Imagínate Londres como un tablero de Monopoly. Pero aquí las casas no son simples fichas rojas, sino viejas casas unifamiliares en un barrio cada vez más cool. En esas calles pavimentadas con especulación y pretensión, vive una muestra fascinante de la humanidad moderna: el banquero obsesionado con bonus y ascensos; la anciana que se aferra a los recuerdos de un barrio que ya no reconoce; el inmigrante que trabaja más horas que las agujas del Big Ben; o la familia pakistaní de la tienda de comestibles que aún intenta recordar por qué vinieron aquí. ¿Qué los une? Una calle, Pepys Road, y un misterioso mensaje que empieza a invadir sus vidas: "Queremos lo que tienes".
Con esos mimbres, Lanchester construye una novela que es un reflejo brutal y a ratos conmovedor de una sociedad obsesionada con el dinero. Pero no te engañes. No; esto no es otra sátira sobre ricos malvados y pobres virtuosos. Aquí todos están atrapados en la misma red de deseos, miedos y expectativas. La gracia de Capital es que no hay villanos caricaturescos ni héroes de cuentos de hadas, solo personas lidiando con una ciudad que siempre parece exigir más de lo que pueden dar.
La estructura de Capital es puro arte coral, una de esas novelas donde cada voz importa y el conjunto se convierte en algo mayor que la suma de sus partes. Si te gustan las series clásicas de televisión que capturan la esencia de una comunidad, con historias entrelazadas —piensa en The Wire sin la brutalidad o Shameless sin la resaca—, te sentirás como en casa. Aquí no hay un protagonista único al que seguir, sino un mosaico de personajes cuyas vidas se entrelazan sin caer en forzadas coincidencias. Lanchester orquesta sus historias con la precisión de un director veterano: cada escena añade matices, cada personaje aporta una perspectiva distinta sobre lo que significa vivir en una ciudad al borde del colapso social, económico y emocional. Y lo mejor de todo es que, como en esas grandes series, nunca sabes exactamente hacia dónde te llevará el siguiente episodio... o capítulo.
Pero Capital no solo es una novela sobre la burbuja inmobiliaria, es una radiografía de las desigualdades más sutiles pero desgarradoras de Londres. Si en Pepys Road los dueños de las mansiones se atragantan con su propio éxito, los inmigrantes que sirven a esos mismos ricos tienen la dignidad de los que saben que deben sobrevivir con lo que tienen. Zbigniew y Matya, inmigrantes polaco y húngara, son las verdaderas estrellas de la novela. Porque, mientras que los residentes privilegiados se pierden en su burbuja de lujo, ellos se enfrentan al caos con el tipo de humildad y determinación que raramente vemos en los poderosos. Y ahí, en ese contraste, es donde Lanchester lanza su crítica más afilada: en un mundo donde el dinero lo compra todo, lo que realmente cuenta no se puede comprar.
¿El ritmo? Pues… como caminar por Oxford Street un sábado: caótico, absorbente, y aunque a veces quieras un respiro, no puedes dejar de mirar. Y en medio de ese caos, Lanchester te atrapa con detalles que hacen que cada personaje cobre vida. Te preocupas por ellos, aunque sean egoístas o miopes. Porque, seamos honestos, en algún momento todos hemos sido así.
Lo que hace Capital tan interesante no es solo que critique el capitalismo salvaje, sino que nos lo mete por los ojos en todos esos pequeños detalles, en esas vidas rotas que ves en cada página. Lanchester no se limita a apuntar con el dedo hacia los grandes monstruos del sistema, no, se mete bajo la piel de cada personaje y te muestra cómo todos, sin importar cuán arriba o abajo estén en la cadena alimenticia, están atrapados en la misma telaraña. La burbuja inmobiliaria es el gran elefante en la sala, pero el verdadero golpe es ver cómo afecta a todos, incluso a los que crees que lo tienen todo bajo control. Desde el banquero hasta la abuela perdida en su propio vecindario, todos tienen algo que perder, y lo peor es que ni ellos saben bien qué es.
Y es que la crítica social de Capital no se limita al dinero, también está en las grietas del sistema. Menciono a Petunia Howe porque, aunque es solo uno de los personajes que cruzan por la historia, su experiencia refleja el vacío de un sistema que falla en las cosas más humanas. La pobre mujer nunca entiende el valor de su casa, pero sí percibe, de forma amarga, cómo la atención médica es un proceso que despoja a las personas de su humanidad. ¿Visitar a un médico? Un trámite que, como los demás, se realiza en serie, sin rostro, sin calor humano. Petunia pasa de consulta en consulta, pero ni un doctor, ni una enfermera, la ven realmente. Eso sí, los bancos le hacen saber que su casa ahora vale una fortuna. El contraste es devastador.
Pero la novela no solo analiza la burbuja inmobiliaria y el capitalismo moderno; también habla del sentido de comunidad en una metrópolis que cada vez parece más impersonal. ¿Puede una calle ser algo más que un grupo de casas alineadas? ¿Puede una ciudad abarrotada ofrecer algo parecido a la pertenencia?
En Londres, como en tantas ciudades, el consumismo ha tomado el control. Lanchester no solo critica el capitalismo, sino la vacuidad que lo acompaña. Mientras la Navidad se convierte en un desfile de compras, Shahid, hermano del comerciante musulmán, se refugia en su fe, más cercana a sus raíces que al frenesí londinense. Y así, Lanchester nos lanza una pregunta incómoda: en un mundo donde todo es consumible, ¿realmente sabemos qué tiene valor?
Y ese final... no te lo voy a estropear, pero digamos que te deja con una sensación rara, como cuando todo se derrumba a tu alrededor y, sin embargo, la vida sigue su curso, sin hacer ruido. Ese final, sin grandes revelaciones ni momentos gloriosos, deja claro algo: en Capital, no se trata del colapso de imperios, sino de cómo el dinero transforma a cada uno desde dentro, cambiando la percepción de uno mismo. Lanchester juega con las expectativas y muestra cómo incluso aquellos que parecen tenerlo todo pueden enfrentarse a momentos donde su verdadera riqueza —o la falta de ella— queda al descubierto. Y esa reflexión sobre la fragilidad del éxito económico tiene un eco más fuerte que cualquier dato sobre el mercado inmobiliario.
Porque Londres en esta novela es un espejo donde cada personaje se ve reflejado, con sus aspiraciones, sus miedos y esa constante insatisfacción que el dinero nunca logra apaciguar. Y cuando el polvo de los sueños rotos se asienta, la verdadera pregunta no es quién tiene más, sino quién sigue siendo dueño de sí mismo. En Pepys Road, como en la vida, tal vez lo más valioso no es lo que tienes, sino lo que aún no has perdido.