencia de un mundo completo. El parecido con Terramar, el universo ficticio creado por Ursula K. Le Guin es obvio, no solo en el mapa que acompaña a las historias, o en su argumento basado en la existencia de algo intangible que va destruyendo el mundo, con su punto de mira situado, precisamente, en los usuarios de magia, sino también en cosas menos evidentes como el título de algunos capítulos (como «La costa más lejana») o la importancia de los nombres de los personajes. Por supuesto, que un personaje nazca sin magia en un lugar donde todo el mundo la tiene en mayor o menor medida (la isla de Loh), también recuerda a "La espada de Joram", pero en este caso ahí acaba el parecido.
"Las torres de Romander", decía, logra mostrar un mundo completo, con cierta profundidad. Por ejemplo, con la descripción del tipo de duelo llevado a cabo en la isla de Quym y un par de pinceladas más, uno ya sabe cómo son sus gentes. La lectura se hace muy rápida gracias a los cortos capítulos que conforman la novela, aunque la pega es que suceden pocas cosas: la narración salta diversas veces entre los personajes para mostrarnos la situación previa de todos ellos y al que claramente es su personaje principal lo tenemos en escena mucho menos de lo que nos gustaría. Además, la cantidad de información proporcionada por sus compañeros se nos da a cuentagotas, pero de una forma un tanto brusca: un personaje empieza a explicar algo de su pasado, o referente a lo que buscan, y de repente se interrumpe, dejando al lector con la miel en los labios. Eso sí, las descripciones son muy plásticas, casi pictóricas, y el manejo de los colores para representar sensaciones es digna del trasfondo de su autor.